Matias

Matias

Cotidianas


                                             FLORFOBIA

 
Hay un cuento que me tiene a mal traer. Estoy estancado en una parte y no puedo seguir, por eso cada vez que abro mi computadora y veo el Word con el nombre del maldito cuento me angustio. Salteo con mi vista ese archivo e intento seguir con cualquier otro pero por más que me haga el gil sé que tarde o temprano voy a tener que tomar coraje y decidir si terminarlo como pueda o eliminarlo de la computadora. Sin embargo postergo esa decisión…

En la misma situación se encuentra Flor. Pero no con la literatura sino con las arañas, abejas, avispas, cucarachas, hormigas y todo bicho que camina, vuela o se arrastra por el universo.

Hace dos años que convivimos. Antes, cuando transitábamos nuestro noviazgo, no me había dado cuenta de su fobia. Supongo que siempre fue así. Me refiero a que no creo que tenga que ver la convivencia con su terror a los bichos (ella les dice bichos a todos los insectos, arácnidos y demás especies), pero yo recién lo noté hace unos meses, y obviamente la cosa se pone cada día más obsesiva.  

El primer incidente ocurrió con las cucarachas. Habíamos llamado a Tito, el desagotador, (no hay cosa más horrible que se estén llevando tu mierda y todo el barrio se entere) porque en la casa que alquilamos el inodoro se tapa a cada rato. Es una casa antigua y supongo que las cañerías no son de las mejores.

Cuando Tito levantó el ladrillo que cubre el resumidero, las cucarachas sumergieron  de la pestilencia  y comenzaron a desparramarse por todo el garaje. Flor justo pasaba por  ahí cuando los insectos hicieron su aparición. Es que para ir al lavadero tiene que atravesar el garaje. Empezó a saltar como si le quemaran los pies. Tal vez el hecho de que haya un extraño la hizo reprimir el grito, pero me miró con una expresión de terror y en sus ojos podía leer lo que me estaba diciendo ¡arreglá esta cagada! Tito se moría de risa e intentaba matarlas a los pisotones. Yo me puse un poco más histérico y las perseguía a los escobazos. El trajín duró unos minutos. Finalmente no quedaron cucarachas vivas a la vista. Tito terminó su trabajo pero recién comenzaba el mío...

Estuve media hora tranquilizando a Flor.  Convenciéndola de que no volvería a ocurrir. Le juré que la próxima vez no iba a dejar que Tito revise el resumidero del garaje, con que destapara el del patio ya era suficiente. Por suerte al rato flor se tranquilizó y yo me fui a tomar un café al bar del centro con mi hermano. Sin embargo mi novia no quedó satisfecha. En mi ausencia, tomó coraje, levantó el ladrillo del garaje y roció con Raid el resumidero, según ella con la intención de exterminar cualquier bicho que quedara  dando vueltas. No fue una buena decisión. Primero porque cuando colocó el ladrillo nuevamente en su lugar se le partió, por lo tanto quedó destapado el agujero, y segundo porque ante el olor a Raid las cucarachas se volvieron locas y escaparon para arriba, o sea para el garaje. Flor entró en pánico. Alcanzó a entrar a la casa y me llamó desesperada.

- ¡Están otra vez! ¡Tengo miedo de que entren a la casa!

-¿De qué hablás, Flor?

- ¡Las cucarachas! ¡Vení por favor!

Por suerte vivimos en un pueblo de siete mil habitantes, así que no me tomó mucho tiempo regresar a casa. Flor estaba parada en la puerta de la cocina, mirando aterrada para el garaje. Tuve que volver a agarrar la escoba y matar unas cuantas cucarachas más. No fue fácil, había cucarachas diminutas que se escabullían a gran velocidad, las otras, más asquerosas y más grandotas las liquidé enseguida. Cuando terminé la faena me quedé con Flor en casa. Le prometí conseguir otro ladrillo para tapar el resumidero así las cucarachas no tendrían manera de subir a la luz. Desde entonces no volvieron a aparecer, aunque tampoco traje otro ladrillo. Gracias a dios Flor se olvidó del asunto.

Varias veces probé con algo de psicología barata. Intenté en vano hacerla entrar en razón con ejemplos penosos.  No hay peor cosa que un tipo que nunca estudió psicología pero cree saber algo por haber picoteado algunos libros sobre el tema. Yo le decía:

-Flor, pensa que los bichos te tienen miedo a vos.

-Las arañas que hay en el pueblo no son venenosas.

-Las avispas no pican si no se sienten amenazadas.

Justamente este comentario de las avispas me jugó en contra. Porque a mi vieja la picó una avispa afuera de su casa el verano pasado. Cuando Flor se enteró del episodio no perdió la oportunidad para echármelo en la cara, me dijo:

-A tu mamá la pico una avispa y ¿sabes qué? Ella no la estaba molestando.

Tuve que tragarme el orgullo. Bien hecho, eso me pasa por hacerme el conocedor de Animal Planet.

Después siguió el incidente de las hormigas voladoras. Sinceramente a mí tampoco me hizo mucha gracia y anduve varios días obsesionado con estos bichos asquerosos. Aparecían en nuestra pieza, hasta dentro del cajón donde tengo mis calzoncillos. (Flor tiene la costumbre de no cerrar los cajones que abre) Era raro, durante el día no las veíamos, pero cuando nos levantábamos a la mañana estaban muertas y desparramadas por todo el dormitorio.

 Una noche, mientras mirábamos televisión, apareció una en la frente de Riquelme. Por suerte flor ya se había dormido, cuando pongo futbol a ella le produce un efecto somnífero instantáneo. Yo me levanté de la cama, agarré una pantufla y sigilosamente me fui acercando al televisor. Lástima que no tuve la prudencia necesaria y le di un pantuflazo demasiado brusco. Logré matar a la hormiga pero también desperté a Flor. Para colmo me perdí el gol de tiro libre de Riquelme. Ahí se terminó la noche de paz.

-¡¿Qué pasa?!

-Nada Flor, maté un mosquito nada más – no me gusta mentirle pero a veces es necesario.

-¿Dónde estaba?

-En el televisor... Dormí que está todo bien.

- ¡Hay otro! ¡No es un mosquito!

Miré hacia el televisor y una nueva hormiga voladora se había posado ahora sobre el cuerpo del árbitro. Tiré el pantuflazo pero esta vez le erré. Flor prendió la luz del dormitorio. (La perilla la tenemos arriba de nuestra cama y es la única perilla que hay en la habitación. O sea que cada vez que entramos a la habitación y queremos prender la luz tenemos que ir a oscuras hasta ahí. La falta de sentido común de algunos arquitectos y electricistas me exaspera.)

A veces parece que todo se confabula en contra tuyo, y en el peor momento, porque ni bien flor prendió la luz, comenzaron a volar varias hormigas.

A mí no me daban las manos, revoleaba la pantufla por el aire tratando de exterminar la plaga que se había apoderado de nuestro espacio matrimonial (no estamos casados pero somos casi un matrimonio) mientras Flor se tapaba con las sabanas y me gritaba para que no deje ninguna con vida ¡Matalas a todas! Fue una experiencia muy surrealista. Podría haber sido una escena filmada por Woody Allen. 

No sé a cuantas maté esa noche, pero después de un rato ya no quedaron hormigas a la vista. Por supuesto que la luz del dormitorio se mantuvo prendida un buen rato. Flor no estaba tranquila en la oscuridad.

Cuando ella se durmió, apagué la luz e intenté dormirme. Me costó conciliar el sueño porque Flor cada tanto se despertaba abruptamente, o me pegaba patadas, no me fui muy difícil intuir la pesadilla que estaba soñando.

Al día siguiente descubrimos un pequeño agujero en la pared por donde se metían las hormigas. Flor se encargó de suministrarle durante una semana una dosis considerable de Raid cada vez que entraba a nuestro dormitorio.

Ya pasó casi un año del episodio de las hormigas voladoras y no volvieron a aparecer, pero cada tanto la veo caminar a Flor para el dormitorio con el Raid en la mano.

Esta mañana ocurrió el último incidente fóbico. Yo estaba en mi estudio intentado por fin terminar el maldito cuento, cuando Flor entró corriendo desesperada.

-¡Hay una araña así en el patio!– Me hizo un gesto con sus manos como si fuera del tamaño similar a una sandía.

Con tranquilidad me puse el pulóver y salí al patio para cumplir mi misión de cazador de arañas, tratando de ocultar cierto fastidio por la situación repetitiva. Ya entendí que si me enojo es peor. Porque Flor se angustia y empeoran las cosas.

Cuando llegué al lugar en donde  me indicó que se paseaba el arácnido no lo encontré. Tuve que volver a respirar profundo y pedirle que viniera al patio para saber si yo estaba en el lugar correcto o si la araña ya no estaba en la misma posición. Pensé que la araña podía haberse asustado de los gritos histéricos de mi novia. Y si pensé esto fue porque no tengo ni la más pálida idea sobre si tienen orejas o pueden escuchar con alguna parte de su asqueroso cuerpo. Tomé nota para buscarlo más tarde en el Google. (La cantidad de boludeces que uno investiga por internet). Flor vino hasta el patio, temiendo que en el camino le saltara algún alacrán volador o vaya a saber qué otra cosa monstruosa. Cuando llegó a mi lado miró hacia el piso rastreando el lugar como si fuera un detective en una escena del crimen. Finalmente la divisó cerca del parrillero, posada sobre un tronco de leña viejo que traje cuando nos mudamos, al pedo porque nunca cocino un asado, cosa que ella me reprocha todos los fines de semana.

A mí me costó verla porque me señaló en la dirección y retrocedió enseguida cerrando la puerta corrediza que conecta el garaje al patio, por lo tanto no sabía si estaba mirando en el lugar adecuado al que me indicó. Y después, cuando la vi, me confundió el tamaño de la araña. Había dos opciones, o la araña era otra distinta a la que ella había visto, o se había achicado considerablemente, porque no debía medir más dos centímetros.

Me arriesgué con otro intento psicológico.

-Flor, veni, es chiquitita. No te va a hacer nada.

-No, no, matala – me dijo todavía del otro lado de la puerta corrediza.

No aflojé en mi intento freudiano y decidí agarrar el pedazo de leña en el que estaba la araña y entré al garaje.

-Escuchame…  – Hice una pausa, traté de mostrarme seguro – vamos a hacer una cosa. Dejo el tronco en el piso, me das la mano y la pisamos entre los dos… ¿Qué te parece?

-¡Ni en pedo!

-No pasa nada. …

-¡Ay se está cayendo!

Era cierto, la araña se movía hacia un costado, sin querer yo había balanceado un poco la leña. Volví a enderezar el tronco y lo dejé en el suelo.

-Dame la mano… – Le dije y estiré mi brazo.

- ¡Matala! Otro día lo intento, ahora no puedo. 

- Si no lo haces hoy, no lo haces más…

Como noté que Flor no se movía, le agarré una mano e intenté llevarla a la rastra.

-No, no, dejame, por favor.

-Haceme caso, si no queres la mato yo, pero por lo menor quedate al lado mío.

 Finalmente se dejó llevar. Nos pusimos los dos juntos al lado del pedazo de leña.

-¿No querés hacer el intento? –Insistí, –  es un pisotón rápido y se acabó.

- No me animo… – dijo sin mucha convicción. Yo supe que era el momento de ayudarla a dar el próximo paso.

- Hagamos así…Yo te agarro la pierna y hago que la pises, vos no tenés que hacer nada.

Ella apenas asintió. Le agarré la pierna derecha y cuando su zapatilla estaba a centímetros de aplastar la diminuta araña, Flor reaccionó bruscamente y salió corriendo para la cocina…

-Flor, vení, no seas pava…

No hubo caso. Maté la araña y saqué la leña otra vez al patio.

 No voy a aflojar. De alguna manera voy a conseguir quitarle a Flor ese miedo irracional que le tiene a los bichos. Esta vez estuvo cerca, es cierto que salió corriendo pero ya lo dice el dicho: soldado que huye sirve para otra guerra.

 

 

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