Matias

Matias

Un instante de felicidad



Tengo muchos instantes de felicidad en mi vida. Pero si me tengo que quedar con uno, elijo el de aquel partido de 1989.
En el partido que menciono yo tenía ocho años y jugaba para Centenario, el club de mi pueblo del que soy hincha y que tuve la suerte de jugar durante toda mi infancia hasta que llegó el momento de la verdad. Es decir, apostar a jugar en la primera o dar por terminada mi carrera futbolística, teniendo en cuenta que ya no tenía edad para ser considerado un jugador de inferiores.
Hacía más de tres años que no perdíamos. Arrasábamos en todos los torneos que jugábamos. Mi categoría, la 1981 tiene hasta el día de hoy, el record de campeonatos obtenidos en las inferiores del club. En esa época todavía jugábamos en cancha de siete y el equipo salía de memoria, como les gusta a los entrenadores. En el arco lo teníamos al Gato, muy seguro en los tres palos y con gran habilidad con la pelota, hasta tal punto que con los años se transformó en un habilidoso delantero. La línea de tres defensores, conformada por Walter jugando de líbero, el Pali y Federico como laterales, eran prácticamente imposible de pasar en el mano a mano. Los tres tenían buen físico para su edad y además desplegaban un muy buen panorama de juego. En el mediocampo se ubicaba Santiago, que tenía un pulmotor capaz de correr dos días seguidos sin cansarse y que cuando le pegaba a la pelota los rivales se tiraban al piso asustados por los cañonazos. Completábamos el equipo Alejandro y yo. Alejandro era el talento. El jugador que pagaba la entrada, como suele decirse. La diferencia entre él y el resto de los jugadores de la liga era monstruosa. Por algo llegó a jugar en la primera de Newels Old Boys de Rosario. En cambio mi aporte era más difícil de determinar. A mis ocho años mi aspecto físico y mi estatura podían hacer pensar que el entrenador se había confundido de categoría al incluirme en ese equipo. Porque nadie podía aseverar que mi edad correspondía con las de mis  compañeros. Por supuesto que yo también me daba cuenta de este detalle, por eso ni se me ocurría intentar lo que hacía Alejandro, que cada vez que agarraba la pelota encaraba a los defensores y los pasaba como si fuesen conitos de vialidad. Yo me había dado cuenta que no iba a poder con esa destreza, bastaba un simple empujoncito para dejarme fuera de circulación, además de que no tenía el talento para realizar las gambetas que él inventaba. Por eso entendí que debía aportarle al equipo mi única habilidad dentro de la cancha, habilidad que antiguamente se conocía como la del  “mojarrero”.
Pasaba la mayor parte del partido desapercibido, buscando despegarme de la marca de los rivales, algo que no resultaba tan complicado, porque ningún defensor ponía demasiado empeño en marcarme. Pero bastaba con que Alejandro se sacara de encima a los defensores y me ubicara solo, parado casi al lado del arco rival, entonces ahí sí, demostraba que podía ser útil, porque para definir frente al arquero tenía algo de habilidad.  Por supuesto que a veces sólo tenía que empujarla porque Alejandro solía hacer todo el trabajo, pero cuando me tocaba definir a mí era bastante efectivo.
También, con los años advertí que mi deficiencia física podía darme algunos réditos extras, porque algunos defensores se confiaban al verme tan enclenque y cuando me querían gambetear lograba quitarles el balón y mandarla a guardar.
Con este equipo y bajo la dirección técnica comandada por el Guille Girardi, logramos arrasar en todos los torneos infantiles que jugamos.
Eso sí, teníamos un rival que con el correr de los campeonatos amenazaba con quitarnos el trono indiscutible que teníamos en toda la zona. Era Arteaguense, uno de los dos clubes del pueblo Arteaga, ubicado a diez quilómetros de nuestra localidad. Contra ellos jugamos el partido en el que viví mi instante de felicidad que pretendo narrar.
Tengo que detenerme en este punto antes de seguir adelante con mi narración, para advertirles que Arteaguense era un equipo que también salía de memoria. Así como ellos conocían nuestras virtudes, nosotros, después de algunos sustos que nos habíamos pegado con ellos, tomamos la precaución de estudiar las suyas.
Al principio les ganábamos con comodidad, casi como a cualquier otro equipo. Digo casi porque a diferencia del resto, aun perdiendo cuatro o cinco a cero no se daban por vencidos, seguían corriendo como si el partido recién hubiera comenzado y nos mataban a patadas demostrando un orgullo que nosotros respetábamos.
En una oportunidad, ni bien comenzó el encuentro, se pusieron uno a cero con un gol espectacular de Salvador, el delantero más peligroso que tenían. Ese día se encendió la alarma para nosotros. Nos costó todo el primer tiempo entender lo que estaba pasando. Nos fuimos al descanso perdiendo por primera vez en nuestra breve vida futbolística. Por suerte reaccionamos después del reto que nos pegó el Guille Girardi en el entretiempo y el segundo tiempo jugamos bien y les ganamos tres a uno. Pero recuerdo que cuando terminó el partido todos sentimos que estábamos frente a un equipo que nos podía traer dolores de cabeza en un futuro cercano. Y no nos equivocamos.  
Desde ese partido en adelante los encuentros contra ellos fueron todas finales. Aun cuando nos encontrábamos frente a frente en algún partido amistoso el ambiente que se vivía y el desarrollo del partido tenía todos los condimentos de una final o de un clásico.
También comenzó a gestarse una rivalidad personal. A los ocho años uno puede llegar a ser muy competitivo y sobre todo suele copiar lo que observa de los más grandes, y copiar lo que hacen los grandes en el fútbol significa agarrarse a trompadas cuando la cosa se pone áspera.
Por ejemplo Alejandro jugaba un partido aparte con Minino, el defensor y capitán de Arteaguense. Andaban a los empujones por toda la cancha amenazándose con patadas y golpes de puños inminentes. El Pali se trenzaba en férreas discusiones verbales con Salvador ante cada ejecución de un córner. Y así transcurría el tiempo de juego, en algo que se asemejaba a un ring de boxeo más que a una cancha de futbol.
El único que no recibía amenazas e insultos era yo. Y era entendible, si mi participación en la mayoría de los partidos era escasa, jugando contra Arteaguense tranquilamente podría haberme quedado en el banco de suplentes que hubiese sido igual. Ojo, mi poca participación no se debía al temor de que alguno de los jugadores de Arteaga notara el peligro de dejarme libre y comenzara a proferirme amenazas de golpizas, sino que los partidos se tornaban demasiado físicos, trabados, y con pocas jugadas de gol, por lo tanto mi soledad de mojarrero no me permitía tocar el balón.
El último partido que jugamos frente a Arteaguense, previo al partido del campeonato donde está esperando impaciente mi instante de felicidad, fue una batalla campal.
A los cinco minutos, Alejandro con un disparo potente desde afuera del área puso el uno a cero, y Minino, después de que Alejandro pateara, le propinó un patadon en el tobillo que lo dejó tirado en el piso sin  posibilidad de gritar el gol. El Pali, calentón como pocos, fue a increpar a Minino y tuvieron que entrar los entrenadores para separarlos. Por consiguiente cuando continuó el partido el Pali y Minino fueron reemplazados. Y la peor parte nos la llevamos nosotros , porque Alejandro siguió jugando pero apenas podía caminar.
Entonces, con el equipo diezmado se nos vinieron encima. Pegaron dos tiros en el travesaño y una salvada milagrosa del Gato atajando una pelota imposible que buscaba meterse por el palo derecho. Merecían ampliamente el empate. Pero el fútbol tiene cosas inexplicables, de esas que hacen que este deporte sea único. En un contra golpe, Santiago tomó la pelota cerca de nuestro arco y la llevó hasta el área de ellos, amagó con patear y le pasó el balón a Alejandro que venía corriendo como podía desde atrás. Solo frente al arquero, y casi rengueando, Alejandro tuvo la sutileza de pasarle la pelota por entre las piernas del arquero de ellos. Dos a cero, final del primer tiempo y a llorar a la capilla.
El segundo tiempo fue un calco del primero. Nos tuvieron colgados del travesaño. Ni hablar después de que Salvador puso el dos a uno. Ahí parecía que la suerte iba a cambiar de lado. Nunca me había pasado ver al equipo tan atrás. Desde mi solitaria posición veía lo lejos que estaba de mis compañeros. Por momentos pensaba que estaba en otra cancha o que yo era el líbero de Arteaguense, porque estaba sólo, parado enfrente del arquero rival.
Recuerdo que en algunos pasajes del partido tuve la sensación de que debía bajar para ayudarlos a aguantar los embates pero el Guille Girardi me lo había dicho clarito, quédate arriba para el contra golpe. Por supuesto que nunca ocurrió lo del contra golpe. Apenas pude correr algún rechazo desesperado de Walter. Algo infrecuente para un defensor de su calidad, lo que demostraba lo perdido que estábamos en la cancha. Así que no tuvimos la oportunidad de ninguna jugada más o menos elaborada y terminamos el partido pidiendo la hora. Finalmente jugamos la final contra Independiente de Chañar y obtuvimos la victoria con bastante comodidad. Sin embargo no estábamos contentos con nuestro desempeño después de la paliza futbolística que nos había pegado Arteaguense.
Quizás me haya desviado un poco. O tal vez piensen que no se justifican todos estos recuerdos para terminar narrando un instante de felicidad que no duró más de un minuto, pero creo que es necesario para que comprendan o al menos puedan aceptar el porqué de mi elección de este instante por sobre otros de mi vida.
Al campeonato siguiente, que se jugó en Newerton de Cruz Alta, llegamos con la sangre en el ojo. Nos habíamos mentalizado para cambiar la imagen que habíamos dejado contra Arteaguense y rogábamos porque el destino nos dé la oportunidad de enfrentarlos en la final. Es que, si bien les habíamos ganado y seguíamos invictos, era la primera vez que nos habíamos sentido superados dentro de una cancha de fútbol.
Llegamos a la final sin sobresaltos. Ganamos todos los partidos por amplio resultado y sin que nos conviertan goles. Mi desempeño también había sido bueno. Dos goles en tres partidos. Nada mal para un mojarrero escuálido y de poco más de un metro de estatura.
Por su parte a Arteguense el camino a la final se le había tornado dificultoso. Aunque no era algo fuera de lo común. Nunca ganaban de manera holgada como nosotros. Era como si sólo se motivaran jugando en contra nuestra. Es más, la semifinal la ganaron por penales y mereciendo haber perdido durante el partido.
Antes de la final contra Arteaguense ocurrió algo inesperado para mí. Santiago me pidió mayor entrega para el partido. Al parecer lo habían estado conversando con los chicos y llegaron a la conclusión de que, aunque el Guille Girardi opinase lo contrario, mi aporte para el equipo en ese partido decisivo exigía más sacrificio que la simple misión de esperar el regalo del cielo desde mi ubicación de llanero solitario. Recuerdo que le dije que sí, que por supuesto iba a poner mi cuerpo al servicio del equipo y pensaba bajar hasta la mitad de cancha si era necesario. Aunque en mi fuero interno sentí algo de tristeza al intuir que no estaban valorando mí aporte. Aunque tenían razón, mis actuaciones frente a Arteaguense habían sido lamentables.
Para colmo mi viejo había caído a media mañana para seguir nuestro desempeño en el campeonato y tuvo la genial idea de traer su cámara filmadora. Esto era otro aliciente para aquel encuentro. Podíamos llegar a tener la satisfacción de propinarles una victoria abultada y que quedara grabada para la eternidad en esa cinta de filmación.
Cuando empezó el partido notamos que lo de victoria abultada había sido una exageración. A menos que el partido tome un giro inesperado, de ninguna manera ese desarrollo hacía prever una victoria cómoda o por goleada como habíamos soñado. El partido no se diferenciaba del último que habíamos jugado contra ellos.
Estando tan cerca de llegar a ese momento glorioso que quedó marcado en mi memoria, pienso en mi viejo sosteniendo la cámara a un costado de la cancha, acalambrándose el hombro, porque no era una de esas filmadoras digitales que vienen ahora. La cámara era una TSH, larga como un tren y más pesada que la barra brava de Boca. También pienso en la cara de cansancio de mi vieja, que era la encargada de levantarme a las siete de la mañana para llevarme a donde se jugara el campeonato. Pobres, ahora que pienso en esos años no puedo evitar sentir algo de culpa por los domingos que les hacía pasar. Nunca se los pregunté, pero estoy seguro que en aquellos campeonatos, que como dije se jugaban los domingos, no todos los fines de semana, pero seguro que domingo por medio, ellos deberían sentirse algo contrariados. Por un lado sentirían placer al verme tan contento de jugar al fútbol, y que encima las cosas salían bien. Porque el fútbol era  lo más importante de mi vida por aquellos años. Aunque sospecho que muchas veces habrán rogado que perdiéramos y así salvarse de pasar todo el día en un bendito club de pueblo, aguantando a veces el calor sofocante o las heladas Antárticas cuando llegaba el invierno.
Pero,volvamos al partido.
Ya dije que no arrancó como lo habíamos soñado, las pelotas pasaban de uno y de otro lado de la cancha sin ton ni son. Los defensores revoleaban los balones lo más lejos posible de los arcos. Yo ya había entendido que cuando Walter no intentaba salir gambeteando desde abajo era porque que la cosa venía fulera. Ni hablar del pobre Santiago. Corría desesperado buscando la posibilidad de robar un balón para iniciar un ataque, pero no había caso. Nuestra esperanza estaba depositada en Alejandro. Si él se iluminaba sabíamos que teníamos grandes chances de volcar el partido a nuestro favor. Pero Alejandro otra vez estaba inmerso en una confrontación personal con Minino. Era astuto el Capitán de ellos, tengo que reconocerlo, sabía que si lograba sacar del partido al jugador más habilidoso que teníamos aumentaban la chance de llevarse la victoria. 
Si el panorama se vislumbraba tenebroso después de lo que acabo de contar, se imaginaran nuestros rostros cuando Salvador conectó una pelota que había quedado boyando cerca de nuestra área, y quiso el desatino que el balón pegara desgraciadamente en el cuerpo de Walter, desviando su trayectoria y descolocando a nuestro arquero. Fue un mazazo difícil de asimilar. Uno a cero en contra, final del primer tiempo y nosotros a llorar a la capilla.
Nos fuimos cabizbajos al descanso e intuyendo el reto que nos iba a propinar nuestro entrenador por la pobre actuación que estábamos ofreciendo. Sin embargo esta vez el Guille Girardi no nos reprendió, por el contrario, nos alentó argumentando que estábamos en desventaja por mala suerte y nos pidió que cuando empatemos no festejemos el gol. Que vayamos a buscar la pelota dentro del arco rival y nos apuráramos a continuar con el juego para demostrar que no íbamos a conformarnos con un insulso empate. Nos sorprendió su arenga, sus palabras funcionaron como una inyección anímica crucial para lo que faltaba del partido.
Arrancamos el segundo tiempo hechos una furia, pero sin olvidarnos de jugar. Walter ya no rechazaba el balón sin darle un destino claro. Santiago no corría en vano, quitaba balones y rápido lo buscaba a Alejandro. Y Alejandro finalmente se dedicó a gambetear y se olvidó de las disputas con Minino.  Al fin las cosas estaban en orden. Tuvimos varias chances de empatar pero se nos escaparon…
Yo me comí un gol casi cantado. Alejandro había hecho un desparramo por la derecha y me había cedido el balón, sólo tenía que poner el pie y dejar que la pelota me rebotara para que sea gol. Pero tal vez la ansiedad por finalizar la jugada hizo que calculara mal y terminé enredado con la pelota, hasta que mi marcador logró darle un puntinaso y mandarla al córner.
Me enojé por mi torpeza, y también se enojaron mis compañeros, por supuesto. Mentiría si les digo que en ese momento, después de errar ese gol imposible, sentí que algo grande estaba por pasar. Seguramente quedaría más pintoresco para el cuento, pero la vida real raramente funciona así. Y menos a los ocho años. Donde uno todavía no está influenciado por todas las teorías de las premoniciones ni los presentimientos. Lo que sentí en ese momento fue una tristeza infinita. El sabor amargo de saber que le había fallado al equipo y que tal vez no tendría otra oportunidad para redimir mi error. Y lo peor era saber que mi torpeza había quedado filmada. Recuerdo que eso me partió el alma. Lo observé a mi viejo que sostenía la cámara sobre sus hombros y rogaba por algún desperfecto que lograra ponerme a salvo de tener que aguantar la escena que se reproduciría a la noche cuando veríamos el video. Pensaba en las cargadas de mi hermano y se me revolvía el estómago.
Claro que el destino me tenía preparado algo mágico, sólo que yo no lo supe hasta que estuve a punto de conectar una pelota que parecía destinada a la nada. Ahora sí, estamos cerca del instante.
Faltaban pocos minutos para terminar el partido, el tramite del encuentro se había tornado otra vez demasiado desordenado. Ya no teníamos la claridad con la que atacamos en los primeros minutos del segundo tiempo. La desesperación se había apoderado de nuestras pobres almas de ocho años y por eso la lógica indicaba que todo seguiría su curso normal hasta el final.
No puedo precisar cómo fue que la pelota picó delante de mí y a unos pocos metros del área de ellos. No sé si fue un rechazo de alguno de nuestros defensores o un mal despeje de los suyos. Lo único que sé, es que la pelota rebotó en el piso y se elevó bien alto, justo delante de mí. Tampoco puedo precisar qué estaba haciendo yo como para no darme cuenta lo que ocurría hasta que vi la pelota en el aire. Ni siquiera noté que estaba solo, sin marcas. Quizás, si me hubiera percatado de todo esto, no habría tomado la decisión que tomé.
Es más, tengo el recuerdo nítido del grito de desaprobación que me propinó Alejandro cuando yo acomodé el cuerpo dando a entender que no iba a dejar que la pelota tocara el suelo. Claro, Alejandro estaba cerca de la mitad de la cancha, observando la jugada que evidentemente exigía otra resolución. Porque como dije, me encontraba sin marcas y si cuando el balón se dignara de una vez por todas a bajar a tierra, yo lograba pararlo de tal forma como para que no se me escape demasiado hacia adelante, me encontraba con la posibilidad de quedar mano a mano frente al arquero de Arteaguense.
Pero no fue lo que hice.
Mi mirada estaba clavada en la pelota, no tenía ojos para observar otra cosa que no fuese ese balón número cinco que venía bajando y que se perfilaba justita para agarrarla de lleno con mi pierna izquierda. No cotejé ninguna otra opción, tampoco me detuve a pensar a cuántos metros estaba del arco, para saber si tenía la fuerza suficiente para enviar la pelota hasta ahí. Puse toda mi atención en calcular bien el recorrido del balón para impactarlo en el momento preciso y que sea lo que dios quiera…
Hasta acá llegan los condimentos previos al instante más feliz de mi vida, es ahora donde me toca la difícil tarea de ponerle palabras a esos segundo gloriosos que conforman mi recuerdo más bonito y entrar de lleno al eje central del relato como le entré de lleno al balón en aquel momento. 
Porque esta vez no me enredé con la pelota, ni mi ansiedad hizo que calculara mal, todo lo contrario, tal como lo había previsto, la pelota no llegó a tocar el suelo, pude conectarla con mi botín izquierdo y salió disparada con fuerza y precisión hacia el arco del triunfo, o del empate en este caso.
Pero como todo instante de felicidad necesitaba algo más de suspenso, de dramatismo, si la pelota hubiese ingresado en el arco sin ningún contratiempo quizás no hubiese tenido el mismo sabor, ni hubiese quedado tan marcado en mi memoria, pero fue a dar directo al palo izquierdo del horrorizado arquero de ellos, que en un repentino ataque de reflejos voló para la foto hacia ese lugar. Llegó tarde. La pelota rebotó en el palo sin que pueda llegar a pellizcarla. Y fue en ese momento cuando a mí se me paralizó el corazón. ¿Qué rumbo tomaría el balón después de estrellarse contra el palo? Era difícil saberlo. Son sólo fracciones de milímetros las que pueden jugar a favor o en contra. Sinceramente me hubiese conformado con que la pelota ingresara al arco y finalizara la angustia. Pero el destino me tenía reservado otro momento de suspenso. Porque tomó la dirección contraria y se encaminaba a toda velocidad para dar sobre el otro palo, el derecho,  y otra vez la misma pregunta ¿Qué rumbo tomaría la pelota ante este nuevo impacto sobre el otro poste?
Agradezco a la vida o a quien tenga que agradecer, no haber cerrado los ojos en ese momento, porque de haberlo hecho me hubiese perdido el clímax supremo de ese instante cuando pude ver a la pelota ingresar al arco y acurrucarse en la red de nuestros máximos adversarios.
No hubo manera de no festejar el gol como nos había pedido el Guille Girardi. Era imposible contener la inmensa felicidad por lograr el agónico empate con una anotación tan deliciosa. Todos mis compañeros se me vinieron al humo cuando intentaba correr hacia el lugar en que mi viejo filmaba. Quería gritar mi alegría frente a la cámara. Este gol remendaba ampliamente mi torpeza anterior. Fueron, sin dudas, los segundos más felices de mi vida. Venía de ser villano, después del gol que había errado, y de mis pobres actuaciones contra Arteaguense, y ahora era el héroe de la historia. Parecía una película pero era realidad. 
Las caras de sorpresa de mis compañeros de equipo creo que fueron, sobre todo, por la potencia del disparo. Era inexplicable que un flacucho pudiera haber lanzado ese cañonazo. 
Cuando ellos sacaron del medio el árbitro finalizó el partido y tuvimos que definir por penales. Pero esa es otra historia. Triste, si se quiere, porque perdimos sin meter ningún penal. Quedamos subcampeones, pero al menos pudimos mantener nuestro invicto. Que nos ganaran desde los ocho pasos no significaba que nos hayan quitado el invicto de tres años memorables.
Lo que sí creo necesario contar, es que este instante de felicidad no hubiese quedado tan marcado en mi memoria si mi viejo no hubiese tomado la decisión que tomó, un minuto antes de que yo anotara el gol más importante de mi vida. Por supuesto que cuando me enteré lo que hizo mi viejo me quería matar. Recuerdo que esa anoche, a solas en mi habitación, lloré como pocas veces. No podía creer que haya dejado de filmar justo cuando yo estaba por hacer mi obra cumbre futbolística. ¿Pero cómo podía intuir mi viejo lo que iba a ocurrir? Era imposible imaginarse un gol de esa naturaleza a casi nada de terminar ese partido reñido. Además ya no sentía el hombro con la piedra de cámara. Mi viejo, pobre, hoy en día recuerda este hecho con algo de tristeza y siempre cuenta que ni bien metí el gol, el padre de Santiago fue corriendo hacia donde estaba él para preguntarle si había filmado esa maravilla. Me imagino su decepción en ese momento. 
Pero ahora me doy cuenta de que si mi viejo no bajaba la cámara y hubiese logrado captar ese instante, tal vez mi recuerdo no sería tan entrañable. Seguramente me hubiese cansado de ver el gol. Sospecho que los mejores instantes de felicidad tienen que mantenerse así. Anónimos. Guardados en el disco rígido del cerebro, y conservando las sensaciones de esos segundos en que todo transcurría por única vez. 
En definitiva un instante de felicidad es eso, sólo un instante, la repetición le quita la magia, banaliza los recuerdos. Y yo prefiero recordar el gol sólo en mi memoria y en la memoria de mis compañeros de equipo que hasta el día de hoy disfrutan ese agónico empate frente a nuestros más difíciles adversarios de nuestra feliz infancia en Centenario.



No hay comentarios.: