Matias

Matias

Hincha pelotas




                                      LAS CÁBALAS DE ROSITO

 Todo empezó la noche en que Boca jugó su primer partido por la ronda inicial de la copa libertadores del año 2000. Esa noche, si bien yo no era de ir a ver los partidos al bar del Hotel “La Paz”, había concurrido debido a que mi televisor se había descompuesto, y al entrar, la única silla disponible que encontré fue la que estaba al lado de Rosito. Yo conocía a Rosito –todos se conocen en un pueblo –, y sabía que era hincha de Boca, pero no conocía su fanatismo, ni su especial e increíble ritual de las cábalas.              
Recuerdo que en un momento de aquel partido yo me levanté de la silla enojado y le rajé una puteada a un jugador de Boca que había perdido la pelota en la mitad de la cancha, generando un ataque del rival que casi termina en gol, y Rosito con su mano en mi brazo me volvió a sentar y me dijo:

-Tranquilo, mientras el encendedor esté sobre el atado de cigarrillos, no pasa nada.

Recién en ese momento observé el encendedor con los colores de Boca ubicado milimétricamente en el centro del atado de cigarrillos Malboro box, que a su vez estaban posados sobre un pañuelo blanco, en el que estaban escritas las firmas de los jugadores del Boca campeón del año 81. Después miré a Rosito, esperando alguna sonrisa o una señal de que me estaba gastando una broma, sin embargo Rosito seguía mirando seriamente el televisor, compenetrado en el partido. Debo admitir que pensé que me encontraba sentado al lado de un loco. Jamás había visto a alguien proceder de esa manera al mirar un partido. Esa noche quedé totalmente sorprendido por sus cábalas y, sobre todo, por la poca importancia que le daba a mis carcajadas, ya que me la pasé mirando su accionar más que al desempeño de nuestros jugadores en el televisor.
La primera cábala que observé, después de la del encendedor, fue la de los dedos cruzados de las dos manos: los mantuvo así hasta que terminó el partido, incluso en el entretiempo los dejó así, ni siquiera cuando fumaba o tomaba un café los volvía a su posición natural. Era muy gracioso ver cómo renegaba para agarrar el pocillo sin que se le cayera. Aclaro que cuando quería fumar, sacaba otro atado de cigarrillos y otro encendedor de uno de sus bolsillos, el que estaba sobre el pañuelo firmado, se mantenía inamovible.
Cuando Boca estaba siendo asediado por el rival, pronunciaba arengas combativas a los defensores y se corría un poco para su izquierda, en cambio cuando era Boca el que atacaba, inclinaba su cuerpo hacia la derecha y recitaba algunos fragmentos de poesía, con la intención de inspirar a los delanteros.
La verdad es que yo no me considero un tipo cabalero, de esos que se ponen siempre la misma ropa o que se sientan en el mismo lugar cuando juega el equipo de sus amores, pero a decir verdad si bien al siguiente partido decidí volver a concurrir al bar del hotel para divertirme con las costumbres de Rosito, debo reconocer que también lo hice con cierta fe de que volviendo a su lado, Boca tendría más chances de ganar.  Para mi sorpresa, nuevamente la única silla que se encontraba disponible era la que estaba al lado de él. Por supuesto, no era coincidencia, Rosito la había reservado para mi llegada. Al verme llegar, me hizo señas para que me sentase a su lado.

- Temía que no vinieras – me dijo –. De ahora en más venite siempre. Esta copa es nuestra.

Ya esa noche, y mucho más con el correr de los partidos, me convencí de que Boca avanzaba y obtenía resultados gracias a sus cábalas.
De ahí en más, la mayoría de los hinchas de Boca que concurríamos al bar del hotel nos ocupábamos de que Rosito hiciera sus cábalas.
La verdad es que yo ignoraba la dimensión de las cábalas, que no se restringían solamente al momento del partido, sino que eran mucho más complejas, como él mismo me decía:

- Lo que pasa, es que todos hacen cábalas simples, y la cuestión es hacer cosas que te cuesten, que te duelan, porque a mayor sufrimiento, mayor va a ser la posibilidad de que den resultado.  Lo mismo que las promesas, yo no digo que ir caminando hasta lujan, como hacen todos, sea fácil, o que no requiera de cierto esfuerzo, pero no es suficiente. Las promesas deben estar a la altura de lo que quieras que se dé, si no, no sirve. Yo ya hice mi promesa, y puedo asegurarte que si Boca sale campeón, mas allá de la alegría, voy a tener que pagar un costo muy alto.

Cuando me dijo esto no le di tanta importancia, pero con el tiempo y llegado el momento, comprendería la dimensión de sus palabras.
La cuestión era que más allá de las cábalas establecidas durante el partido, existían otras que consistían en repetir con la mayor exactitud posible lo que había hecho durante el día en que Boca jugaba, si es que en ese partido Boca había ganado o había sacado un resultado favorable, y eso residía en: comer lo mismo, concurrir a los mismos lugares y, de ser posible, hablar rigurosamente lo que se había hablado durante el día. No era un trabajo fácil, pero nosotros lo ayudábamos a recordar todo, porque como él mismo decía, por Boca se hacía cualquier cosa.
La noche en que Boca jugó de local ante River por los cuartos de final, ese glorioso día en que Palermo, volviendo de la lesión, convirtió ese gol y nos aseguró el pase a las semifinales, nos trajo una dificultad muy grande para que Rosito repitiera lo acontecido durante el día.
Resulta que, apurado por llegar al hotel a tiempo para ver el partido, llevó por delante con su auto a una piba de quince años que andaba en bici. Costó varios días convencer a la madre para que aceptase que su hija volviera a ser atropellada el día en que Boca jugara la semifinal contra el América de México, pero finalmente aflojó, sobre todo gracias al padre de la piba, que era hincha de Boca, y si bien nos dijo que estábamos locos, no se animó a interferir en la racha ganadora que Rosito y nosotros, le estábamos dando al equipo de sus amores.
Justamente en esa semifinal, pero en el partido de vuelta, cuando fuimos a México a jugar contra el América, el partido venia complicadísimo, perdíamos tres a cero, el hotel era un velorio, estábamos todos callados y cagadísimos. Los hinchas de River estaban exaltados, y ya bromeaban con nuestra eliminación. De pronto el pelado Rodríguez, hincha de Boca y uno de los que más había contribuido para que Rosito siguiera su ritual con eficacia, se dirigió al baño,  un poco debido a un dolor estomacal que venía padeciendo, y otro poco debido a la tensión del partido.
Justo en el momento en que el pelado estaba haciendo sus necesidades, Samuel mete ese cabezazo increíble, imposible, y nos da la clasificación. Por consiguiente, el pelado Rodríguez tuvo que seguir los dos partidos de la final metido en el baño, ya que Rosito lo consideró crucial para los encuentros que estaban por venir.
Después de la primera final contra el Palmeiras en la cancha de Boca, que empatamos dos a dos, debo reconocer que estábamos sin mucho animo. Cuando empezó el partido en Brasil, eran muchísimos los hinchas de River que estaban en la barra e incluso se habían adueñado de algunas mesas, donde usualmente solían concurrir boquenses, que ante el clima poco favorable que se presentaba debido al mal resultado en el partido de ida, habían desertado. Igualmente las cábalas se mantuvieron rigurosas e inquebrantables.
Como suele ocurrir en finales de este tipo, el partido no tuvo muchas emociones, sólo algunas aproximaciones al área, un gol de Palermo mal anulado y otro perdido increíblemente por el delantero colombiano del Palmeiras, Faustino Asprilla. Cuando el árbitro dio por finalizado los noventa minutos, y luego el alargue, llegó el momento de la definición.
Unos minutos antes de que comenzara la ronda de los penales, y mientras caminábamos un poco por el bar para aflojar tensiones, vimos entrar en el hotel a Patricio Saldivar, reconocido homosexual del barrio, que se sentó en la barra. Nos miramos entre todos, sorprendidos. Casi nunca iba al bar, y mucho menos para ver un partido, es más, sabíamos que detestaba el fútbol.
Sin embargo entró con la remera de Boca puesta y al sentarse miraba al televisor, se besaba una cadenita que le colgaba del cuello, y balbuceaba algo en voz baja, como si estuviera rezando.

-Che, ¿qué hace éste acá? – le pregunté a Rosito, que giró la cabeza y al observarlo respiró hondo pero no dijo nada.

- Si llegamos a errar el primer penal, lo echo a patadas al yeta éste –  dijo el gordo Gasparini, sentado en una de las mesas de atrás.

Finalmente llegó el momento crucial: el penal de Bermúdez, si lo convertía, Boca era campeón de América.
Haciendo un breve paneo por el hotel, me di cuenta que ya no quedaban hinchas de River, habían huido previendo el desenlace nefasto para sus ilusiones de ver a su eterno rival encerrado en una derrota dolorosa.
Aquel instante puedo rememorarlo perfectamente. En el silencio nervioso de todos los que habíamos trabajado arduamente, siguiendo el ritual de las cábalas de una manera tan eficaz que me hizo pensar que trabajando en conjunto como lo habíamos hecho, pero para otras causas digamos, más importantes, seguramente hubiésemos conseguido solucionar cualquier problema de los que aquejan a nuestra sociedad. Pero nada importaba en ese momento, nada era más sagrado que los pies de Bermúdez en ese instante decisivo. En ellos depositábamos todas nuestras energías y nuestros anhelos.
Recuerdo la caminata de Bermúdez hasta el área, donde lo aguardaba el arquero del Palmeiras. Recuerdo la respiración entrecortada de Rosito, el grito desesperado del pelado Rodríguez desde el baño preguntándonos:

 - ¿Quién va? ¿Quién patea?

-¡Bermúdez! – le dijimos, y se escuchó el golpe duro que le dio el pelado a la pared del baño, en un claro gesto de desaprobación ante el ejecutante de tan importante penal.

Y ya acomodó la pelota Bermúdez, ya dio un par de pasos hacia atrás, saliendo del área, ubicando sus manos en la cintura, mirando fijamente el balón, y de vez en cuando al arquero. Se escuchó el silbatazo del árbitro, y su brazo señalando hacia el arco, y Bermúdez corrió hacia la pelota…
Lejos de nuestra intuición, que nos hacía prever un disparo violento, un cañonazo al centro del arco, teniendo en cuenta su característica de jugador algo rústico e impetuoso, Bermúdez la colocó suave al palo izquierdo del arquero del Palmeiras, que erráticamente deslizó su cuerpo hacia un balón inexistente, atajando la nada y observando de reojo su objetivo esquivo, que se dirigía hacia otro rumbo, como una novia insatisfecha que, arrogante, elegía otro destino para su vida. El estallido en el bar del Hotel “La Paz” fue impresionante. El grito de “¡GOOOL!” se mezcló con los golpes en las mesas y las sillas cayéndose, debido a la euforia de todos los boquenses desorbitados. El pelado Rodríguez salió de su sufrida guarida en el baño besándose la remera, y llorando lágrimas como no lo había hecho ni siquiera ante el nacimiento de alguno de sus hijos. Sí, ya podíamos decirlo:

“¡BOCA CAMPEÓN DE AMÉRICA!”.

Luego de un rato, la gran mayoría se habían ido a festejar con sus autos dando vueltas por la plaza del pueblo como ya era una costumbre.
En el bar habíamos quedado unos pocos. Entre ellos, Rosito y yo. Nos abrazamos muy conmovidos, mientras mirábamos el televisor, que nos devolvía a nuestros héroes,  entre los que estaba, por supuesto, Carlos Bianchi.

- Vamos Rosito – le dije –, vamos a festejar con los muchachos.

Rosito me miró y negó con la cabeza.

- Dale che, mañana miramos los festejos de los jugadores, ahora vamos

- No puedo – me dijo.

- ¿Por qué? ¿Qué pasa?

- Tengo que cumplir con la promesa.

- ¿Qué promesa? ¡Dejate de joder! La hacés mañana, dale, vamos.

- No, las promesas hay que cumplirlas, y yo la hice para esta noche.

- ¿Qué prometiste?

Rosito me señaló con la cabeza hacia la puerta de entrada. Y ahí lo vi a Patricio Saldivar, que le hacía señas con las llaves y le indicaba que lo esperaba en el coche.

- No me digas que…

Rosito asintió amargamente. Miró unos instantes el televisor y después me dijo:

- Todo sea por Boca. Las promesas hay que cumplirlas, no te olvides que ahora hay que ir a Japón.   

Lo vi alejarse con Saldivar en el auto, y no pude más que admirar su lealtad hacia su equipo, nuestro equipo, que había alcanzado la gloria.
Después me sumé a los festejos.

Cuando llegó la final intercontinental que jugamos contra el Real Madrid, la vi en mi casa, porque se jugo de madrugada.
Por suerte ganamos y fuimos campeones del mundo.
A la tarde me lo crucé a Rosito y juntos rememoramos el partido, los goles de Palermo y lo hermoso que fue ver a los jugadores del Real Madrid desencajados ante las pisadas de Riquelme.
Estuve a punto de preguntarle por la promesa que había hecho para ese partido, pero me contuve. Un poco para no incomodarlo y sobre todo por respeto al que fue el verdadero artífice de la gloria de Boca Júniors, en ese maravilloso año 2000.

 

 

 

   

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