Matias

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Personajes



                         EL LLORON DE LOS VELORIOS

La verdad es que nunca me quedo en los velorios por mucho tiempo.
Nunca me gustó el ritual, ni mucho menos la procesión que va desde la funeraria hasta la iglesia, siguiendo detrás al coche fúnebre. En realidad este espectáculo de la muerte hasta me parece en algún punto morboso.
Pero de nada sirve mi creencia o mi sentimiento acerca de este tema porque sé, y estoy totalmente resignado para aceptarlo, que esta tradición o costumbre no va a cambiar y el caso es que voy a tener que concurrir, me guste o no, a este desagradable espectáculo de la muerte durante el resto de mis días. Al menos hasta el día en que yo sea precisamente el protagonista principal de este rito que me resulta macabro.
La primera vez que vi a Hugo Jacov, “el llorón de los velorios”, fue la noche en que estaban velando a un amigo mío de la infancia.
Estaba sentado frente al cajón, con sus dos manos apoyadas sobre el cubículo de madera y llorando de una manera desgarradora. Jamás había visto llorar así a una persona. Fue tan grande el impacto que me causó, que recuerdo haberlo saludado a él antes que a los familiares y deudos de mi amigo, el muerto.
El llanto de Hugo era asombrosamente contagioso. Luego de un rato de escucharlo, absolutamente todas las personas que se encontraban en el salón empezaban a llorar. Incluso yo, que a pesar de ser muy pudoroso a la hora de llorar o mostrar mis sentimientos frente a otras personas, me sorprendí cuando empecé a lagrimear por un largo rato, casi sin darme cuenta.
En un primer momento pensé que era un amigo de Juan, mi amigo fallecido, que yo no conocía. O tal vez podía ser algún compañero de trabajo. Después de todo, hacía mucho tiempo que había perdido contacto con Juancito.
Pero lo que me llamaba la atención es que el llorón no hablaba con nadie. Ninguno parecía conocerlo y él, solamente lloraba. Por momentos se levantaba de su silla, se dirigía a la ventana y señalaba resueltamente al cielo, para luego regresar a su asiento y continuar sin más con su llanto estrepitoso.
En un momento no aguante más y le pregunté al hermano de Juan si lo conocía, si sabía quién era ese extraño personaje que no paraba de llorar.

- Ese es Huguito – me dijo el hermano de Juan – Hugo Jacov, es uno de los servicios que brinda la funeraria.

- ¿Cómo es eso? – le pregunté, sorprendido.

- Es un servicio. Además del cajón, el salón y el café con licores y sándwiches de miga, por un par de pesos más te lo ofrecen para que llore y acapare un poco la atención. De esa manera nosotros estamos un poco más tranquilos.

Yo no salía de mi asombro. No terminaba de digerir lo que acababa de escuchar. Nos quedamos un rato en silencio observando a Hugo y tengo que admitir que realmente acaparaba todas las miradas. Se podía decir que era el centro de atención, el espíritu y el aura del velorio.

- La verdad es que con Hugo el velorio es un éxito – me dijo el hermano de Juan, sonriendo.

En ese momento comprobé que a pesar del tiempo que no lo veía evidentemente el hermano de mi amigo fallecido seguía siendo el mismo imbécil de siempre.
Después de esa noche fui a un par de velorios más sólo para observar la labor y el desempeño actoral de Hugo Jacov al servicio de la muerte.
Hasta recuerdo algunos episodios increíbles.
Por ejemplo una noche, mientras Hugo lloraba como siempre al lado del cajón, el marido de la difunta en cuestión luego de observarlo durante un rato, se fue acercando sigilosamente, con una expresión de odio que se acrecentaba a medida que estaba más cerca, y si bien en el trayecto varias personas le daban el pésame al viudo, éste no dejaba de mirar a Hugo.
Cuando se encontró frente al llorón de los velorios se agachó para quedar cara a cara y, sin decir ni una palabra, le propinó un cabezazo fulminante, haciendo caer a Hugo de espaldas con su silla al piso. Pese al golpe y la caída, fiel a su actuación, Hugo Jacov siguió llorando, aunque en esta ocasión no se sabe si fue en el desempeño de su labor o por el terrible golpe que el viudo le había propinado.
Después se supo que el marido de la difunta no sabía que Hugo Jacov era parte de los servicios de la funeraria, y por la forma de llorar y como además no lo conocía, dio por cierto que era uno de los amantes secretos que él intuía que su mujer había tenido en vida.
Luego de este incidente, Hugo instó al dueño de la funeraria que informara con la debida anticipación a todos los familiares del occiso de turno acerca de su servicio de actuación para prevenir en lo sucesivo cualquier confusión que ocasionara desafortunados y dolorosos contratiempos como el mencionado.
Otros episodios para destacar fueron los de algunos familiares que se quejaron en ciertas oportunidades por la floja y – a juicio de ellos –, casi mediocre teatralización de dolor y tristeza de Hugo.
Lo cierto es que hubo veces en que el llorón de los velorios no fue tan convincente y sus llantos se notaron un tanto forzados.
Justamente la última vez que lo vi en esa funeraria, su llanto era muy tibio, casi imperceptible, y esa noche luego de un par de horas su presencia casi ni se notaba.
Cuando estaba por irme me pareció percibir en la sala una risa contenida. Miré para todos lados para ver de donde provenía y para mi sorpresa la risa era de Huguito, que se tapaba la cara con las dos manos, en un infructuoso intento por disimularla.
Pero después de un rato su risa contenida se fue transformando en una carcajada desbordada, haciendo que todos en la sala clavaran sus miradas sobre él.
Al principio las personas se codeaban y miraban con indignación a Hugo, pero después de un rato, igual de lo que pasaba con su llanto, su risa causó un gran contagio, y luego de unos minutos en el salón todos se despanzurraban de risa. Fue una escena bochornosa. Los familiares de la occisa (que también, como en el caso del viudo encolerizado, era mujer) observaban espantados lo que sucedía, porque hasta se podía advertir a una tía de la muerta, riendo con ganas y de manera aparatosa.
Esta fue la última actuación de Hugo Jacov, “el llorón de los velorios”. Al día siguiente ya no formaba parte del plantel de servicios de la funeraria “Tu destino”.
Luego de unos años tuve que lamentar la muerte de un primo mío a causa de un confuso accidente. Ni bien entré a la sala del velorio, me sobresaltó saber que Hugo estaba ahí. No hizo falta verlo, me bastó con escuchar su llanto tan particular para saber que era él.
Después de saludar a mis tíos le pregunté por Hugo, porque la verdad es que estaba intrigado. Aún suponiendo que tal vez Hugo estuviese trabajando en la funeraria, estaba seguro que ellos no lo habrían contratado. Conocía muy bien a mis tíos como para creerlos capaz de una cosa así.
Fue mi tía la que me dijo que “el llorón de los velorios” le había contado que conocía a mi primo desde hacia un tiempo y me dijo que aunque ella jamás lo había visto, ni sabía nada de él, debía ser cierto, ya que parecía saber bastante de la vida de mi primo. Mi tío, que escuchaba la conversación, me mostró una tarjeta que le había entregado Hugo, donde figuraba el nombre de un abogado supuestamente conocido suyo, y les dijo que era muy bueno y que los podría ayudar para cualquier cosa que necesitaran.
Les pedí permiso a mis tíos para que me dejaran hablar con Hugo acerca de este tema, y después de un rato me lo llevé afuera para poder hablar más tranquilos. La verdad es que me sonaba muy extraño todo el asunto, así que ni bien salimos de la funeraria lo apuré diciéndole que sabia perfectamente a lo que se dedicaba, ya que lo había visto actuar en algunos velorios. Le exigí que me contara cuál era en realidad su cometido en este velatorio y me mostré suficientemente agresivo como para que no tuviese otra opción más que decirme la verdad.
Lo que me contó, superaba cualquier suposición que yo hubiera podido  tener acerca de la presencia de Hugo Jacov en el velorio de mi primo.
Resulta que el abogado que figuraba en la tarjeta, luego de observarlo en la funeraria “tu destino” y notar la atención que captaba su llanto, lo había contratado para que irrumpiera en los velorios y que, con su actuación, le consiguiera posibles clientes.
La labor de Hugo Jacov se basaba en interiorizarse acerca de la vida y estudiar al difunto y luego de consumar su clásico llanto desesperado, cuando sentía la atracción que despertaba en algún familiar del muerto, se dirigía a su encuentro y le contaba alguna historia que demostrase su cercanía con el difunto. A continuación  le entregaba la tarjeta del abogado y le recomendaba que lo contrataran.
Si la familia finalmente llamaba al abogado para encargarle algún trámite, Hugo Jacov cobraba un porcentaje de lo que el abogado recibiera por el caso.
Tuve ganas de golpearlo, le dije que se marchara y que ni se le ocurra aparecerse otra vez por el lugar porque me aseguraría de que esta vez llorase de verdad. Dicho y hecho: Hugo Jacov desapareció de mi vista al instante, y con expresión de verdadero temor.
No sé que será de su vida, pero sospecho que ya no volvió a concurrir a ningún velorio, después de el apriete que le hice en esa oportunidad.  
Por mi parte, sigo esperando inútilmente que esta triste y desagradable ceremonia de la muerte – el velorio –, desaparezca para siempre.

 

 



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