Matias

Matias

Personajes


                                 UN GANADOR

 - ¡Les cuento bien cómo fue…! – Pablito se paró y se posesionó con el relato, actuando como si estuviera en un escenario. – Ni bien entro al consultorio, la mina sin decir ni siquiera hola, cierra los ojos, olfatea un poquito y dice: “Kenzo, viene en un frasquito con forma de tronco, ¡me encanta ese perfume!” – hubo un murmullo entusiasta en la mesa del bar conformada por el Negro, el Gordo y Marcelo.

-Ya sabemos, no nos digas nada, te pusiste rojo como un tomate y te measte encima…– Marcelo le guiñó un ojo al negro.

- No, no, paren que les cuento bien… Le dije que sí, que tenía buen sentido del olfato, la saludé y me senté tranquilo en el banco.

- ¿Eh? ¿Eso le dijiste? – Preguntó Marcelo mordiéndose los labios.

- ¡Pará, pará! Dejalo que cuente tranquilo. Seguí, seguí, ¿Qué pasó después? – Dijo el Gordo.

-¿Es el perfume que usa tu novio? Le pregunté, y…

- Ah, la conocés a la mina, entonces… – Lo interrumpió el Gordo.

- No, en realidad hace un tiempo que es mi dentista, por ahí la conocen porque suele venir al bar, pero nunca había hablado ni dos palabras, ya saben cómo soy, cuando estoy con una mujer linda me nublo, soy mudo, salvo que ella me hable o me saque alguna conversación.

-Bueno ¿Y qué te dijo? –  Preguntó el gordo.

-Primero me puso el babero ese que te ponen los dentistas, y después me dijo que ese perfume lo usaba un novio que ella tuvo. Que ahora estaba casada y para un cumpleaños se lo había regalado a su marido, pero nunca lo usaba. Supuestamente no le gustaban los perfumes o algo así – ¡Ah! – y que a ella le encantaban los hombres que huelen bien.

- ¡Ah, bueno! Regaladísima la mina, más directa imposible – dijo Marcelo.

-¿Pero vos sabías que a la mina le gustaba ese perfume?, porque vos usas siempre el Lolita Lempicka – interrogó el Gordo.

-¡Era el Lolita! Nada más que la mina se confundió. Obviamente, yo le seguí la corriente.

-Ahí estuvo bien, hay que reconocerlo, estuvo rápido el quía – dijo el Negro.

-Pará que te cuento bien: después por un rato no hablamos más, ella se puso a arreglarme las caries y yo mientras tanto maquinaba, ¿viste? Repasaba lo que me había dicho, pensaba en algo para decirle, porque es un camión la mina, morochita, alta, bien de adelante, mejor atrás, es terrible, ¡está buenísima! Pero yo me inhibo con una mujer así, yo no puedo, no puedo, no me sale nada.

-¿Y la tipa qué hacía?  

- ¡Nada, Gordo! ¿Qué va a hacer? Hacía lo suyo ¡Muy profesional la mina, eh! Muy profesional, no sentí nada a pesar de que renegó un rato largo, porque veía que machacaba con el torno dale que dale. Tengo la dentadura hecha mierda, si fui es porque no aguantaba más las caries. Me estaban matando. Yo, hasta que no me retuerzo de dolor no voy al dentista. Incluso me tuvo que poner estas tiritas en cada uno de los dientes para que se separen, ¿ven? – Pablo abrió la boca para mostrarles y luego siguió hablando – dice que dan resultado, pero me molestan, casi ni puedo masticar.

-Todo muy lindo, gran trabajo el de la mina, mandale mis felicitaciones. Ahora pregunto: ¿hay algo más para contar o toda tu historia era para terminar mostrándonos tus dientes desagradables? – dijo Marcelo, en tono irónico y burlón.

-Pará, Marce, pará, no empecés. No le des bola Pablo – el Gordo trató de prevenir otra pelea como siempre, entre Marcelo y Pablo.

-Bueno, como venía diciendo – Pablo siguió hablando como si no le afectaran las agresiones de Marcelo –, la mina estuvo un largo rato trabajando con mis dientes, y no habló, se concentró en su labor. Por ahí, como les dije me explicaba lo que me hacía o me largaba data sobre algunos artefactos nuevos que vienen de China que sirven para limpiar los dientes, me dijo que te los dejan bien blancos y que te duran muchos años, no como esos productos que se venden acá, que en realidad no te duran nada.Yo la escuchaba, pero la verdad es que a mí me incomodaba un poco que estuviera hurgueteando en mi boca, qué sé yo, no es muy lindo, encima me hacía el bocho, pensaba: Esta mina después de ver toda la pudrición que tengo en la boca, ¡me debe haber agarrado un asco!

- Y, la verdad que yo prefiero ir de un dentista, con una mina yo también estaría un poco incómodo – aceptó el Gordo.

-¡Claro! Y si además es un hembrón como esta mina peor todavía, por ahí si es un bagayo te chupa un huevo.

-¿Bueno, ¿Y, y, yy? – Marcelo se empezaba a impacientar.

-Bueno, al final cuando ya me estaba por ir la saludo, todo bien, me pongo la campera y cuando estoy por caminar hacia la puerta… No saben lo que me dijo – El Gordo y el Negro se quedaron expectantes mirando con entusiasmo a Pablo, que se había sentado abatido en su silla, tomándose la cara y maldiciéndose.

-¿Y qué te dijo? – Marcelo, ahora sí impaciente.

-Me tocó el brazo, me puso su cara a unos centímetros de la mía, mirándome fijo a los ojos y me dijo, con una voz sensual: “¡Que sexy te queda ese perfume!”

El Negro y Marcelo, al unísono largaron un: “¡No te puedo creer!” El Gordo dio un par de brinquitos sobre su silla entusiasmado como un niño y le preguntó excitadísimo: – ¿Qué hiciste, qué le dijiste? – Pablo seguía tomándose la cara con las dos manos y  negando con la cabeza.

-¿Qué hiciste, qué le dijiste? –  Volvió a preguntar el Gordo a punto de caerse de la silla.

-Nada, nada. Me puse nervioso, me obnubilé. No sé, creo que hice una sonrisita estúpida, o le dije gracias, no sé, la cuestión es que salí cagando. Una vergüenza, hasta me fui con el baberito puesto. Me di cuenta recién cuando llegué al auto y tuve que volver a dejárselo, pero se lo dejé en la sala de espera. ¡Ni en pedo volvía a entrar al consultorio!

-¡Este tipo es un pelotudo, dejate de joder! – Marcelo se fue caminando para el baño mirando al cielo. – ¿Por qué a mí nunca me pasa algo así? ¿Por qué Dios le da pan a quien no tiene dientes?

El Negro se reía disimuladamente y el Gordo se agarraba la cabeza,
desilusionado.

-Ya sé, ya sé no me digan nada. Dormí como un pelotudo… – Pablo hablaba con resignación.

-Disculpame Pablito, yo conocí tipos lentos, pero como vos, ninguno – el Negro hablaba riéndose. – No sé, por lo menos le hubieras dicho algo, cualquier cosa, no te digo que le tendrías que haber chantado un beso de una, pero por lo menos le hubieses dicho algo lindo a ella. Por respeto aunque sea, por caballerosidad, mirá lo que te digo.

-Sí, está bien, ya sé, pero qué sé yo, ¿no te digo que me puse nervioso? Me taré, te digo que lo primero que se me vino a la cabeza fue comerle la boca ahí nomás, porque de verdad, con la voz sensual que me lo dijo, y además se acercó mucho. Pero, ¿y si no venía por ahí la cosa? A lo mejor ella trataba de ser simpática nada más, podía ser, en definitiva yo soy un cliente y….                                           

-No, no, pará, una cosa es ser simpática y otra cosa es coquetear, y por lo que nos contás la mina no sólo fue simpática, si no que prácticamente te encaró.

-Sí, está bien, pero la mina está casada y además…

-Y con más razón, más a nuestro favor – dijo Marcelo que había vuelto del baño –, capaz que la mina está súper aburrida y quiere algo nuevo, algo distinto. Escuchame, pensá un poquito: ¿no dijiste que al marido no le gustan los perfumes?

-Sí. ¿Y eso qué tiene que ver?

-¿Cómo que tiene que ver, tortuga sin patas? ¡Tiene mucho que ver! Capaz que el tipo es un mugriento, uno de esos tipos que después de un tiempo junto con una mujer, ya no cuidan su estética ni sus modales, y la mina se lo tiene que bancar todas las noches sucio, tirándose pedos en la cama y andá a saber cuántas cosas más.

- Sí, puede ser, no sé, la cuestión es que mañana tengo que ir de nuevo, por eso se los conté. Me tienen que ayudar. ¿Qué hago? ¿Qué le digo? Vos Negro, que sos el que la tenés clara.

- Y, no sé, ahora no sé qué decirte, capaz que era ese el momento, lo más probable es que se te haya pasado el tren.

- ¿Vos decís que no hay forma de levantar la boludez que hice?

- Y, es difícil, por las dudas mañana estate atento, llevate algo preparado por si la mina te da pie otra vez, pero en ese caso tratá de estar despierto, no te quedes callado.

- Sí, sí, mañana ni bien me dice algo la avanzo ahí nomás.

El Gordo y Marcelo se miraron y rieron.

- ¿De qué se ríen? – dijo Pablo –. ¡Ya van a ver mañana! Les digo más, si la mina no me dice nada yo igualmente voy a ir al frente.

Ninguno en la mesa le creyó, incluso algunos interlocutores de mesas aledañas, que habían seguido el relato con gran interés, también hicieron caras de incredulidad. Al otro día Marcelo y el Gordo estaban en el bar, aguardando la llegada de Pablo de la dentista, ansiosos por saber qué había pasado.

- Che, ¿se enteraron lo que le pasó al pelado Gonzáles? – dijo el Negro, entrando apurado al bar y sentándose en la mesa.

- No, boludo, ¿qué le pasó? – dijo Marcelo, sorprendido por la expresión seria en la cara del Negro.

- Nada, mejor dicho, todo. Estaba bárbaro, pero anoche se acostó y se ve que le dio un infarto mientras dormía, él ni se enteró.

- No, boludo, me estás jodiendo – dijo Marcelo arrugándose el pelo.

- No, cómo voy a joder con algo así. Cuando su mujer lo fue a despertar esta mañana, estaba muerto.

-No puede ser, si yo ayer a la tarde estuve con él – dijo el Gordo.

-¡Y qué tiene que ver, pelotudo! ¿No te digo que fue esta mañana?

- ¡Mirá vos! – dijo el Gordo, y agregó una de las frases más tontas que se suelen decir en estos casos: –No somos nada…

-Che, tendríamos que ir al velorio, es acá a un par de cuadras nomás – dijo el Negro.   

- Sí, ni bien venga Pablo le decimos y vamos – agregó el Gordo, compungido.  

-Ya debe estar por llegar – el Negro miró su reloj–, a esta hora nos dijo que salía de la dentista.

- Sí, que nos cuente la pelotudez que habrá hecho de nuevo y después vamos al velorio – dijo Marcelo riendo.

- Pará, no te adelantes, no vaya a ser cosa que Pablito te tape la boca –dijo el Gordo, que no soportaba a Marcelo cuando se ponía así.

- ¡Ojalá me tape la boca! A ver si al menos una vez se despabila.

- Bueno, pará que vos tampoco sos Cacho Castaña con las minas – objetó el Gordo.

- No, pero soy menos pelotudo que él. ¡Si es más lento que Forrest Gump!

- El que tuvo siempre muchas minas fue el pelado, y además algunas muy lindas – dijo el Negro.

- Sí, pero convengamos que se casó con la más fea de todas – tiró Marcelo, sin tapujos.

- A vos no te cabe ninguna, ¡no podes ser tan hijo de puta! Ni a los muertos respetas – dijo el Gordo, enojado.

- Digo la verdad nomás. ¿O me vas a decir que es linda la mujer del pelado?

- No, pero tampoco es fea – dijo el Negro.

- Además vos qué hablas, si antes que saliera con el pelado, me acuerdo que te la encaraste y no te dio bola – dijo el Gordo, recordando y para meterle cizaña a Marcelo.

- Bueno, pero porque yo me la encaré mal, como no me gustaba mucho fui sin muchas energías.

- Sí, sí, claro – dijo el gordo y no dijo nada más para no pelear.

- ¡Ahí viene! ¡Ahí viene Pablo! – dijo el Negro mirando por la ventana.

Pablo entró al bar caminado despacio y con aire de canchero. Miró de reojo a los muchachos y pasó de largo la mesa. Se sentó solo en una mesa ubicada a un par de metros de donde estaban esperando “los tres mosqueteros”. Levantó la mano, y cuando el mozo lo vio pidió un whisky y se quedó mirando hacia al frente con una mirada que pretendía ser importante.

-¿Qué haces, boludo? ¿Qué paso?  Vení para acá y contanos – dijo el Gordo.

- Ah, perdonen, no los vi, es que vengo tan satisfecho y relajado… – dijo Pablo, dándose aires.

- ¡No me digas que se te dio! – dijo el Gordo expectante.

Pablo se cruzó de piernas, esperó unos segundos para crear el clima más propicio y después asintió, haciéndose el superado.

- ¡Vamos Pablito, todavía! – dijo el Negro con verdadero entusiasmo

- ¡Tomá para vos amargo! – dijo el Gordo, mirando a Marcelo y mostrándole sólo el dedo mayor levantado de la mano derecha.

El Negro y el Gordo se levantaron como un rayo de la mesa y se fueron a la de Pablo, Marcelo quedó solo y mirando desinteresadamente por la ventana.

- Largá todo, dale, no abrevies detalles – dijo el Negro.

- Sí, sí, contá, dale – dijo el Gordo, entusiasmado como un chico.

- Y, no sé, no es bueno que un hombre divulgue sus amoríos – dijo Marcelo, haciéndose el reservado.

- ¡Qué aviva giles que son! –dijo Marcelo desde la otra mesa –. No importa qué haya hecho hoy, a mí este no me engaña, es el mismo boludo de siempre.

- En realidad pasé un momento inolvidable – dijo Pablo, sin darle importancia a las palabras de Marcelo, o tal vez fue el comentario de Marcelo el que lo hizo desembuchar.

- Ni bien entro al consultorio la mina me dice otra vez algo sobre el perfume, y ahí nomás me acerqué y le comí la boca, nos tiramos sobre la banqueta y le dí como loco… Igual te digo que es un poco incómodo, para acostarse y que te arreglen los dientes está bien, pero para tener sexo no la recomiendo, prefiero mil veces el asiento de un auto.

- ¿Qué? ¿Se confundió otra vez de perfume? – dijo el Negro.

- No, esta tarde antes de ir, me compré el Kenzo y casi me tiré todo el frasco encima.

- ¡Qué grande! ¿Y después qué hicieron? – preguntó contentísimo el Gordo.

- Nada, ¡ya estaba todo hecho gordo! Nos vestimos, me arregló los dientes y me fui.

- Así te quería, esa es la actitud – dijo el Negro, ofreciéndole la mano que Pablo estrechó con total formalidad.

- Aprendé – le dijo el Gordo a Marcelo –. ¡Éste es un ganador, es un winner! No un perdedor como vos.

- Che, escuchá, disculpame que te salga con una pálida en este momento, pero no sé si te enteraste que murió el pelado Gonzáles – dijo el Negro, volviendo a poner cara de compungido.

- Sí, lo escuché mientras esperaba en el consultorio. ¿Ustedes ya fueron al velorio? Porque si no, vamos. – dijo Pablo.

- No, no fuimos, te estábamos esperando.

- Bueno, vamos entonces – dijo Pablo levantándose de la mesa.

- ¿Vos qué hacés, venís? – le preguntó el Negro a Marcelo.

- No, vayan, yo los espero acá, mañana a la mañana me doy una vuelta antes de que lo entierren.

- Bueno, como quieras, después venimos – le dijo el Negro.

El mozo le trajo el whisky a Pablo, que agarró el vaso y se dirigió para la mesa donde estaba Marcelo.

- Tomate el whisky vos, por ahí te inspira y quién te dice, a lo mejor te convertís en un ganador como yo – le dijo a Marcelo, y al darse vuelta le guiñó un ojo al Gordo que aguantó la risa y disfrutó por dentro la cargada. Pablo se fue a la barra a pagar y después salieron los tres para el velorio hablando, obviamente, acerca del episodio de la dentista.

Marcelo se quedó embroncado y tomándose el whisky del winner. Al menos no tendría que seguir escuchando sus cargadas ni su historia de la gran conquista, pensó.
Después de un rato de observar en el televisor el embolante partido entre Godoy Cruz y San Martín de Tucumán, vio entrar como un torbellino a una hermosa morocha que se dirigió agitadamente hacia la barra.
Marcelo se olvidó de la pelota del televisor, y le dio pelota a la escena que se desarrollaba entre la morocha y el mozo, que se encontraba acodado en la barra. Pudo advertir cómo el mozo luego de un rato de charla, lo señalaba a él, y después observó asombrado cómo la morocha, decidida y muy sensual, se dirigía directamente hacia su mesa. A pesar de la rapidez con que veía acercarse a la mujer, Marcelo tuvo tiempo de observar perfectamente el atuendo de la morocha, aunque tampoco había tanto para ver, la desconocida vestía un jean azul, y un delantal blanco que le cubría todo el cuerpo.

- Disculpame si te molesto, pero el mozo me dijo que vos conoces a Pablo Colauti.

- Sí, es amigo mío, ¿qué pasa? – dijo Marcelo, sorprendido por la voz de la mujer que sonaba entre agitada y enojada.

- ¡Decile que la próxima vez lo denuncio! ¡Y que ni se le ocurra aparecerse otra vez por el consultorio porque además, lo hago cagar a trompadas por mi marido!

La mujer pegó media vuelta enérgicamente y antes de salir del bar giró su cabeza y le repitió en un tono de voz más enojado que el anterior:

- ¡Que ni se le ocurra! – dijo y salió del bar.

Marcelo quedó un segundo perplejo por la situación. Después, como quien se despierta de un sueño, reaccionó y salió corriendo para alcanzarla. Casi al llegar a la esquina la tomó del brazo y le preguntó:  

- Disculpame, Pero no sé quién sos, ni qué pasó. 

- Soy su dentista y él sabe bien qué pasó. ¡Que ni se me acerque! –entonces la morocha se largó a llorar. Marcelo sacó su pañuelo del bolsillo y se lo ofreció, paternalmente.

- ¿Qué pasó? Discuplame, no quiero ponerte mal, pero estoy sorprendido, no entiendo nada. – dijo Marcelo, después de esperar unos segundos a que la mujer descargara sus angustias y sus mocos sobre el pañuelo.

- Que intentó propasarse, ¡eso pasó! – la mujer hablaba entrecortada por el llanto –. ¡Encima me dijo que yo lo provoqué! ¡Qué hijo de puta!

- ¿Cómo que intentó propasarse? –dijo Marcelo, sorprendido –. No te entiendo.

- Sí, le dije que me gustaba el perfume que tenía puesto, porque es cierto, me gusta mucho ese perfume, pero nada más, y entonces se me abalanzó y me empezó a besar, yo lo aparté y le dije que se había confundido, pero él insistió, me volvió a agarrar y no me largaba. Empecé a gritar para que me soltara, pero no hacía caso. Por suerte entraron unos hombres que estaban esperando turno y me lo sacaron de encima. Decile que no venga, que ni se acerque por el consultorio porque lo denuncio, lo hago matar a trompadas.
La mujer se fue corriendo y llorando. Al llegar a la esquina dobló hacia la derecha y desapareció de la vista de Marcelo, que se quedó unos segundos inmóvil en la vereda. Al rato volvió caminando algo confundido para el bar. Todavía no salía de su asombro.
Volvió a sentarse en su mesa solitaria, repantigándose en su silla, regocijado, mirando por la ventana y aguardando impaciente la llegada de los tres del velorio.

- “¡Ja, ja! ¡Te voy a dar ganador a vos!” –pensó y se pidió otro whisky.

        

 

 

1 comentario:

lucas sala dijo...

Geniallllllll