Matias

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Personajes



                        LOS ERUDITOS DEL PUEBLO

 

Esta historia me la contó mi abuelo en infinidad de oportunidades. Y si bien es cierto que mi abuelo solía caer constantemente en la repetición de viejas anécdotas o aún peor, en la repetición de chistes que además de antiguos carecían de valor imaginativo, debo reconocer que desde el primer día en que me la contó quedé totalmente fascinado, y tal vez en algún momento llegué a cansarlo debido a mi recurrente pedido de escuchar la historia una vez más.
También es cierto que además de mi agrado por esta historia verdadera, mi insistencia acerca de volver a oírla se debía a que mi abuelo cada vez que la contaba solía agregarle datos nuevos, detalles que había omitido anteriormente, quizás por olvido. O tal vez estas nuevas acotaciones no eran más que inventos de mi abuelo, pero que sin duda embellecían aún más su relato.
Tengo tan grabados en mi memoria sus relatos sobre este episodio -siempre fui de tener una memoria prodigiosa para las cosas que me interesan-, que puedo contárselas como si  fuese propia. Porque hay algo que todavía no dije: mi abuelo formó parte activa de esta historia, fue actor privilegiado de esta obra así que, por lo tanto, la contaré tal cual la escuché de su boca.

 Hacia finales de la década del 70, había dos hombres en el pueblo que tenían la fama de ser sabios, se les podía preguntar cualquier cosa sobre cualquier tema y ellos sabían. Uno se llamaba Ramón Galarza y vivía de este lado de la ruta, el otro era Rogelio Vladimir y vivía del otro lado de la ruta. En los pueblos suelen existir ese tipo de diferencias en cuanto al lugar de residencia. Existía – o todavía lamentablemente existe –, una absurda creencia de que de este lado de la ruta es donde vive la gente más importante, y que la del otro lado es inferior.
Los dos hombres eran constantemente consultados ante cualquier problema que uno pudiera tener: el funcionamiento de cualquier artefacto, el origen de un determinado objeto, cualquier hecho histórico que uno quisiera conocer, etcétera.
 Cada uno en su sector del pueblo era muy admirado y además, en el bar representativo de cada sector, los domingos a la tarde, solían dar cátedra.
A estas reuniones concurrían verdaderas multitudes para escucharlos. Se entiende cuál es el significado de “multitudes” para las dimensiones de un pueblo como este.
En cierta ocasión mi abuelo, junto con algunos de sus amigos, concibió la idea de realizar un encuentro entre estos dos gladiadores del saber y organizar una especie de combate erudito para, de esa forma, determinar quién tenía un saber más amplio.
Por supuesto que esta iniciativa produjo un gran revuelo en el pueblo. Porque no sólo definiría cuál de los dos era más sabio, sino que además pondría en claro, en definitiva, qué sector del pueblo tenía a la persona más culta y eso realzaría la condición y el prestigio del lugar donde vivían los habitantes.
Los dos eruditos no mantenían una relación de amistad, pero obviamente se conocían y estaban alertados el uno acerca del otro, puesto que constituían el principal tema de habladurías de la población.
En menos de lo que canta un gallo, como suele decirse en los pueblos, el rumor llegó a todos los rincones y comenzó una larga catarata de comentarios que provocaron, en los días previos al combate verbal, un verdadero desbarajuste entre todos los habitantes.
El suceso se transformó casi en un hecho de estado porque incluso, aprovechando la volada, cada uno de los candidatos políticos a la intendencia del pueblo se embanderó del lado de su propio erudito, según el sector de donde provenía.
A pesar de que ya existía una rivalidad notoria antes de este suceso entre los distintos sectores del pueblo, después del conocimiento del enfrentamiento la susceptibilidad de las personas se acrecentó notoriamente: durante toda una semana, que era el tiempo que se había acordado para organizar los detalles del desafío, ninguno de los habitantes cruzó del lado contrario bajo ninguna circunstancia. Incluso hubo padres cuyos hijos acudían a la escuela que se encontraba del otro lado del pueblo, que se negaron a mandar a sus descendientes a clase. Para evitar cualquier tipo de inconvenientes, las autoridades de los colegios dieron por válidas las faltas de los alumnos.
Luego de algunas noches de disertaciones se llegó al acuerdo de que el encuentro se realizara en terreno neutral. Es decir, en el bolichón de Antonio Pérez, debido a que estaba ubicado justo sobre la ruta. De esta manera se desecharía cualquier sospecha de privilegio o favoritismo, porque además el dueño del boliche, que no era otro que Antonio Pérez en persona, no era oriundo del lugar sino de un pueblo vecino, lo que garantizaba la transparencia del enfrentamiento.
También, para decretar el ganador, existían dudas de quién debería ser el que tomara la decisión.
Porque si bien era cierto que tanto Ramón Galarza como Rogelio Vladimir eran personas muy honestas y que en su vida lo que más ponderaban era el saber – por lo cual se daba por sentado que cualquiera de los dos que se sintiera perdedor tendría la integridad de reconocer su derrota –, cabía la posibilidad de que el encuentro fuese muy peleado y de difícil pronóstico. Por lo tanto, luego de debatirlo, se llegó a la conclusión que debía elegirse un juez imparcial que llevara acabo el cotejo.
Sin dudarlo, se lo volvió a elegir al dueño del bar como el árbitro más apropiado y neutral para el encuentro. Antonio Pérez aceptó el desafío de ser quien premiara el saber y condenara la ignorancia.
No es que Antonio tuviera un conocimiento superlativo, es más, se podría decir que no tenía prácticamente más saber que el de todo lo que tenía relación con su bolichón de la ruta, pero todos coincidieron en que era el más apropiado.
Por su parte Antonio no sólo aceptó gozoso que todo ocurriera en su local, si no que además preparó tragos y comidas especiales para la velada inusual.
En la intimidad de su casa organizó a sus empleados para que estuviesen totalmente despiertos en esta ocasión, ya que era la gran oportunidad de salir adelante, como tantas veces solía decir.
Además y casi aprovechándose de la situación, decretó que toda persona que entrara al bar esa tarde tendría la obligación de consumir algo a más tardar cada quince minutos, lo que hizo enardecer a las personas del pueblo, que igualmente se vieron respaldadas por los candidatos a la intendencia que prometieron hacerse cargo de todo lo consumido por las personas de su sector. Así que como no quedaba nada más por resolver, se estableció que el encuentro se llevaría a cabo un sábado a las dos de la tarde en punto.
Mientras tanto, en los días previos al encuentro, Ramón y Rogelio siguieron recopilando información en su afán de conocimiento, aunque esta vez mucho más incentivados.
Pero lejos de lo que hoy en día podría pensarse, sus verdaderas motivaciones no pasaban por el dinero, ya que el ganador no recibiría ni un solo peso. En realidad el vencedor tendría lo que hoy es casi intrascendente: el honor de la victoria, sin otro premio más que la victoria misma. Ambos se enfrentarían, en este caso, por ser la persona de mayor saber y esto ya era un aliciente más que importante para que intensificaran sus estudios eruditos.
Por supuesto, y como era de esperarse, las apuestas clandestinas corrieron a mansalva.
Sólo que esta vez podría decirse que fueron totalmente visibles, ya que la gran mayoría de los oficiales de la policía participaron de las apuestas e incluso las personas más respetadas y de renombre del pueblo se dejaron tentar por el vicio del juego ilegítimo. Al merodear la madrugada del sábado las apuestas se encontraban casi igualadas, como una premonición de lo que sería el enfrentamiento.
Las reglas de la contienda eran las siguientes:

1 – La confrontación se iniciaría a las dos en punto de la tarde del sábado. Si uno de los dos rivales llegaba más de quince minutos tarde, automáticamente sería el perdedor.

2 – Se podría preguntar sobre cualquier tema, y no existían límites para su elección.

3 – Uno de los contrincantes comenzaría haciendo una pregunta y el otro respondería, luego el orden se invertiría. En este punto se decretó que si la pregunta efectuada era demasiado abarcadora, podría desarrollarse una especie de conversación entre los dos, para que diera lugar a que cada uno pudiera explayarse.

4 – El enfrentamiento terminaría de manera inapelable cuando Antonio Pérez se cansara, en el supuesto caso que ninguno de los dos combatientes hubiese reconocido la superioridad de su rival. En ese caso, sería el dueño del bar quien debía decidir cuál de los dos sería el vencedor.

En mérito a la tercera regla, durante los días previos al combate se realizaron tareas de espionajes.
Mi abuelo y sus amigos lograron infiltrar un informante del otro lado del pueblo, para que averiguara las falencias de Rogelio Vladimir, y que le indicaran sus puntos más débiles para, de esa manera, advertirle a Ramón sobre las temáticas más apropiadas de sus preguntas.
Por supuesto, del lado del pueblo de mi abuelo también hubo infiltrados, que querían conocer las debilidades de Ramón Galarza.
Cuando por fin llegó el sábado, el pueblo se paralizó.
A las doce del mediodía ya no quedaban lugares disponibles en el boliche de Antonio, y los que no habían podido entrar al lugar prendieron la radio, ya que el encuentro sería transmitido en directo por la emisora radial del pueblo.
A las dos menos cuarto los dos púgiles del saber se encontraban sentados frente a frente en la mesa central del bolichón. Detrás de cada uno de ellos se aglutinaban las hinchadas. Mi abuelo y los amigos que habían ideado el enfrentamiento se sentaron justo detrás de Ramón Galarza, en primera fila. Por su parte, Antonio Pérez se sentó en una alta banqueta ubicada al costado de la mesa, como si fuera un árbitro de tenis y, sin más preámbulos, ni bien las agujas del reloj marcaron las dos de la tarde de ese sábado histórico, dio por iniciada la contienda. Comenzaría preguntando Ramón Galarza, que había sido el ganador del sorteo previo.

- Para comenzar, me gustaría hacerlo adentrándonos en una disciplina agradable y una de las artes más conmovedoras que se conocen sobre la faz de la tierra: la música. Dígame ¿cómo se forma un acorde mayor séptima y dígame exactamente qué notas lo conformarían si hablamos de un Re mayor séptima? – dijo Ramón, mientras endulzaba su café.

- El acorde mayor séptima lleva: tónica, tercera mayor, una quinta justa, y obviamente una séptima mayor – dijo Rogelio simulando tocar el piano con sus manos –, y las notas de un Re mayor séptima serían: Re, Fa sostenido, La y por último un Do sostenido.

Ramón Galarza asintió y se escucharon los primeros aplausos en el bar.

- Festejo su iniciativa de hablar sobre el maravilloso arte de la música. Y antes de hacerle una pregunta sobre este tema quisiera consultar una cuestión con alguno de los presentes – Rogelio Vladimir hizo una breve inspección por el bar y eligió a uno de sus seguidores –: ¡Usted! – dijo señalando a un muchacho que estaba a punto de ingerir con su sorbete el primer trago de su gaseosa. – ¿Dígame cuál es la definición que popularmente se conoce por música? – el adolescente algo nervioso retiró de su boca el sorbete y dijo, dubitativo:

- Creo que es el arte de combinar los sonidos.

- ¿De verdad usted piensa que esa es la definición de música? – preguntó Rogelio mirando seriamente al muchacho, que asintió tímidamente.

- ¿Ustedes también piensan de esa manera? – interrogó Rogelio a los demás concurrentes del bar que, en su mayoría, asintieron sin saber adónde se dirigía con su insistencia.

- Bueno. Entonces, si música es el arte de combinar sonidos, díganme si esto le parece musical. – Rogelio Vladimir le quitó el vaso de gaseosa al pibe que le había preguntado, pegó un grito ensordecedor, y con toda su fuerza arrojó el vaso hacia una de las paredes del bolichón. El líquido salpicó a varios espectadores, y por poco los vidrios del vaso generan un accidente más engorroso. Antonio Pérez quedó con la boca abierta varios minutos, incrédulo por lo acontecido. Rogelio se sentó y se dirigió irónicamente a la muchedumbre.

- Según ustedes acabo de hacer música, porque realicé la combinación de dos sonidos: el de mi voz y el del vaso de vidrio contra la pared del local. ¿En realidad eso les parece música?

Absolutamente todas las personas que seguían el combate sapiencial dijeron que no, y aplaudieron la representación un tanto atrevida de Rogelio. Por su parte el dueño del bar observaba obnubilado a Rogelio Vladimir, y le pidió que se atuviera al reglamento y dirigiera sus preguntas solamente a Ramón Galarza, además de implorarle que, de ahí en adelante, sus argumentos fueran realizados nada más que con palabras.

- Muy bien, para hablar correctamente sobre la música, voy a nombrar a unos de los genios musicales más reconocidos en la historia, mi pregunta es la siguiente – Rogelio Vladimir miró directamente a los ojos de Ramón para intentar intimidarlo –: Dígame cuál era la nacionalidad de Amadeus Mozart, en qué año nació y el día exacto de su muerte. Si recuerda puede agregar, como detalle, en qué tonalidad empieza su conocida obra titulada “Para Elisa”

- Wolgangn Amadeus Mozart nació en Salzburgo, Austria, el 27 de enero de 1756 y murió el 5 de diciembre de 1791 – dijo Ramón y sonrió antes de agregar –, y me imagino que su última pregunta es capciosa, debido a que seguramente usted sabe que el compositor de “Para Elisa” no fue Mozart sino Beethoven y esa maravillosa pieza comienza en La menor.

- Exacto, el mérito del conocimiento no reside sólo en responder correctamente si no también en estar atento a la pregunta – dijo Rogelio con solemnidad.

Nuevamente se escucharon aplausos.

- Mi siguiente pregunta es sobre literatura – dijo Ramón Galarza cruzándose de piernas –. Nómbreme el autor del cuento “El Jorobadito” y, además, dígame cómo se llamaba ese personaje.

- El autor de ese cuento es Roberto Arlt – dijo Rogelio, que quedó unos segundos en silencio con la mirada perdida sobre la mesa, intentando recordar.

- ¿Y cuál es el nombre del personaje de “El Jorobadito”? – volvió a preguntar Ramón intentando poner nervioso a Rogelio, que seguía cavilando para sí, en la búsqueda del nombre del personaje.

- No estoy del todo seguro, pero creo que se llamaba Rigoletto – dijo finalmente Rogelio.

- Pude estar totalmente seguro, el nombre de el jorobadito es Rigoletto – dijo Ramón y esta vez se escucharon solamente los aplausos de los seguidores de Rogelio Vladimir, en tanto que mi abuelo y los simpatizantes de Ramón maldijeron por lo bajo.

- Siguiendo con la literatura, dígame cuál es el nombre de los dos personajes principales de la novela de Cortázar “Rayuela” – apuró Rogelio intentando agarrar de imprevisto a Ramón.

- Muy fácil: Oliver y La Maga, dos personajes hermosos de quién es, para mí, el mejor escritor de nuestro país – dijo Ramón casi sobrando la pregunta. Se escucharon algunos silbidos del lado de los seguidores de Rogelio en desacuerdo por la actitud vanidosa de Ramón. Antonio Pérez rápidamente le indicó a Ramón que prosiguiera con las preguntas, para que el ambiente en el bar no perdiese la armonía y la tranquilidad.

- ¿Cuántas palabras aprende un niño normal durante los primeros años de vida, y cuántas durante el resto de su existencia? – preguntó Ramón con claro entusiasmo debido a que el cerebro humano era uno de sus temas favoritos.

- Bien, si hablamos de un niño normal o digamos, estándar, las palabras que aprende es sus primeros años oscilan entre cinco y seis mil. Y durante el resto de su vida adquirirá otras catorce mil aproximadamente – dijo Vladimir con total seguridad.

- Exacto. Y le comento, para agregar, el increíble caso de un hombre llamado Bhandanta Vicitsara proveniente de Rangún (Birmania) que recitó de memoria dieciséis mil páginas de texto budista. La capacidad de ese hombre es verdaderamente excepcional.

- Conozco ese hecho, y si mal no recuerdo, fue a principios de esta década, en el año 1974 creo, si la memoria no me juega una mala pasada, y ya que estamos en el tema.

- Está usted en lo cierto, fue en ese año. En realidad todos somos capaces de recordar un volumen muy grande de información, aunque fíjese qué curioso, también tendemos a olvidar, por ejemplo, un número telefónico casi inmediatamente después de marcarlo.

- Así es. Y esta contradicción aparente encuentra su razón en la explicación de que tenemos dos clases de memorias – dijo Rogelio, levantándose de su silla y tomando un posillo con cada mano, Ramón Galarza asintió y Antonio Pérez suspiró, preocupado. – Una que podríamos llamar de corto plazo – siguió Rogelio y mostró el posillo que sostenía con su mano derecha –, mediante la cual se puede recordar no más de seis o siete datos durante un minuto y luego nuestra memoria se esfuma – Rogelio soltó el posillo, que se hizo añicos sobre el piso. La cara de Antonio Pérez parecía sufrir con cada una de las esquirlas de loza desparramadas por el piso. – Y la otra es de largo plazo – ahora mostraba el posillo firmemente sostenido con la mano izquierda –, con la que podemos retener una información mucho más compleja durante años e incluso durante toda la vida – Rogelio apoyó el posillo sobre la mesa y volvió a sentarse, Antonio respiró aliviado. A esa altura se podía decir que el dueño del bar sufría con las explicaciones gráficas de Rogelio, así también como toda la muchedumbre las disfrutaba, ya que hacían un poco más divertidas las enseñanzas.

- Comparto plenamente y paso a explicarle por qué ocurre esto – dijo Ramón entusiasmado –: los científicos han descubierto que en ambos tipo de memoria intervienen diferentes partes del cerebro. En la parte interna de éste es donde se encuentra la memoria de corto plazo. Y en la corteza cerebral opera la de largo plazo. Le digo más, cuando una persona pierde la memoria, por ejemplo por una enfermedad, puede recordar los sucesos previos a la aparición de los síntomas porque forman parte de la memoria de largo plazo, pero ya no consigue retener nuevos recuerdos.

- Está bien creo que ya entendió. Rogelio, le toca a usted preguntar – dijo Antonio Pérez que no quería que el enfrentamiento se internara por terrenos arduos y, sobre todo, por temor a nuevos ejemplos prácticos de Rogelio.

- Ya que hablamos de memoria, le pido que me dé la formación completa del Brasil campeón del Mundial del 70 en México. Para ser más preciso, dígame cómo formó en el partido final y quiénes fueron los autores de los goles brasileños, en es memorable partido que terminara cuatro a uno, a favor de los dirigidos por Mario Zapallo.

Rogelio Vladimir hizo esta pregunta sabiendo, casi con seguridad, que el fútbol no era el fuerte de Ramón Galarza. Pero Ramón, que también conocía sus limitaciones acerca del tema, había estado estudiando con aplicación sobre este deporte tan popular en nuestro país.

- Primero le voy a mencionar a los goleadores, porque fueron anotaciones deliciosas. Por supuesto que el último, es decir el cuarto gol brasileño, creo que será muy difícil de superar – dijo Ramón, mostrándose muy seguro. – Los goles brasileños fueron concretados por Pelé, Gerson, Jairzinho y el cuarto por Carlos Alberto. Italia había empatado transitoriamente mediante su mediocampista, de apellido Boninsegna. Brasil, en esa espectacular final formó de la siguiente manera – Ramón Galarza, mientras mencionaba los nombres de los jugadores, señalaba en la mesa las posiciones que ocupaban en el campo de juego –: al arco jugó Félix, después estaba Everaldo, Clodoado, Vrito, Carlos Alberto, capitán del equipo, Piazza, Gerson, y los cuatro fantásticos: Tostao, Rivellino, Pelé y Jairzinho.

- ¡Perfecto! – dijo Rogelio.

Los aplausos se escucharon con mayor intensidad, seguramente debido a la alegría de los oyentes por escuchar más preguntas referidas al fútbol. Pero Ramón Galarza eligió cambiar abruptamente de tema.

- Le propongo que hablemos un poco sobre los antiguos egipcios – dijo Ramón y prendió un cigarrillo antes de preguntar. Se escucharon murmullos de desagrado en la muchedumbre, desaprobando el cambio de rumbo efectuado por Galarza –. ¿Qué era lo primero que mandaba a hacer un nuevo faraón al ser coronado? Si lo sabe, le propongo que me cuente todo lo que conoce sobre el tema.

- Lo primero que hacían era ordenar la construcción de su tumba – dijo con rapidez Rogelio ante el asombro de todo el bar que, obviamente, desconocía este hecho –. Y ésta podía no llegar a terminarse hasta el día de su muerte. Esto no hace más que explicarnos por qué tantas tumbas egipcias están incompletas, ya que la obra se suspendía al morir el gobernante. – Antes de seguir, Rogelio también prendió un cigarrillo –. La tumba era para albergar al Ka, es decir, el espíritu del faraón. Puesto que los egipcios creían que la supervivencia del Ka dependía de que siguiera existiendo el cuerpo terrenal, embalsamaban los cadáveres. Digamos, lo que se conoce como las famosas momias egipcias. A su vez déjeme agregarle que la construcción de la gran pirámide egipcia tardó veinte años.

- Muy bien, ha respondido y con creces la pregunta. Déjeme que cuente un detalle que tal vez usted sepa, pero intuyo que mucho de los que están acá desconocen y es acerca del sepultamiento de Keops, el gran faraón – dijo Ramón.

En realidad no había muchos interesados en este agregado, entre ellos Antonio Pérez, que no permitió a Ramón Galarza expresarse en sus conocimientos eruditos y lo obligó a escuchar la siguiente pregunta de Rogelio Vladimir.

- Ya que hablamos de grandes construcciones, ¿podría decirme adónde y en qué año fue creada la Estatua de la Libertad que se encuentra en la ciudad de Nueva York? Además, dígame el nombre del constructor o de los constructores de la magnífica estatua.

- Interesante – dijo Ramón Galarza –, estoy seguro que muy pocos en este lugar sabrán que la Estatua de la Libertad no fue construida en los Estados Unidos si no en un taller de París, y luego fue trasladada al país del Norte en 1886. La obra arquitectónica tardó más de quince años en ser terminada, y los constructores fueron el escultor Francés Fréderic Bartholdi, asistidos por las innovadoras técnicas del ingeniero Gustave Eiffel, que años más tarde construiría la conocida torre que lleva su apellido.

- ¡Brillante! – dijo Rogelio Vladimir con algo de admiración, al comprobar la rapidez y la exactitud con la que Ramón Galarza había contestado.

- Si a usted le parece, me gustaría que hablemos sobre la Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel. ¿Qué sabe usted sobre este tema?

- Déjeme decirle que tuve la oportunidad de conocer esa obra monumental que está establecida en el Vaticano, y es una de las obras más maravillosas que uno pueda contemplar – arrancó Rogelio –. Miguel Ángel trabajó día y noche en sus monumentales frescos de la Capilla Sixtina. Se dice que a veces trabajaba treinta días sin parar, que sufría de vértigo y hasta que temía estar perdiendo la visión. Incluso, en la mitad de su tarea, escribió un poema en el que declaró: “estoy en donde no debo, no soy pintor”.

- Claro, porque Michelangelo Buonarroti – tal era su nombre original –, se consideraba más que nada escultor de mármol, y no tenía un buen concepto propio de su desempeño como pintor – dijo Ramón mirando a los oyentes en el bar.

- Exacto, aunque no comparto para nada su opinión acerca de él mismo. Yo creo que, en efecto, era un gran pintor. Miguel Ángel nació en 1475 y tenía treinta y tres años cuando el Papa Julio Segundo le encargó que repintara el techo de la Capilla Sixtina. Al principio, el Papa había querido que Miguel Ángel decorara el techo con retratos de los doce apóstoles pero él pensó que eran temas pobres y decidió pintar sobre el umbral de la Capilla su visión de la Creación.

- Disculpen, pero lo que a mí siempre me intrigó es cómo hizo para poder pintar, teniendo en cuenta la altura a la que se encontraba el techo – preguntó uno de los mozos que se había arrimado a la mesa, evidentemente interesado en el tema.

- ¡Buena pregunta! – dijo Rogelio Vladimir –. Para alcanzar el altísimo techo, diseñó un andamiaje móvil de madera en el que podía pintar de pie y hasta caminar…

- Es cierto, pero aún así, en cuatro años llegó a sentir que lo limitaba – agregó Ramón Galarza

- ¡Que bárbaro! – dijo el mozo, entusiasmado, y Antonio Pérez, de mal talante, le exigió que siguiera con sus tareas.

- Para que tengan una idea, Miguel Ángel empezó a trabajar en el verano de 1508 con la ayuda de seis asistentes que le mezclaban la pintura, le amasaban el yeso y a veces, pintaban por él –dijo Ramón Galarza.

- Sí, es verdad, pero cuando la obra iba adelantándose, fue despidiendo a la mayoría de sus asistentes alegando que les faltaba inspiración –dijo Rogelio Vladimir.

- ¡Qué ganas de trabajar al pedo! – se escuchó decir en el lado de los seguidores de Rogelio Vladimir. Explotaron risas en todo el bar, a excepción de los dos eruditos, a quienes este comentario no les había agradado, teniendo en cuenta la admiración que sentían por el genial pintor y escultor.

- Piensen que el hombre tuvo que soportar la agresividad del invierno romano, con el helado viento del Norte, y la lluvia que se colaba por el techo y creaba moho en partes de la pintura –dijo algo enojado Ramón Galarza, ante las muestras de desinterés de los presentes en el bar.

- Además comía pedazos de pan sin dejar de trabajar y de noche dormía sólo por momentos. Su sufrimiento era tanto mental como físico y se conoce una carta que le envió en 1509 a su padre, en la que declaró: “Nada le pido al Papa pues no me parece que mi trabajo marche bien. Esto se debe a la dificultad de la labor y también a que no es mi profesión. Que Dios me ayude” – recitó poéticamente Rogelio Vladimir.

- Sí, incluso el Papa compartía la desconfianza de Miguel Ángel acerca de su trabajo, y visitaba asiduamente la Capilla. Subía por la escalera hasta lo más alto del andamiaje para observar las pinturas. Esto dio lugar a grandes discusiones entre los dos. Por ejemplo, en el verano de 1510, cuando la obra estaba casi terminada, el Papa quiso saber cuándo estaría acabado el resto del techo, y Miguel Ángel le respondió: “Cuando me satisfaga como artista”. Y el Papa le replicó, enojado: “y yo quiero que seas tú el que me satisfaga y la termines pronto”.

- Es verdad, las peleas entre ellos dos a medida que se demoraba la culminación de la obra iba en aumento. En otra ocasión el Papa amenazó a Miguel Ángel con arrojarlo al piso desde el andamiaje si no trabajaba más rápido y le preguntó a los gritos: “¿Cuándo estará terminada?” Miguel Ángel le respondió irónicamente: “Cuando esté terminada”, y esto hacía que el Papa enrojeciera de ira y levantara su bastón totalmente desencajado y lo golpeara.

- ¿Cuánto tiempo le llevó terminar la Capilla? – preguntó el mismo mozo que se había arrimado nuevamente a la mesa.

- La obra estuvo terminado recién en otoño de 1512, es decir, casi cuatro años y medio después de que el Papa lo contratara para pintarla – dijo Rogelio Vladimir al mozo interesado, que luego de obtener su respuesta volvió a sus quehaceres, al advertir la mirada enojosa de Antonio por su nueva interrupción.

Así, las preguntas siguieron sucediéndose con el correr de las horas y fueron abarcando distintos tópicos. Los griegos y los romanos, el funcionamiento de las distintas partes de los automóviles y temas geográficos e históricos.
Poco a poco el bar comenzó a despoblarse, debido al agotamiento de tantas horas escuchando, y a los dos contendientes se les notaba el cansancio en la cara.
Al promediar las ocho de la noche, Antonio Pérez decidió que era momento de dar por finalizado el combate. Un poco por cansancio, ya que hacía horas que estaba sentado sobre su banqueta, pero en especial porque la gente había dejado de consumir, y a pesar de las insistencias de sus empleados, la gente no podía ingerir nada más.
Ninguno de los contrincantes había reconocido la superioridad del rival y era totalmente entendible, porque el combate había sido muy parejo. Todos en el bar estaban de acuerdo con el hecho de que el único resultado que podría decretarse era el empate. También el dueño del bar estaba de acuerdo con la paridad del enfrentamiento y decidió dar una última oportunidad para poder llegar a elegir al vencedor.
Harían una pregunta más cada uno. Si uno de los dos no respondía correctamente perdía, y si los dos acertaban, entonces el encuentro terminaría igualado.
Hubo un receso de quince minutos para que cada uno pensara a conciencia la pregunta a efectuar y después se reanudaría la etapa final de la contienda.
Cuando terminó el impasse, los dos eruditos estaban nuevamente frente a frente, y Antonio Pérez en su banqueta. El bar se volvió a llenar. Las personas que habían abandonado por aburrimiento y cansancio, después de tantas horas, regresaron al enterarse de la definición.
Nuevamente el primero en realizar la pregunta fue Ramón Galarza, ya que había ganado el sorteo una vez más.

- Dígame cuál es el nombre del padre de Ana Frank, la niña judía Holandesa que estuvo escondida de la Gestapo junto a su familia, y dígame cuál es el lugar donde ocurrió su sufrida muerte.

Rogelio Vladimir cerró los ojos y apoyó su frente sobre la palma de la mano izquierda que se encontraba apoyada con el codo en la mesa. Hubo unos instantes de suspenso en el bar, hasta que Rogelio abrió los ojos y su expresión hizo desilusionar a mi abuelo y a todos los seguidores de Ramón Galarza, ya que era una clara señal de que conocía la respuesta.

- El nombre del padre de Ana Frank era Otto Frank, que fue el único que sobrevivió y el que dio a conocer el diario íntimo de la pequeña Ana, que lamentablemente murió en uno de los campos de concentración, llamado Bergen-Belsen.

- Correcto – dijo Ramón asintiendo, algo desilusionado, ya que había pensado que su rival no respondería esta pregunta.

La gritería eufórica de los seguidores de Rogelio Vladimir se escuchó durante unos minutos. Por su parte mi abuelo y sus amigos, abatidos en sus asientos, comprendieron que ya no había posibilidad de victoria y que lo único que restaba era conformarse con un insulso empate.
Antonio Pérez le otorgó la palabra a Rogelio Vladimir, que esperó unos segundos hasta que el silencio en el reciento del bar fuera total para formular su pregunta, de la cual nadie sabía nada.
Lo extraño había sido que en los quince minutos de receso, Rogelio desechó todos los consejos de propuestas que le habían hecho sus asistentes, y se mostró muy seguro sobre lo que debía preguntar.
Así que el origen acerca de su interrogación era totalmente desconocido para todos los integrantes del bar.
Rogelio Vladimir se cruzó de piernas y mirando confiadamente a Ramón, que se notaba algo nervioso debido a la seguridad de su rival, se despachó con una pregunta que hizo quedar perplejos a todos, incluso a los que seguían el desenlace por radio.

- ¡Dígame con quién y qué hizo su hija menor anoche a la salida de su clase de tango!

Los segundos posteriores a las palabras de Rogelio fueron en verdad los más tensos de todo el encuentro. Todas las personas se miraban entre sí, sorprendidas por la pregunta. Antonio Pérez por poco se cae de la banqueta y en el rostro de Ramón Galarza se dibujó una expresión de horror y, casi inconscientemente pidió volver a escuchar la pregunta acogiendo la posibilidad de un defecto de audición. Rogelio Vladimir volvió a repetirla con total tranquilidad, como si se tratase de cualquier otro tema de cultura general.
Se produjo un verdadero revuelo en el bolichón. Mi abuelo y todos los hinchas de Ramón Galarza exigieron la anulación de la pregunta por falta de ética, por ser de carácter personal y por mil razones más, que fueron exponiendo descontroladamente ante el bullicio general que reinaba en el bar. Por su parte los seguidores de Rogelio exigían que Ramón contestara la pregunta ya que no se habían establecido límites temáticos para el interrogatorio.
Cuando el ambiente se puso denso y las palabras amenazadoras por parte de los dos bandos parecían que iban a llegar al terreno de las agresiones físicas, Antonio Pérez, con firmeza y parándose sobre la banqueta pidió la palabra, instando a todos los presentes a calmar los ánimos y recordándoles que era el dueño del lugar y no se permitía este tipo de actitudes en su bolichón. Cuando se produjo un silencio casi total, amenazó con que el primero que agrediera o tan sólo hablara sin que él lo permitiera sería expulsado del lugar por tiempo indefinido. Después de un rato el silencio fue total y todos volvieron a sus asientos.
Antonio Pérez se quedó pensativo durante unos segundos, con su mano masajeándose una ceja y verificando que todo estuviera en completo control.
Finalmente apoyó sus manos sobre sus piernas y mirando a los dos combatientes dijo:

- Voy a aceptar la pregunta por dos motivos…

Otra vez se produjo el descontrol. Los seguidores de Ramón comenzaron a increpar a Antonio, los seguidores de Rogelio Vladimir agredían a mi abuelo y a sus amigos y de nuevo el bullicio general se tornó ensordecedor.
El dueño del bar volvió a pararse sobre la banqueta y pidió que lo dejasen terminar de hablar. Esta vez fue precisamente Ramón el que le pidió calma a sus seguidores y lo propio hizo Rogelio con los suyos. El silencio volvió a reinar y Pérez siguió con lo que había empezado.

- Como decía, voy a aceptar esta pregunta por dos motivos: en principio porque como bien escuché decir en un momento, y creo que figura en el reglamento de este combate, no había ningún impedimento para hacer la pregunta que cada uno deseaba hacer. Pero sobre todo, porque realmente creo que es una de las mejores preguntas que escuché durante este enfrentamiento.

Todos miraron sorprendidos al dueño del bar, que hizo una pausa antes de dar las explicaciones de tamaña revelación.

- Creo haber oído también, por parte de alguno de los que están hinchando por Ramón, que era una pregunta sin sentido y que no tenía ningún valor. Pues bien, déjenme decirles que mi opinión es todo lo contrario. Le pregunto a la persona que dijo esto: ¿qué hay más importante que la familia? De qué nos puede servir tener todo el conocimiento del mundo si no sabemos qué sienten nuestros seres más queridos. Para qué nos sirve la erudición si no sabemos qué hacen o qué hicieron las personas que amamos, que tenemos a nuestro lado. En conclusión y en mi manera de ver las cosas, una persona que no sabe o no se preocupa por lo que pasa en su casa, difícilmente pueda ser una persona sabia y que tenga algún valor.

Absolutamente todas las personas en el bar se asombraron por las palabras de Antonio y lo felicitaron. Incluso se escucharon aplausos por parte de los dos bandos. A su vez, Ramón y Rogelio dieron sus felicitaciones al dueño del bar haciendo olvidar por un instante lo que en verdad importaba en ese momento: dar una respuesta a la pregunta.
Según mi abuelo, el argumento de Antonio era realmente contundente y válido para que la pregunta debiera ser respondida, pero también me dijo que lo que se percibía en el ambiente y en todas las personas, el dueño del bar incluido, era una gran intriga y por qué no el infaltable chusmerío pueblerino, ávido por conocer la privacidad de la hija menor de Ramón que tan solo tenía diecisiete años, teniendo en cuenta que por aquellos años a esa edad a una mujer no se le permitían las cosas que se permiten hoy en día. Y si se aceptó el argumento de Antonio fue sobre todo por este motivo y no tanto por la profundidad de la cuestión.
Ramón Galarza viendo que no tenía escapatoria se recostó resignado sobre el respaldar de su silla y su voz sonó derrotada.

- La verdad es que no lo sé. Cuando me acosté, ella no estaba en casa. Y por la hora que era cuando me estaba por dormir, era obvio que ya no estaba en su clase de tango. Así que no puedo responder a esa pregunta.

 El combate llegó a su fin…
Antonio Pérez levantó el brazo del vencedor: Rogelio Vladimir.
Las dos caras del resultado se hicieron visibles en ese momento. Ramón Galarza y los suyos se ensimismaron en un silencio profundo. Decepcionados, mi abuelo y sus amigos se retiraban cabizbajos del bar antes la alegría de Rogelio Vladimir que era levantado en andas por sus simpatizantes. Mientras Antonio Pérez se dirigía para el fondo del bar a realizar la caja, entusiasmado con todo lo que se habría consumido, Ramón Galarza no se había movido de su asiento.

- ¡Esperen! ¡Esto todavía no terminó! – dijo, levantándose y hablando fuerte. Todos apaciguaron sus movimientos y observaron a Ramón, que se encontraba visiblemente disgustado. Antonio se arrimó a la mesa en donde estaba el perdedor y le dijo, con la mejor predisposición que pudo, teniendo en cuenta que ya estaba un poco cansado:

- Lo siento Galarza, ya decreté el vencedor y no hay vuelta atrás.

- ¡No! ¡No es justo! Para ganar tiene que decir con quién estaba y qué hizo mi hija anoche. Si él no lo sabe, la pregunta no es válida.

En realidad no había ningún motivo para hacer que Rogelio Vladimir respondiera a su propia pregunta, ya que no lo contemplaba el reglamento. Ramón ya había perdido el combate por no saber la respuesta. Pero como bien intuyó mi abuelo, todos en el bar estaban intrigados con conocer la privacidad de la hija de Ramón. Por este motivo los dos hombres que llevaban en andas a Rogelio Vladimir bajaron a su héroe de los hombros y le exigieron que respondiera. Rogelio se enfureció, argumentando correctamente que él no tenía por qué responder. Él ya había ganado y le exigió a Antonio que le reconociera su victoria nuevamente y le eximiera de contestar.
Antonio Pérez sabía que Rogelio tenía razón, no había nada que decir, estaba claro quién era el vencedor. En realidad todos lo sabían, pero como dije, a su vez todos sentían curiosidad por lo que supuestamente conocía Rogelio de la hija de Ramón y fingieron estar de acuerdo con lo argumentado por Galarza, para conocer el chisme. Esta vez el que se encontraba acorralado era Rogelio, forzado a tener que pronunciar una revelación indiscreta.
Rogelio Vladimir avanzó unos pasos hasta quedar casi al frente de Ramón lo que hizo que todos se mantuvieran en silencio aguardando la conclusión de lo que definitivamente sería un chisme, más que un saber erudito.

- Está bien – dijo Rogelio –.Aunque para mí no sea lo correcto, si todos piensan que lo tengo que decir, lo voy a revelar. Tu hija anoche estuvo con mi hijo mayor, Nicolás, que la pasó a buscar con el auto cuando ella salió de su clase de tango y tuvieron sexo en el coche. Lo sé porque encontré algo dentro del auto hoy a la mañana. Le exigí que me contara qué había estado haciendo y tuvo que decírmelo.

Rogelio Vladimir pegó media vuelta y salió del bar junto a sus seguidores. Mi abuelo y los demás fanáticos de Ramón Galarza también dieron media vuelta y se marcharon.
Durante toda esa noche mi abuelo y todas las personas de su parcialidad tuvieron que soportar los fuegos artificiales y el bullicio del festejo que se escuchaba del otro lado, ya que a partir de ese momento contaban entre sus habitantes con el mayor erudito del pueblo.
Nadie pudo saber si el asunto de la hija menor de Ramón Galarza con el hijo de Rogelio Vladimir había sido cierto o no y tampoco nadie se animó a preguntarle jamás a Ramón sobre este supuesto encuentro amoroso dentro del automóvil de su contrincante.
Lo cierto es que, según mi abuelo, después de ese sábado histórico, Ramón Galarza jamás volvió a dirigirle la palabra a su hija menor y solía vérselo muy poco fuera de su casa.

     

 

 



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