Matias

Matias

COTIDIANAS


                                    NO ME GUSTA

Cuando leí el caso del político que pagó una importante cantidad de dinero para que sus seguidores le pongan Me gusta a cada cosa que ponía en Facebook y de esa forma hacer parecer que tenía aceptación en la ciudadanía me costó creerlo. Me puse a investigar si era verdad, o era un bolazo de los tantos que se inventan o se tergiversan o se entienden mal por los medios de comunicaciones.
Pero en el medio de esa investigación y como me pasa a menudo, me encontré con otras situaciones curiosas sobre el tema que quiero tratar: cómo influye esta nueva corriente de Me gusta-no me gusta en nuestra vida cotidiana.
Un amigo me contó que su esposa se enojó porque ella había subido una foto junto a él de un viaje a Cancún que realizaron después de casarse y mi amigo no la comentó. El enojo de su mujer le duró varios días, discutieron por esa tontería y al final mi amigo, para calmar las aguas le puso Me gusta a esa foto pensado que de esa forma el problema estaría resuelto. Lo que ocurrió fue todo lo contrario. Su esposa, al ver el detalle de mi amigo le respondió:

-¿Vos le pusiste Me gusta a nuestra foto?

-Sí, ¿por qué?

-¿Me estás cargando? ¿Eso es todo lo que tenés para decir de ese momento que compartimos juntos?

La cosa no pasó a mayores. Me refiero a que no se separaron, pero a mi amigo la angustia le duró unos días.  
Me pasa a menudo que cuando intento preguntarle a una persona por qué le gustó o no le gustó algo (obra de teatro, rendimiento de un equipo de futbol, actitud de uno de sus hijos, etc) me mira como si uno le estuviese preguntando una tontería.  Como si no hiciese falta la argumentación.  Es extraño…
Que las acciones de nuestra vida sean juzgadas por un Me gusta o no me gusta merecería una reflexión más exhaustiva.  Pero no se asusten porque no me voy a poner a filosofar. No es la idea de esta cotidiana. Prefiero sumarme a esta nueva corriente y dejarle situaciones cotidianas expresadas según esta nueva idiosincrasia. Para esta ocasión, menciono sólo las No me gusta.  Los Me gusta quedarán para otra futura Cotidiana.

A Flor no le gusta que se junten muchas colillas de cigarrillos en el cenicero. Cuando estamos en un bar, afuera porque adentro ya no se fuma y eso tampoco le gusta, y no vienen a vaciar el cenicero, se las ingenia para depositar las colillas en alguna caja vacía de cigarrillos o las mete en las fraperas de cerveza y cuando no tiene nada de eso entonces las tira en el piso, aunque no le gusta y mientras habla se pone nerviosa al ver el enchastre que hizo en el suelo.

A mi hermano no le gusta que le hablen mientras está leyendo el diario.

Tengo un amigo al que no le gusta que nos emborrachemos antes de tiempo, y eso quiere decir antes que él, porque se siente excluido y como que no puede seguir el hilo de la conversación.

A una mujer sentada en un café de la peatonal rosarina  no le gusta la amabilidad desmedida, la cortesía en abundancia. Detesta que un mozo le sirva la gaseosa en el vaso, le pregunte si comió bien y cosas por el estilo, hasta dejó a un novio porque se cansó de que le abriera la puerta para entrar a la camioneta.

A mi no me gusta que se colen en la fila, pero sobre todo me fastidian  las personas que te piden permiso para ponerse delante tuyo explicándote que están apuradísimos y tienen una urgencia, como si te dijeran que sus tiempos son más importantes que los tuyos.

No me gusta que me digan –en quince estoy – si saben que va a ser en dos horas.

No me gusta llegar tarde, pero mucho menos que me hagan llegar tarde.

No me gusta cuando te dicen – ay, te lo dije con humor – cuando te están diciendo las cosas más dolorosas que podes escuchar y que obvio, ellos saben que te va a doler, pero sin embargo ponen cara de santo de estampita.

No me gusta cuando alguien quiere que compartamos los platos porque no le gustó  lo que pidió para comer.

No me gustan  las personas que dejan encendido el celular en el teatro, en el cine, o durante el sexo.

No me gusta que me pregunten de qué signo del zodíaco soy, pero más que nada la cara de –ya se todo de vos – que ponen ni bien se los decís.

No me gusta la gente que habla en voz alta en algún bar  obligándote a tener que enterarte de sus conversaciones, discusiones o lo que fuese.

No me gusta la gente que camina como si la vereda fuese de su propiedad y no se corre nunca, y cuando te chocan, después de que uno intentó moverse, te miran y hacen un gesto como diciendo –fijate por dónde caminas –.

No me gusta el folclore de la torta de cumpleaños que tienen las mujeres. Comienzan discutiendo sobre quién la va a hacer, o si la van a comprar, después se trenzan en un arduo debate sobre la mejor selección de ingredientes que debe llevar, y la cosa sigue después del cumpleaños, porque siempre sobra torta y ahí comienza el problema por la repartición de las sobras: a tía Juanita no le des porque nunca nos invita a sus cumpleaños, a María julia dale menos porque se la pasó criticando a todo el mundo, ufff…

También, por supuesto, hay cosas mías que no me gustan, pero  prefiero mantenerlas en secreto.
Sólo voy a mencionar la costumbre que más me reprochan mis amigos: desaparecer sin avisar que me voy. Sé que no les gusta que haga eso, pero a veces no lo puedo evitar. De repente estamos en un bar o jugando a las cartas y a mí me da un deseo irrefrenable de hacer otra cosa.
Por ejemplo, en este momento estoy escribiendo y al mismo tiempo veo cómo juegan unos pibes a la pelota en la plaza. Sé que tengo que terminar de escribir pero me agarran ganas de sumarme a jugar un rato con ellos y dejar de…

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