Matias

Matias

COTIDIANAS


                     ANIVERSARIO DE MI VIAJE A LA ISLA

 
Hoy se cumplen dos años de mi viaje a la isla. No voy a mencionar el nombre de la isla ni el hotel al que fuimos porque no quiero crucificarlos por una mala experiencia personal. Al viaje de placer fuimos Flor, mis suegros y yo.
Para empezar, la primera equivocación fue elegir un hotel que quedaba a cuarenta minutos del centro de la isla. Si usted, que está leyendo, vive en una ciudad, sería entendible la elección. Seguramente preferiría un lugar bien apartado del ruido, frente al mar y rodeado de naturaleza sin ninguna otra distracción más que el aire y las palmeras. Pero para nosotros que vivimos en un pueblo de siete mil habitantes fue como mudarse al patio de casa.
Me encanta vivir en mi pueblo todo el año, pero para ir de vacaciones sinceramente prefiero algo más ruidoso y movido. Por eso la elección del hotel ya se encaminaba para ser un error aun cuando todavía no había sufrido el inconveniente de salud que me depararía el destino.
Pero vayamos por parte.
El viaje en avión fue de lo más agradable que me pasó. Mis suegros y Flor nunca habían volado y yo disfruté haciendo de guía turístico. El vuelo no tuvo inconvenientes y el servicio abordo fue muy bueno.
Cuando llegamos al destino era muy pintoresco. Para llegar al hotel tuvimos que atravesar casi toda la isla y eso me permitió observar la fisionomía del lugar.
La primera impresión del hotel fue muy buena. Se parecía muchas a las fotos que habíamos visto por internet. Cuando llegamos a la recepción eran casi las once de la noche. Estábamos cansados y hambrientos.  Ideal para adentrarnos en la gastronomía del hotel all inclusive (¿por qué lo ponen en ingles si es una isla latinoamericana?)
Lo primero que notamos, mientras esperábamos que nos recibieran, fue la cantidad de gente que, al igual que nosotros, esperaba para recibir la llave de la habitación. La mayoría estaba con semblante fastidioso.

-¿Hace mucho que esperan? –le pregunté a una pareja ubicada delante nuestro en la fila.

-Ufff, hace más o menos una hora…Dicen que tuvieron problemas con las empleadas domésticas y no están preparadas las piezas.

En ese momento se encendió una alarma en mi interior. No era un buen augurio. Lo que no sabía era que solo sería el comienzo de una serie interminable de contratiempos.
Estuvimos hasta las doce de la noche parados con nuestras valijas, esperando que nos atendieran. Cuando nos tocó el turno, nos dieron las llaves de las habitaciones y una recomendación importante:

-Dejen prendido el aire acondicionado todo el día, porque si no las paredes comienzan a transpirar y se les va llenar de agua la habitación – Nos dijo la chica de la recepción.

-¿Será para tanto? –Le contesté yo, sonriendo.

-Bueno, hagan como quieran. –Me respondió, de mal humor, la chica –el área de comida está cerrando. Si quieren comer, dejen las cosas en la habitación y bajen enseguida.

Le hicimos caso. Subimos a la habitación, el aire acondicionado estaba prendido, así que tiramos las valijas y bajamos a comer.
No quedaba mucha comida en el restaurante. Sólo un par de opciones de plato principal y algunas frutas de aspecto sospechoso como postre.
Comimos hasta saciar el apetito y aunque estábamos cansados, nos fuimos al bar de “trasnoche” para tomar unas copas antes de acostarnos.
El famoso bar de trasnoche duraba hasta la una y media de la madrugada. O sea que teníamos algo menos de veinte minutos para probar algún trago.
Pedimos daiquiri de frutilla. Nos sirvieron los tragos en vasos de plástico tipo cumpleaños de niños de cinco años. Después de probar los daiquiris comprendimos por qué no había nadie en el bar.
Nos fuimos a dormir.
Cuando entramos a la habitación una oleada antártica nos heló la sangre. El aire acondicionado acondicionó la habitación como si estuviésemos en el Calafate en calzoncillos y en pleno invierno.
Me dispuse a intentar comprender el artefacto que estaba incrustado en la pared y cuya pantallita, en teoría, se podía maniobrar manualmente (No nos dieron el control remoto) porque estaba a un metro del suelo.
Acá vale la pena hacer una aclaración. Soy muy torpe con cualquier artefacto doméstico. Por ende al principio pensé que el hecho de que al apretar los botones del aire, éste no realizara ningún cambio y continuara lanzando bocanadas de frío polar, se debía a mi ineptitud en este tipo de funciones manuales. Flor que, para que tengan una idea, a veces anda con pulóver en pleno enero, estaba a punto de romper a patadas el aire acondicionado.
Llamamos a recepción. Nada. Llamamos a recepción. Nada. Llamamos a recepción. Nada.
Bajamos a recepción, nadie. Golpeamos las palmas. Nadie. Flor pegó un grito llamando a alguien…
Apareció una chica desde el fondo, con la almohada dibujada en el rostro.

-¿Qué pasa? –Nos preguntó la bella durmiente.

- Tenemos un problema con el aire acondicionado –Empecé yo, y Flor decidió continuar:

- Hace mucho frío y no le podemos subir la temperatura.

- Es que eso se regula desde acá. –Nos dijo la chica y con Flor nos pusimos colorados.  – ¿A qué temperatura la quieren?

- A una que podamos dormir sin tener que ponernos un poncho –le dije yo sonriendo, como para aflojar un poco el momento tenso.

La chica no movió los labios. Ofendida, pego media vuelta y fue hasta el lugar en donde calibraba el aire acondicionado.
Hay algo que tengo que aprender. No siempre un chiste con la intención de poner buena onda a una situación da resultado. Y está bien que sea así. Tengo que aprender a discernir entre rostros propensos al humor y otros que prefieren una contestación seria, formal.
Volvimos a nuestra habitación con la certeza de que la chica de la recepción había puesto el aire acondicionado en una temperatura razonable.
Por supuesto que ni bien entramos se sentía el frío polar.

- Está igual que antes – se quejó Flor.

- Hay que esperar un ratito – la tranquilicé.

Nos acostamos programando las actividades del día siguiente. Que no eran muchas. Solo tirarnos al sol y disfrutar del clima caribeño.
Después de una hora Flor seguía sintiendo frío.

-Vos decís que sí, pero para mí la chica no tocó nada del aire.

Desde la habitación era imposible saberlo, porque en la pantalla sólo figuraba una luz verde de encendido.
El día siguiente amaneció con un sol rabioso, ideal para el bronceado.
Tomamos un desayuno rápido y bajamos a la playa…
Disfruté del mar durante una hora ininterrumpida, como si fuese la última vez que lo haría. Claro, en ese momento yo no podía saber que, en verdad, sería mi último y único chapuzón del viaje.
Al mediodía almorzamos en el mismo lugar que habíamos cenado la noche anterior y con la misma escases de opciones gastronómicas. Me resultó cuanto menos curioso, el hecho de que las frutas tuvieran el mismo aspecto putrefacto. No obstante, comimos y decidimos pasar la hora de la siesta en la pileta del hotel.
En el complejo de la pileta podías tomar licuados en una barra muy pintoresca que había a un costado de las duchas. Eso sí, podías disfrutar del trago, si es que te aguantabas las picaduras de abejas…
Leyendo comentarios de gente que se había hospedado en el hotel, algunos alertaban sobre la invasión de abejas. Con Flor pensábamos que era una exageración. Esa primera mañana comprobamos que los comentarios de los viajeros eran atinados. Me picaron un par cuando fui a pedirme un licuado de banana, y otro par cuando más tarde le fui a buscar el licuado a Flor, que ni loca pensaba arrimarse a la barra. (Leer la Cotidiana “Florfobia”, para entender por qué  Flor no se arrimaría jamás a una barra con esos visitantes.)
A la tardecita hice una sesión de masajes. En realidad no estaba dentro de mis planes. De hecho me encontraba en perfecto estado. No tenía dolores. Pero las masajistas del hotel se pasearon toda la tarde por la playa y me insistieron tanto que no pude negarme. Ahorro las descripciones de la sesión con un solo comentario: Terminé lleno de moretones.
Esa noche, después de la cena y una visita fugaz al bar, comenzaría mi tortura…
Nos acostamos temprano. Flor se durmió apenas apoyó su cabeza en la almohada. Yo comencé a sentir unos ruidos extraños en mi panza…Luego, un fuerte dolor abdominal…Unos minutos después tuve que correr hasta el inodoro. De ahí en más, el viaje de placer fue una mierda. Literalmente.
Luego de dos visitas más al inodoro en menos de media hora, comencé a tiritar de frío. Es cierto, el aire acondicionado estaba al mango. Tenía razón Flor, la chica seguramente no lo había modificado. Pero mi frío corporal tenía otro motivo. Tenía casi treinta y nueve de fiebre. El motivo era mi descompostura estomacal, no había dudas, porque no estaba resfriado ni me dolía la garganta.
Más allá del dolor corporal, creo que en ese momento me dolía más saber que mis vacaciones se echarían a perder.
Cuando Flor abrió los ojos a la mañana, me encontró en un estado calamitoso. Transpirado y con la cara demacrada. Fuimos hasta la sección de emergencia que tenía el hotel. Tocamos la puerta del consultorio pero nadie nos atendió.
Preguntamos en recepción pero nos dijeron que todavía no había llegado el médico.
El médico, era un estudiante, todavía no recibido, que entró hecho una furia al consultorio pidiéndome que esperara unos minutos.
Cuando me hizo pasar, estaba furioso e hiperquinético.

-¡Ustedes van a ser testigos! –Nos dijo y se movía de un lado al otro del consultorio abriendo cajones – faltan la mitad de los medicamentos. ¡Así no se puede trabajar!

- Yo vengo porque no paro de ir al baño – le dije intentando que se concentre en mi problema.

-Es una joda esto. Encima me van a echar la culpa a mí –Seguía el “medico” en su estado acelerado.

- Disculpame, estoy mal de verdad. ¿Me podes revisar? – casi le supliqué.

- ¿Qué te pasa?

- Voy muy mal de cuerpo y anoche tuve unas líneas de fiebre.

- ¿Ahora tenés fiebre?

- Creo que no.

- ¿Cómo es la caca?

- Verdosa…

- Seguro que es Giardia Lamblia.

- ¿Qué es eso?

- Un parasito típico de esta isla.

- ¿Y qué tengo que hacer?

- Tenés que tomar un medicamento…Pero acá no tengo, porque se afanan todo. Ya mismo renuncio.

Ni bien salimos del consultorio llamé a la asistencia al viajero. Tenía que esperar una hora para que viniera un médico a verme al hotel.
Cuando llegó la persona que debía revisarme no tenía pinta de médica. Parecía que venía de tomar sol, hasta tenía restos de protector solar. Me dejó unas pastillas para los parásitos. Debía tomarlas tres días seguidos y no consumir nada de alcohol. Además de realizar una dieta estricta de comida sana. Ah, y que no ingiriera ningún líquido que no fuera de botella. Al parecer los Giardia Lamblia provenían del agua de la isla, con la que realizaban los licuados y jugos. Algunas personas son inmunes a esos parásitos. Evidentemente yo no estaba dentro de esa afortunada lista de personas.
Al día siguiente, si bien no iba tan seguido al baño, regresó la fiebre y mi desconfianza hacia la médica que me atendió. Llamé nuevamente a asistencia al viajero para que enviaran a otra persona. Al rato llegó al hotel la misma mujer y con el mismo aspecto de bronceado. Cuando le dije que volví a tener fiebre, me enchufó una Dipirona inyectable sin medirme la fiebre. Después se fue, sin responderme ninguna de las preguntas que le hice.  
Hasta que se cumplieron los tres días de pastillas la cosa no mejoró mucho en mi estómago, a pesar de que seguí la dieta estricta. Tampoco mejoró la atención del hotel. Yo pasaba la mayor parte de los días encerrado en la habitación. Un día dejó de andar el control remoto del televisor. Me lo cambiaron. Más tarde lo que dejó de andar fue el televisor. Me lo cambiaron. Después se rompió la nevera. O sea la heladera, pero ellos le decían así. Me la cambiaron.
El aire acondicionado seguía largando frío polar. En reiteradas ocasiones Flor bajó hasta la recepción a pedir que por favor le subieran la temperatura pero no había caso.
Una tarde, me levanté de la cama y bajé hecho una furia a recepción. Mandé al carajo a media isla y ofrecí trompadas si no apagaban el aire acondicionado. Nada de regularlo. Quería que lo apagaran. Cuando volví a la habitación estaba apagado.
Esa misma noche, fuimos al centro de la isla. No es que anduviera mucho mejor, sólo que sentía culpa porque sabía que les estaba amargando las vacaciones a mis suegro y a Flor. Entonces tomé coraje y decidí salir de mi guarida.
Fuimos al centro que, como ya expliqué, quedaba a cuarenta minutos del hotel, y después de recorrer galerías y de cenar, livianito en mi caso, fuimos al casino.
Ya en el casino tuve que ir al baño de manera impostergable. No entendía de dónde sacaba tanta mierda (disculpen la metáfora). Hacía tres días que me la pasaba en el baño y prácticamente no comía más que un poquito de arroz.
Ni bien salí del baño del casino me desplomé en un sillón del bar. Cómo habrá sido mi estado que no me cobraron el agua mineral que me pedí.
Cuando volvimos al hotel y pusimos un pie en la habitación nos recibió el río Paraná. Era increíble la cantidad de agua que había en la pieza. Pensé que había rebalsado el baño o que habíamos dejado abierta una canilla, pero todo estaba en orden. Recién ahí me di cuenta que el aire acondicionado estaba apagado y recordé la recomendación de la chica de la recepción cuando llegamos. Vinieron a secarnos la pieza y volvieron a prender el aire acondicionado. Pedí frazadas para poder dormir calentito.
Al día siguiente teníamos programada una excursión a una isla cercana. La excursión duraba casi todo el día, y yo no estaba en condiciones de ir a ningún lado. Sin embargo decidí probar suerte. En el fondo sabía que era una mala decisión. Sólo que uno a veces es testarudo, no quiere ver la realidad. En el trayecto de la combi hasta el muelle para tomar el barco que nos llevaría a la isla, sentí ganas de ir al baño. Aguanté hasta donde pude. En un momento decidí bajarme y tomarme un taxi para ir al centro de la isla. Quería ver un médico de verdad. Le pedí al taxista que me llevara a una clínica. Anduvimos con Flor de un lado para el otro. Visitamos tres hospitales y en ninguno había turnos, pero les dejé un regalito en cada baño. Finalmente encontramos una clínica privada donde atendía una gastroenteróloga y tenía un hueco en su agenda para las dos de la tarde.
La doctora me revisó y dio su veredicto coincidiendo con el médico del hotel y la bronceada de la asistencia al viajero: Parásitos. Con seguridad Giardia Lamblia.
Me recetó las mismas pastillas que había tomado, me aclaró que el tratamiento correcto era diez días de pastillas y que debía realizarme un coprocultivo (análisis de materia fecal). Como faltaban dos días para volver a Argentina, opté por retomar las pastillas y hacerme los estudios cuando regresara.
Los dos días que restaban de “vacaciones” los pasé yendo de la cama a la reposera de la playa. Y con regulares visitas al baño, por supuesto.
Por suerte en el avión de regreso no tuve contratiempos estomacales.
Cuando llegué al país fui de mi médico y comencé con los preparativos para el coprocultivo. El resultado arrojó lo previsible: Giardia Lamblia.
Mi médico me recetó pastillas para desparasitarme. También las tuvo que tomar Flor, porque podía ser contagioso.
Después del tratamiento anti parásitos volví a la normalidad estomacal.

Hoy, pasados ya dos años de mi viaje, tiemblo cada vez que voy a sentarme a un inodoro… Y cambio de canal cuando veo una publicidad con ofertas de la isla.

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