Matias

Matias

COTIDIANAS


                                  DIARIO INTIMO DE MACANAS

 
No me gustan las frases hechas, pero se aprende de las derrotas. Y mucho más de las cagadas cotidianas. El problema es que nuestro cerebro, de manera inconsciente, tiende a olvidar las incontables macanas que vamos sumando en nuestro haber a lo largo de la vida. Por esta razón, yo siempre las anoto en un cuaderno. Una especie de diario intimo de macanas. Ojo, no lo hago por masoquismo o autoflagelo. Lo hago porque creo que sirve para no cometer las mismas torpezas (el hombre tropieza dos veces con la misma piedra porque no recuerda que ya había tropezado) y como método alerta de posibles cagadas futuras. Al leer esas macanas, es como si una voz interior te estuviera diciendo: “Guarda con lo que vas a hacer hoy, mirá las idioteces que sos capaz de cometer”.

También, lo admito, me resulta más atractivo leer o escuchar desgracias pintorescas, que hazañas rimbombantes. Pongamos como ejemplo un amigo que intentó conquistar a una mujer en un bar. Siempre resulta más gracioso y empático si es una anécdota que lo tiene como perdedor, que si nos cuenta que triunfó. En todo caso, si la cosa resultó bien, nos alegramos por nuestro amigo, pero saboreamos más si se mandó una tontería y echó todo a perder. (Algunos refutaran esta teoría pero en el fondo de sus conciencias saben que es así).

Resaltando esta teoría, se puede afirmar que no tendría sentido llevar un diario íntimo de cosas que hacemos bien, o de situaciones felices, porque por lo general esos momentos de la vida están presentes y uno puede rememorarlos sin necesitar ningún apunte. Los momentos felices no los bloqueamos.

Si se me pregunta por las cagadas que hice a lo largo de mis casi treinta y cuatro años, me costaría mucho responder de memoria. Automáticamente uno bloquea cualquier posibilidad de recordar las vergüenzas propias. Pero para eso está mi diario íntimo. Cada tanto releo mis imbecilidades.

Esta mañana al abrir mi diario me di cuenta que se cumplen cinco años de mi torpeza con el auto.

Me falta aclarar que además de anotar las torpezas les coloco la fecha. Desde los veintinueve años que mantengo riguroso este accionar. Y suelo hacer un balance de burradas a fin de año con la intención de generar estadísticas. Justamente el año que cumplí los veintinueve fue un festival de cagadas memorables. Sospecho que la razón fundamental fue que a principios de febrero conocí a Flor. El amor suele ser un momento ideal para la imbecilidad cotidiana masculina.

En ese año del comienzo del amor, rompí un jarrón antiguo (en un viaje fugaz que hicimos con Flor al campo de mi abuelo) por bailar haciéndome el payaso.  Me llevé por delante una columna mientras caminaba mandándole un mensaje a Flor, y fui a pagar la factura del gas al Banco un sábado por la tarde.

Pero lo mejor, el momento supremo de mi gilada, fue el percance con el auto.

Recuerdo que era viernes. Estaba en el bar de mi pueblo con mis amigos tomando fernet a lo pavote. Flor me manda un mensaje para que la pase a buscar. Ella vivía en un pueblo cercano. A veinte kilómetros del mío. No estaba en los planes ese encuentro. Hacía poco que salíamos y solo nos encontrábamos los sábados después del boliche y algunos días de la semana en que los dos estábamos en Rosario. Sin embargo nos pusimos de acuerdo mediante mensajes y, como solía hacer, me escabullí sin avisarles a mis amigos para ir hasta el pueblo vecino a buscar a Flor. Cuando ya estaba a mitad de camino me di cuenta que tenía el tanque de combustible casi vacío. Tuve miedo de no llegar al pueblo de Flor y decidí parar en una estación de servicio de la ruta. Es ahí donde mi imbecilidad se puso de manifiesto. Estacioné mi auto frente a un surtidor. Le indiqué al muchacho de la estación la cantidad de pesos que quería cargar, y una vez terminado el asunto seguí viaje.

De repente, el auto comenzó a corcovear. Si yo no hubiese cargado combustible hubiese estado convencido de que el auto se estaba quedando sin nafta. Y acá viene lo curioso. En realidad se estaba quedando sin nafta, porque lo que había cargado era Gas Oil.  Mi auto NAFTERO comenzó a toser.

Puedo argumentar alguna excusa a mi favor. Hacía un año que tenía ese auto. Mi coche anterior había sido gasolero y yo solía cargar en la misma estación de servicio de esa noche. La costumbre, sumada a los vasos de fernet ingeridos, más la cabeza repimporoteada a causa de mi enamoramiento, formaron el combo explosivo de mi estupidez.

Sinceramente no tenía idea sobre lo que le provocaba a un auto equivocar la alimentación. En el trayecto hasta llegar a la casa de Flor, temí que el auto se fundiera, explotara o que sencillamente se detuviera. Yo estaba tan estupefacto al comprobar lo que había hecho que seguí manejando por inercia y tarde casi media hora en recorrer los diez kilómetros que me faltaban para llegar hasta el pueblo. Ni siquiera atiné a responder los mensajes que me mandaba Flor preguntándome por qué no llegaba. Ella estaba asustada por mi tardanza, pensando que me había pasado algo y, aunque nunca me lo reconoció, estoy seguro que en algún momento pensó que le estaba haciendo el verso y no iría.

Sentí mucha vergüenza al entrar al pueblo y pasar por el centro andando al galope. Flor estaba esperando en la vereda y tres cuadras antes de que yo llegara veía con pavor el movimiento tipo cabeza de ñandú de mi vehículo. En esto no hubo dudas, lo primero que pensó al ver cómo llegaba con el auto fue que yo estaba borracho. De hecho en un momento dudé si decirle la verdad o dejar que creyera que estaba alcoholizado.

Finalmente le conté la verdad y salimos a dar unos rodeos por el pueblo. Esa noche nos reímos por lo sucedido, pero al día siguiente fue muy vergonzoso tener que explicar a mis familiares y amigos mi torpeza.

Nunca más volví a cargar combustible sin antes asegurarme de estar en el surtidor correcto.

Aunque este diario no ahuyente la posibilidad de seguir mandándome cagadas, de hecho este año amenaza con ser uno de los más rendidores a nivel idiotez, al menos sirve para mantener a raya cualquier posibilidad de que se me suba el ego a la cabeza.

Si uno hace un balance a conciencia entre aciertos y burradas, los números siempre darán en rojo. Salvo que uno sea como ciertas compañías teatrales de verano, que ven sus teatros siempre llenos porque solo miran hasta la fila cuatro.

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