Matias

Matias

COTIDIANAS


                          ¡QUE LOS CUMPLAS FELIZ!

 
Ahora que faltan tres meses para mi cumpleaños se me hace impostergable alertar a mis amigos, familiares, y todo aquel que ose cantarme esa cancioncita fastidiosamente tradicional (y conste que lo aviso con tiempo), que pondré mi mejor cara de culo. Si con eso solo no alcanza para que comprendan el mensaje, procederé a mi segunda opción: retirarme del lugar en donde esté. (Ya sé, si estoy en mi casa se me complica, pero ya veré qué hago).

Estoy cansado de fingir. De poner cara de circunstancia ante esta costumbre insufrible y alcahueta. No me molesta tanto la canción que, por cierto, es bastante chota, sino las palmitas y la cara de gil que tenés que poner cuando sos el homenajeado.

Yo no sé quién fue el primer forro al que se le ocurrió empezar a molestar con el ritual. Lo que estoy seguro es que lo hizo apropósito, como una manera de joder al cumpleañero, hacerle pasar un mal rato (algo parecido ocurre con las despedidas de solteros), y más tarde se transformó en este ritual del que todos participamos sabiendo que molestamos, incomodamos al cumpleañero pero fingimos que no nos damos cuenta (Qué bien nos sale hacernos los boludos).

Lo peor es que este fastidioso ritual está instaladísimo en nuestra sociedad y tiende a expandirse de una manera más peligrosa y letal que el Ebola, porque ya no se puede comer en paz ni en un restaurante.

La semana pasada comíamos con Flor en un lugar naturista (no sé si voy a aguantar esta alimentación saludable, el queso de tofu y el arroz yamani me tienen podrido), la velada era relajada, no había mucha gente en el restaurante y la música de fondo era armoniosa. En un momento cortaron la música ambiental y pusieron la cancioncita pedorra “que los cumplas feliz, que los cumplas feliz...”,  disminuyeron las luces y una moza apareció desde la cocina con una pequeña torta y una de esas velas de cotillón que hacen llamarada tipo petardo.

Todos en el lugar comenzaron con las palmitas, al estilo niño perdido en la playa, mientras de fondo sonaba la música y una voz aguda de mujer que entonaba las estrofas de la canción plagiada al payaso Plin Plin con menos gracia que una babosa.

Yo me concentré en el cumpleañero. Lo vi transpirar. Hacerse cada vez más chiquito en su silla, y cuando la moza apoyó la torta en la mesa, el cumpleañero sopló para apagar la vela. De tan incómodo que estaba no se dio cuenta que la vela era una de esas que se apagan solas una vez que terminan de arder, y casi se quema la cara con la llamarada.

No satisfechos con esto, los acompañantes del cumpleañero en la mesa decidieron comenzar el ritual del tirón de orejas. Para que comprendan lo ridículo de la escena, el cumpleañero tendría entre cincuenta y cinco y sesenta años. O sea que además de transpirar la camisa debido a la incomodidad de la situación y casi quemarse la cara con la vela, el cumpleañero terminó con las orejas rojas y seguramente implorando que a ninguno se le ocurra comenzar con el capotón.

Aprovecho esta oportunidad para saludar a todos los cumpleañeros, deseando que pasen un hermoso día, rodeado de sus seres queridos.
Mis saludos son afectuosos y, por supuesto…Sin palmitas.

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