Matias

Matias

COTIDIANAS


                                 LA SALA DEL SILENCIO

 
Yo me las agarraba siempre contra los realitys show. Desde el primer gran hermano despotricaba contra los inventores de este formato de programas.

El único que me causó cierta simpatía fue uno al que llamaron  el Bar, pero más que nada porque coincidía con una época mía extremadamente alcohólica.

A lo largo de los años fueron apareciendo distintos programas basados en el encierro o las situaciones extremas donde un grupo de personas tenía que convivir, por ejemplo, con una tribu ancestral en África (Perdidos en la tribu) o actores encerrados dentro de una casa llena de egos (Reality reality)…

Pero lo de anoche fue monumental en todo sentido. Por la cancha de fútbol, obviamente, pero sobre todo por el innovador reality al que llamaron “La sala del silencio”.

Creo que fue la primera vez en mi vida en que el clásico Boca vs River pasó a segundo plano en mi interés.

Ni bien arrancó el partido y escuché que el comentarista anunciaba sobre una sala del silencio que ocurría en un canal vecino me entró la curiosidad. Al principio no sabía de qué hablaba, pero al cambiar de canal descubrí a seis hinchas (tres de River y tres de Boca), mirando el superclásico y sin emitir sonido. No entendía cómo venía la mano hasta que el comentarista explicó de qué se trataba el novedoso acontecimiento.

La sala del silencio funcionaba de la siguiente manera: Si los seis hinchas que miraban el partido en un estudio montado por la cadena que transmitía el clásico, y que a su vez los televidentes, como yo, los observábamos mirar el partido a ellos (medio enroscada la cosa), lograban mantener el silencio durante los noventa minutos que duraba el encuentro, ganaban cien mil pesos a dividir entre los seis o entre los que aguantaran pasarse el partido sin hablar.

A partir de la noticia dejé sintonizado el canal donde transmitían el reality. Fueron inteligentes los muchachos del canal porque dividían la pantalla en dos. Arriba de todo podías seguir el partido, y en la parte de abajo veías a los hinchas de cada equipo sentados en dos sillones diferentes.

En un principio me quedé mudo al igual que ellos, creo que por la sorpresa del evento. Después comencé a reírme por la ocurrencia. Cuando pasan cosas como éstas siempre me pregunto ¿a quién se le ocurrió? Porque alguien debe haber tirado la idea. ¿Quién fue el primero en decir, hagamos la sala del silencio?

Pero la pregunta que me dio vueltas en la cabeza desde el primer momento fue: ¿qué fuerza interior predominaría en los hinchas? ¿El amor por el club o el dinero en juego?

¡Interesante dilema!

Por primera vez le encontré el sentido a un reality. Esto sí era interesante para ver. La codicia contra la pasión. ¿Quién ganaría?

Lo único que rogaba era que el partido estuviera a la altura del desafío. Y no pudo ser más atinado. A veces la vida se comporta como es debido.

A los quince segundos el árbitro cobró penal para Boca. Yo pegué un grito de felicidad pero rápidamente clavé mis ojos en los hinchas xeneizes de la sala. Tuve la certeza de que no iban a aguantar la tentación de pegar un grito parecido al mío. Sin embargo mantuvieron su mutismo. Uno que tenía una gorrita hizo una mueca media rara y parecía que los ojos se le saldrían para afuera pero logró controlar su impulso.

-Está bien – dije yo, hablando solo – vamos a ver ahora cuando Giglioti meta el penal.

Lo atajó Barovero…

Tuve un ataque de Juancruizmo y lo mandé a Giglioti a la recalcada concha de su madre (Juan Cruz es mi hermano mayor. Recomiendo leer “Puteadas sanadoras” en esta misma página de mi blog, para entender mejor de lo que hablo)  No fue nada personal contra Giglioti. Son exabruptos que tiene el fútbol. Me levanté de la silla y me fui a servir otro vaso de cerveza para calmarme. Cuando volví a sentarme frente al televisor pensé que algunos de los hinchas de Boca seguramente se habrían ido de boca, valga la redundancia, y estaría expulsado del reality. Imposible contener la furia cuando tu equipo erra un penal a los quince segundos de una semifinal de copa sudamericana contra tu rival de toda la vida. Sentí mi primer momento de amargura cuando los vi a los tres sentaditos y parsimoniosos mirando el televisor como si estuvieran viendo un documental sobre el deshielo del glaciar Perito Moreno.

Creo que fue en ese preciso momento en que perdí las esperanzas en la humanidad (me fui a la mierda con la comparación pero fue lo que sentí).

Porque también fue en ese momento en el que saqué la cuenta económica del asunto.

A ver…100.000 pesos a repartir entre los seis, daría un resultado de 16.666 pesos con 66 centavos para cada uno, en caso de que todos mantengan el silencio. No digo que no sea una suma interesante para llevarse al bolsillo, pero ¡¿por tan poca plata se termina la pasión por los colores?!

Después del penal fallado vino el gol de River.

Acá tengo que aclarar que si desee que los hinchas de River tuvieran un exabrupto fue por la bronca del gol y el deseo de que los hinchas de Boca resultaran ganadores del reality. Al menos del reality porque en la cancha la cosa venía fulera.

No pasó nada. Uno de los hinchas de River, que era mujer, se apuró a meterse un sanguchito de miga en la boca para reprimir el festejo.

A los treinta  minutos Giglioti mandó la pelota dentro del arco.

-Goooooollll –grité como si fuera la final del mundial.

Cuando volví al televisor me di cuenta que habían cobrado posición adelantada. Me lamenté en silencio. Pero cuando vi la repetición de la jugada me volvió la furia. Había sido gol lícito y no pude contener la puteada. Reitero, es prácticamente imposible mantener el silencio en jugadas como esa, o la otra que se comió Gilgioti cabeceando frente al arco y mandando la pelota casi al lateral… ¿Los hinchas de boca en el Reality? Más callados que amante en un ropero. ¡Increíble!

Cuando terminó el primer tiempo decidí transformarme en uno más del reality.

El segundo tiempo lo vería sentado en mi silla, con mi vaso de cerveza al lado y en silencio absoluto. Es verdad que yo no tenía incentivo material pero lo tomé como un desafío personal.

Anduve bastante bien, tengo que reconocerlo, pero no pude contener algunas frases del estilo:

“¡Dale Fuenzalida con la pelota!!!”... “¡Corré Meli la puta que te pario!!!!”

“¡Pateen al arco manga de muertos!!!.... Etc…

Cuando terminó el partido me quedó un sabor agridulce. Lo agrio, la derrota de mi equipo y la triste confirmación de que la codicia venció a la pasión. Y lo dulce tiene que ver con la oportunidad que se abre gracias a este reality. Tal vez sin darse cuenta, los creadores de esta genialidad, acaban de encontrar la llave para terminar con la violencia en el futbol.

Porque al menos sabemos que por 16.666 pesos con 66 centavos los simpatizantes ya no discutirían penales dudosos, ni posiciones adelantadas. Mirarían los partidos más relajados que mi abuela mirando el canal Utilísima.

Creo que la Sala del silencio es una posibilidad para tener en cuenta a la hora de pensar en acabar con la violencia en las canchas.

¡Y yo que me quejaba de los realitys show!

 

 

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