Matias

Matias

COTIDIANAS


                            PERSONAJES QUE ASOMBRABAN

 

 Recuerdo que mi abuelo utilizaba la palabra cascarrabias para referirse a determinadas personas que se quejaban todo el día. Me gustaba esa palabra. Y yo siempre la emparentaba con personas mayores porque él decía “viejo cascarrabias”, nunca decía  “pibe cascarrabias”.  Y no era una expresión que utilizaba ante cualquier fastidioso. Tenía que ser alguien que realmente justificara la palabra con reiteradas escenas de quejas. No era tan frecuente encontrar en el pueblo alguien que mereciera ese apodo.

También, en mi adolescencia, escuchaba sobre cierta pesadez a partir de los cincuenta o sesenta años que hacía que las personas a esa edad tengan como frase recurrente: “No me rompan las pelotas”. Tengo la triste sensación de que esta frase se ha acercado con peligrosidad a la juventud.

Me preocupa esta tendencia porque no nos permite disfrutar de los personajes auténticos y especiales que tienen cada barrio o localidad. Si hoy en día todo el mundo es un cascarrabias, se acaba la delicia de la particularidad, disminuye nuestra capacidad de asombro ante un personaje que agrega un condimento distinto a lo cotidiano. 

Lamentablemente veo cada vez más cascarrabias. Más hinchazón de testículos en cualquier esquina, en cualquier sobremesa. Yo mismo me encuentro fastidioso a la hora de irme dormir.

Ocurre lo mismo con las personas que hablaban solas…

Cuando yo era chico hablar solo era estar loco. Al menos yo lo recuerdo así de categórico. A veces algún compañero contaba en el recreo las infidencias de alguna tía que mientras preparaba la cena repasaba en voz alta las tareas que debía realizar en el día y nosotros nos quedábamos con la boca abierta de tan sorprendidos. Alguna vez hasta hicimos el intento por descubrir a la tía de nuestro amigo, intentando encontrarla en plena charla con las cacerolas. Siempre desistíamos por temor a que la escena nos de miedo.

Es verdad, yo también hablaba solo. Pero no lo hacía repitiendo las cosas que tenía que hacer en el día o comentándole cosas a algún amigo imaginario. Yo hablaba solo jugando con los muñequitos de torta.  Organizaba partidos de futbol con muñequitos pintados con las camisetas de Boca y River y relataba como si fuese el comentarista de ese partido hogareño en la alfombra de la habitación de mis viejos. Claro que esto no era considerado locura. Como tampoco lo eran las abuelas que le hablaban a las plantas. Porque tenía un justificativo que en el caso de las abuelas era que la planta creciera (al menos esa era la creencia), y en mi caso convertirme en relator de futbol en un futuro.

Muchas veces debatíamos con mis amigos si encontrar a una madre quejándose sola mientras lavaba los platos era locura o no. No recuerdo a qué conclusiones llegamos, pero sí recuerdo que la mayoría decía haber presenciado alguna escena así en su casa.

Hoy en día no es algo fuera de lo común que una persona hable sola. Caminando por Buenos Aires se puede ver a cada rato gente explicándole cosas al aire, o hasta hablando por teléfono inalámbrico por la calle. Por lo tanto sospecho que los niños de esta época ya no tendrán el mismo asombro que teníamos nosotros cuando nos contaban de alguna tía o tío parlanchín en soledad.

Ni hablar si pensamos en los bromitas del barrio…

Siempre estaba el que tenía la salida ocurrente. La estupidez a boca de jarro. La astucia, y el tiempo necesario, para tramar una buena joda.
Hoy en día hay un personaje así hasta en el canal Utilísima.

Tengo la sensación de que peligra la excepción a la regla. Que todos seamos cascarrabias, hablemos solos y seamos bromistas a la vez. Opacándole el protagonismo a los personajes verdaderos, a los colores que alegraban el día gris.

Por suerte, hasta hace poco, en mi pueblo existía un personaje que andaba en bicicleta por los barrios, cantando y relatando goles de Boca. Ojalá a nadie se le ocurra imitarlo.

 

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