Matias

Matias

HINCHA PELOTAS


                    NUESTRO AMADO CLUB MATIENZO

 
Era el partido final y estábamos en una situación difícil. Había que tomar una decisión importante y cuando ocurren situaciones como éstas, uno puede vislumbrar con toda notoriedad cómo son las personas en realidad.  

Al comenzar el campeonato de fútbol todos en el club, y cuando digo todos me refiero a dirigentes, jugadores, cuerpo técnico y simpatizantes, estábamos encolumnados detrás de un único objetivo; salir campeones luego de dos décadas sin títulos. Si bien era cierto que tres años atrás habíamos conseguido dar la vuelta olímpica, nadie de nuestro club,  acostumbrado a sumar estrellas en épocas pasadas, podía tomar con orgullo ese triunfo que sólo nos había alcanzado para ascender y retornar a la primera categoría. Bastaba con pensar en Greco, en el flaco Valenzuela, en el entrerriano Sutión y tantos otros próceres futbolísticos que dejaron huellas y títulos memorables sobre el césped de nuestro amado club Matienzo de Monte Buey, para entender que era imposible conformarnos con celebrar algo tan intrascendente como un ascenso. Por este motivo ni bien ascendimos a primera habíamos trabajado para conseguir el objetivo y había con qué ilusionarse. Los dos últimos años estuvimos cerca con dos subcampeonatos y ahora teníamos el mejor equipo. Hasta el hincha más fanático de San Martín, nuestro clásico rival del pueblo, reconocía el poderío de nuestros jugadores.

El campeonato regional consistía en quince equipos desempeñándose en primera categoría y otros quince en el ascenso. Se competía en las dos categorías de la misma manera, todos contra todos en rondas de ida y vuelta. Obtenía el campeonato de la primera categoría el que terminaba primero y los dos equipos con menos puntajes descendían. Aclaro esto porque es importante para tener en cuenta la situación en que nos encontrábamos antes del partido final de ese año 2008.

Como dije había con qué ilusionarse, porque los dirigentes, entre los que me encontraba yo, habíamos trabajado arduamente para retener a las figuras del equipo que no eran de nuestro pueblo,  refuerzos cruciales para entender el funcionamiento notable de nuestro cuadro. No fue fácil retener a estos cuatro jugadores foráneos, ya que eran codiciados por clubes de ligas más importantes. Para esto tuvimos que pedirles apoyo económico a varios socios del club, que por suerte estuvieron dispuestos a colaborar previendo la posibilidad concreta de conseguir el campeonato.

Mi labor de dirigente  estaba sostenida por mi cercanía y mi amistad con Pirulo. Para ser más preciso, sólo formaba parte de la comisión directiva porque había sido el artífice de retenerlo en nuestro club, detalle importante, dado que Pirulo era la estrella de Matienzo y además un jugador surgido de la cantera.

El año que descendimos de categoría fui convocado de urgencia a una reunión de los directivos para encomendarme la tarea de convencer a Pirulo de quedarse un año más, ya que era una pieza fundamental para lograr el ascenso. No fue un trabajo fácil para mí. Conozco a Pirulo desde la infancia. Crecimos y cursamos juntos todas las etapas educativas y mi amistad con él traspasaba los límites del colegio, porque los dos jugamos a la par en todas las inferiores del club, aunque obviamente con una notable diferencia de habilidad futbolística. Digo que no era fácil, ya que tenía que ocuparme de convencer a mi amigo a quedarse en el club y de alguna manera entorpecer su crecimiento futbolístico, que de hecho no lograría quedándose en Matienzo. Pero además sabía que, en caso de que se quedara y consiguiéramos ascender, los dirigentes me volverían a pedir de convencerlo para obtener un campeonato en primera categoría. Y no estuve errado en aquel momento al pensar eso, porque fue lo que pasó.

Después de recurrir a siniestras estrategias, utilizando mi poder de persuasión, como por ejemplo recordándole ciertos favores que le hice en la infancia, o alertándolo sobre posibles catástrofes personales si nos dejaba en banda, Pirulo aceptó quedarse a jugar por Matienzo.

 Entiendo perfectamente el enojo de sus padres conmigo porque consideraban un error la decisión de Pirulo de no aprovechar las ofertas que le llegaban para jugar en clubes importantes del país, pero si bien es cierto que mi discurso fue decisivo, creo que en el fondo él también ansiaba en lo más hondo de su corazón dar la vuelta olímpica con los colores que defendió toda su vida, antes de emigrar hacia otros rumbos más satisfactorios y redituables para su carrera personal.

Y quedó demostrado en su desempeño dentro de las canchas durante el campeonato de ascenso y también ya en la primera categoría convirtiéndose en el mejor jugador de la Liga Bellvillense.  

Pero el caso de Pirulo amerita un análisis importante sobre lo que puede generar el Fútbol en la vida de una persona.  Como dije, lo conozco desde la más tierna edad y puedo detallar su vida con idéntica rigurosidad que la mía.

Nunca fue en el colegio un alumno que se destaque por sus calificaciones. Provenía de una familia humilde con escasos recursos económicos. Tampoco era de hablar demasiado, no era nada parecido a lo que podíamos denominar como un líder, y no se vislumbraba, según los parámetros que se establecen en la sociedad, rasgos en su persona que denoten características de valentía. Era más bien un pibe tímido al que le costaba horrores la vida social.

A veces cuando se armaban grescas importantes en el colegio y era increpado por algún alumno, incluso de menor edad que él, retrocedía ante el enfrentamiento y prefería evitar la confrontación. En esos casos siempre saltaba en su defensa la roca Rodríguez, el más guapo de nuestro curso, que se le animaba a cualquiera y que era como una especie de héroe defensor de los más débiles. Puesto que Pirulo era considerado por todo el colegio precisamente como un pibe timorato y al que había que cuidar.

Yo mismo he sostenido y decretado en más de una oportunidad que uno es en la cancha como lo es fuera de ella, pero si existen las excepciones, una de ellas es sin dudas Pirulo. Porque su forma de ser, cambiaba cuando entraba a la cancha.

Todavía tengo grabada en mi memoria la mañana que lo vi jugar al fútbol por primera vez en el patio de nuestra Escuela.

Cursábamos quinto grado, la cancha del colegio estaba habilitada sólo para que jueguen los alumnos de sexto y séptimo grado. Los más chicos nos teníamos que conformar con mirar los partidos desde afuera y ni se nos ocurría acercarnos al campo durante los recreos porque sabíamos que nos esperaban golpizas importantes de los más grandes si intentábamos semejante imprudencia.  En algunas oportunidades, en que faltaban jugadores de alguno de los equipos, llamaban para completar el plantel a un alumno más chico. La roca Rodríguez por su fama de guapo era el único  de nuestro grado y del colegio que siempre se sumaba a los partidos. No era muy dotado para el juego pero a veces hacía la diferencia por su físico, aunque fuese unos años menor que el resto.

Una tarde los de séptimo grado apabullaban a los de sexto por cuatro a cero. La roca Rodríguez, que jugaba para los de séptimo, le sugirió a sus compañeros que entrara alguno de nosotros para el lado de los de sexto para que el partido se haga un poco más parejo. El primero que levantó la mano para ingresar fue Pirulo. Hubo risas y caras de asombro de todo el colegio que observaba el partido, al ver los bracitos flacos de Pirulo y su cara sonrojada que pedía participar del encuentro. Por supuesto los de sexto no estaban de acuerdo con que jugara Pirulo, pero como siempre la roca Rodríguez saltó en su defensa y se acabaron los reproches.

Para apaciguar las protestas, además de Pirulo, dejaron entrar a otro de nuestros compañeros para jugar con los de sexto. Total, según decían los de séptimo, la victoria ya estaba asegurada.

Pirulo se sacó el guardapolvo, se calzó la pechera roja para jugar con los de sexto y ni bien se reanudó el partido comenzó su metamorfosis.

La actitud sumisa de su accionar cotidiano se transformó en gritos y quejas para recibir el balón que los compañeros se negaban a pasarle, seguramente desconfiando de las cualidades futbolísticas de Pirulo. Sin embargo, la insistencia por participar del armado de las jugadas dio resultado cuando el otro de nuestros compañeros que había entrado para jugar, tomó el balón y tal vez por lástima le entregó un pase cerca de la mitad de la cancha.

Ante la barrida que intentó uno de los de séptimo, Pirulo levantó apenas el balón y saltó para dejarlo atrás. Esa sola maniobra nos dejó a todos boquiabiertos, pero era sólo el principio de la jugada. Un nuevo jugador de séptimo se arrimó a Pirulo y gritando intentó apichonarlo para que largara el balón, pero lejos de asustarse Pirulo vio el hueco tentador que dejaba su marcador y le deslizó exquisitamente la pelota por entre sus piernas. Creo que el “ole” se escuchó hasta en la sala de profesores, y ni siquiera la bronca del jugador de séptimo, que nos miró feo y con su cara ruborizada por el papelón, logró hacernos callar. A esa altura estábamos todos parados y alentando a Pirulo que se encaminaba a toda velocidad y con pelota al pie hacia el área rival.

La actitud de los dos defensores que le quedaban en el camino a Pirulo se puede entender solamente aceptando la idea de su metamorfosis, que lo hacía parecer a otro muy distinto al que se conocía. Porque de ninguna manera estos dos aguerridos y corpulentos defensores de séptimo se podrían haber dado vuelta cuando amagó con patear al arco. Pero para nuestro asombro hasta la roca Rodríguez, que era uno de los defensores, dio media vuelta asustado por la posibilidad de recibir un pelotazo de Pirulo, que como dije, amagó con patear, pero no lo hizo.

Aprovechó que la roca y su compañero se pusieron de espaldas y los gambeteó por un costado para quedar cara a cara con el arquero.

Y culminó la jugada con un nuevo amague.  Esta vez, y cuando el arquero quedó sentado en el piso ante el engaño, empaló la pelota por encima de él y el balón entró mansito por el medio del arco.

El alboroto que se armó con el gol fue descomunal. Los de sexto corrieron a abrazar a Pirulo, otros simplemente se tomaban la cabeza. Nosotros como hinchada gritábamos como locos y comenzamos a vitorear cánticos a favor de Pirulo. Rimas que preferíamos no terminar pero que todos podían entender el desenlace “Vamos Pirulo, juegue Pirulo, que a los de séptimo le rompemos el…”

Los de séptimo no se bancaron la cargada y tuvimos que correr por todo el patio escapando de los puñetazos. Por suerte sonó el timbre que interrumpía el recreo y todos los alumnos volvimos a nuestras aulas.

Nadie le dio importancia a las materias que nos tocaban esa mañana. Rodeamos a Pirulo alabándolo y pidiendo detalles de cómo había logrado esa proeza, pero él volvió a ser el de siempre y sonrojado nos contaba sus sensaciones, con escasas palabras y hasta minimizando su jugada magistral.

Cuando volvimos al recreo el partido se reanudó. Por supuesto Pirulo estaba del lado de sexto y a pesar de que el partido estaba cuatro a uno a su favor, por las caras de los alumnos de séptimo parecía que iban perdiendo.

La primera patada se la ligó uno de los mediocampistas de sexto. La roca Rodríguez le puso la pierna en el medio del pecho y después de cometer la falta lo miró a Pirulo y lo señaló como indicándole que sería el próximo en caer. Estaba claro que seguían humillados por el gol. No puedo explicarles con palabras, la alegría y la excitación que me producía ver a los jugadores de séptimo hipnotizados ante los movimientos de Pirulo. Le lanzaban una y otra vez manotazos y patadas feroces sin poder alcanzarlo, porque no sólo no podían conseguir quitarle el balón, sino que ni siquiera podían cometerle falta. Y Pirulo lejos de asustarse seguía pidiendo el balón y se convertía en líder del equipo. Los patadones llegaban siempre unos segundos tarde y cuando lo rodeaban entre tres o cuatro, pasaba con precisión el balón a un compañero y la jugada se transformaba en peligro de gol.

Precisamente el partido se puso cuatro a tres luego de dos pases geniales de Pirulo dejando al goleador de sexto solo con el arquero. 

Si el encuentro no terminó al menos empatado, fue porque los tramposos de séptimo no quisieron cobrar dos penales más grandes que la escuela y decidieron dar por finalizado el partido antes de que suene la campana del recreo, convencidos que en esos minutos que faltaban  Pirulo podía dar vuelta el resultado.

Esa mañana fue el comienzo futbolístico de Pirulo, aunque los de séptimo no lo dejaron jugar más en todo el año.  En ese patio de nuestra querida escuela se produjo el nacimiento de uno de los mejores jugadores de nuestro pueblo, que años más tarde por suerte decidió desarrollar su potencial en las inferiores de nuestro club, Matienzo.

Siempre que escucho comentarios desafortunados referentes al fútbol y que minimizan lo que puede producir este hermoso deporte en las personas, suelo recurrir a esta historia de Pirulo, y la de muchos otros futbolistas a los que de alguna manera el fútbol les dio la posibilidad de encontrar su lugar en el mundo y hasta mejorar la calidad de vida. Difícilmente lo hubieran logrado sin la existencia de este deporte.  

De esta manera entenderán que la posibilidad de lograr el campeonato en ese año 2008 dependía en gran parte de Pirulo.

El primer partido del campeonato lo jugamos de visitante contra el aguerrido equipo Unión de Morrison y ganamos dos a cero con goles de Pirulo. A pesar del buen arranque, estuvimos tres fechas sin poder contar con él ya que las patadas que recibió en ese partido contra Unión lo lesionaron y le costaba recuperarse debido a su frágil formación física, ésta era tal vez la única contra que tenía como futbolista.

Pese a su lesión ganamos las tres fechas, y esto también demostraba que el equipo se las podía arreglar para ganar sin contar con su estrella.

 Arriesgándome a una comparación cuanto menos exagerada, Pirulo podía ser Messi y nuestro equipo el Barcelona.  Éramos en verdad un equipo y mucho tuvo que ver el pelado Núñez, quien se hizo cargo del plantel el año que descendimos. La contratación del pelado fue otro de los aciertos de la dirigencia. Porque veníamos de décadas frustrantes y con directores técnicos que realmente dieron pena. Creo que mientras pasaban los años sin lograr un campeonato, la desesperación nos fue llevando a confiar en entrenadores que en la primera práctica ya demostraban que estaban más cerca del circo que de saber de fútbol. Recuerdo a uno que el primer día de práctica, armó dos equipos y obligó a los jugadores a colocarse un yeso en la pierna habilidosa antes de comenzar el partido. Era muy penosa la escena de ver a los jugadores haciendo un esfuerzo sobrehumano para correr con el yeso y poder pegarle a la pelota. Parecía un partido de lisiados como decía el canchero. Según el entrenador era una estrategia que había sacado de no sé qué director técnico Europeo y era el mejor método para que los jugadores desarrollen su pierna menos hábil. Los primeros cuatro partidos del campeonato los perdimos por goleada y este impresentable entrenador tuvo que salir del pueblo escoltado por la policía para no ser linchado por los simpatizantes. Otros corrieron una suerte parecida luego de realizar los más disparatados cambios de posición de algunos jugadores dentro de la cancha y que nunca dieron resultado. El caso más increíble fue el de un técnico que se le ocurrió poner a Pirulo de marcador lateral por la izquierda. Un delirante de esos que abundan en el fútbol de hoy en día.

Pero la salvación de Matienzo llegó con la contratación del pelado Núñez.  Rápidamente entendió el juego que debía intentar con los jugadores que teníamos, y los domingos el equipo respondía con pelota al piso y ataques hirientes para los adversarios, aunque nunca descuidando las labores defensivas.  

A pesar de algunas lesiones de nuestros jugadores terminamos la primera ronda del campeonato en lo más alto de la tabla, seguido de cerca, a tan sólo dos puntos por Argentino de Marcos Juárez, el último campeón de la Liga Bellvillense.

A esa altura del torneo ya no sólo nos entusiasmábamos con la posibilidad de alzar el trofeo, sino que parecía que el destino nos daría la frutillita del postre, porque nuestro clásico rival del pueblo, con una defensa desastrosa que había hecho agua durante toda la primera ronda, iba último y con muchas probabilidades de irse al descenso.

Sin embargo el destino nos daba la espalda, nos iba a poner en esa situación incómoda antes del partido final de la segunda rueda. Lo increíble fue que no nos percatamos de la posibilidad de encontrarnos en esa situación hasta el lunes previo al último partido que debíamos jugar contra  Sarmiento de Leones. Más precisamente después de que ese lunes a la noche, en un adelanto de la última fecha, nuestro clásico rival, San Martín, venció al club Defensores de Litín. Quedando de esa manera penúltimo junto a Sarmiento con igual cantidad de puntos, aunque mejor posicionado en goles. Tal vez ya estén percibiendo el dilema que se nos planteaba ante la inminencia del partido contra Sarmiento.

Todos los dirigentes nos reunimos en la sede del club y con la tabla de posiciones en la mano fuimos sacando conjeturas y mirando incrédulos la mala fortuna que nos había jugado el destino. La cuestión era que si le ganábamos a Sarmiento salíamos campeones, pero a su vez salvábamos del descenso a nuestro eterno rival.

Existía todavía la posibilidad de que Argentino no ganara su último partido y entonces nosotros no necesitáramos sumar puntos para conquistar el campeonato. Pero en una avivada, los rápidos directivos de Argentino, adelantaron su partido para el miércoles aludiendo que el fin de semana era el día de su ciudad y lo consiguieron. Mas allá de que se siguió hablando de esta situación en el club y en todo el pueblo, esperamos que Argentino jugara el miércoles el partido, rogando por un milagro que nos salve de la mala suerte.  Como era de suponer, el milagro no sucedió y Argentino ganó en su cancha y se ubicó dos puntos por encima de nosotros. Este resultado nos obligaba a ganar si queríamos salir campeones. El jueves en reunión directiva se formuló esa incómoda pregunta de la que nadie quería hacerse cargo.

Puedo afirmar que muchas veces charlando en la sede del club, jugamos a determinar qué haríamos si se nos presentara una situación como ésta. Sospecho que más de un futbolero, aunque sea una vez, habrá aventurado una respuesta sobre la decisión de tener que elegir entre salir campeones o mandar al descenso a su eterno rival. Es más, llevando esta disertación hacia otros terrenos de la vida, cualquiera se habrá encontrado en alguna oportunidad respondiendo  preguntas sobre posibles contratiempos imaginarios como por ejemplo “qué actitud tomar ante un engañó” o “qué haríamos si nos dijeran que nos queda una semana de vida”. La mayoría respondemos con absoluta seguridad sobre estos dilemas, pero todos  sabemos que esas respuestas están pronunciadas con liviandad precisamente porque son sólo conjeturas imaginarias.

Otros, dan respuestas ingeniosas. Por ejemplo una tarde jugábamos a elegir que único objeto o persona llevaríamos si tuviéramos que navegar solos en un barco durante un año. Las respuestas banales fueron de un libro, un disco, la madre o una minita sensual, que eran las cosas comunes a las que recurrimos todos, sin embargo un ocurrente amigo mío respondió, un salvavidas.

Pero volviendo al tema central que debíamos tratar en esa reunión directiva del jueves, previo al último partido del campeonato 2008, la pregunta imaginaria era insoportablemente tangible. ¿Qué hacer? ¿Salir campeones o mandar al descenso a San Martín?  En circunstancias como éstas, uno llega a conocer a fondo a las personas y las mascaras terminan de caer.

Estaba claro, para lograr el campeonato había que ganar el domingo. La cuestión era si decidíamos ir en busca de los tres puntos.

Debo reconocer que me tentaba la idea de que nuestro clásico rival caiga en la deshonrosa posición de descender de categoría. Pero a pesar de que estaba contrariado por la situación incómoda, desde el primer momento de esa reunión me proclamé a favor de conseguir el campeonato, por un motivo, según mi forma de entender inquebrantable, que expuse ante todos los dirigentes. Se trataba de la honestidad por el juego que amo. De ninguna manera aceptaría la idea de que en el partido del domingo nuestros jugadores fueran para “atrás”, y priorizar el dolor de nuestros rivales del pueblo por sobre nuestra alegría deportiva. Sinceramente pensé que mis palabras iban a ser apoyadas y nutridas de nuevos argumentos a favor de la honestidad deportiva, sin embargo, con el correr de los minutos las opiniones se inclinaban irremediablemente hacia una conspiración desagradable y mis oídos escuchaban incrédulos lo que el mismísimo presidente del club indicaba como el camino a seguir.

En concreto, lo que se decidió en ese salón de escasas luces,  ahora no sólo por la baja energía del lugar, sino también por la decadencia de esos hombres dispuestos a malgastar sus cerebros en actitudes poco iluminadas, fue que nuestros jugadores no ganaran el partido contra Sarmiento y mandar al descenso a San Martín. Además el club estaba en una buena posición económica y nuestros socios no tendrían problemas en seguir aportando dinero  y reforzar el equipo para intentar ganar el título en el próximo torneo. Hasta un dirigente dijo saber con certeza, que el presidente de San Martín y varios socios, aportarían dinero para la próxima campaña con la intención de pelear el campeonato y por lo tanto expresó que ésta era nuestra oportunidad de mandarlos a la segunda categoría.

Me retiré del club triste y enojado.  Guardaba en mi interior la esperanza de que nuestros simpatizantes ese domingo a la tarde alentaran al equipo y con ese fervor empujar a los jugadores a cambiar el rumbo que la dirigencia proponía.

Con el correr de las horas mi desilusión crecía. La hinchada de Matienzo parecía estar de acuerdo con el presidente del club y aunque no lo expresaban abiertamente, no veían con malos ojos dejar caer a San Martín a la segunda categoría. Debo decir que medianamente entendía las razones, porque yo también había sufrido como un loco las gastadas constantes de los hinchas de San Martín cuando descendimos.  A pesar de que nuestro clásico rival nunca había conseguido un campeonato y nosotros llevábamos diez estrellas sumadas a lo largo de la historia, el único club del pueblo que había descendido era Matienzo. De esta desgracia se agarraban los hinchas de San Martín para torturarnos en cualquier lugar del pueblo.  

Yo pensaba aún que reinaría la decencia de los amantes del deporte y que la lealtad hacia nuestro club haría que todos los simpatizantes defendieran el objetivo de intentar conseguir el campeonato tan anhelado. Incluso supuse que los jugadores del equipo que eran de nuestra cantera se opondrían a la inmoralidad de jugar para no ganar. Para mi sorpresa los únicos que se opusieron firmemente fueron los cuatro jugadores foráneos. Los demás jugadores se mantuvieron en silencio, y se sabe que el que calla otorga. Pirulo por su forma de ser estaba claro que acataría las órdenes que le impusieran.

Para mayor desilusión los cuatro jugadores de afuera no se opusieron por defender el honor del juego y de sus principios como personas, sino que tan sólo temían quedar pegados ante una probable sanción si era descubierto el engaño. Por tal motivo pidieron el doble de lo que se les iba a pagar por la obtención del campeonato si querían que jugasen a desgano.  El viernes la Comisión Directiva les rescindió los contratos y fueron echados del pueblo.

Pero ese mismo viernes asomó una luz de esperanza...

El honorable pelado Núñez, el prócer director técnico se negó rotundamente a desoír la voz de su conciencia y se plantó ante los dirigentes aclarando que iba a trabajar para conseguir el campeonato. Creo que esta actitud del pelado despertó a nuestros jugadores que rápidamente se pusieron a favor del entrenador y decidieron jugar honrosamente por los colores de Matienzo. Al fin las cosas estaban en orden.

Por desgracia esta luz  fue sólo en una velita de cumpleaños. Porque los dirigentes resolvieron echar al pelado Núñez, poner al frente del equipo a uno de ellos y enfrentar el partido del domingo con la reserva. De esta manera por más que los pibes intentaran ganar, las chances de obtener el campeonato eran escasas.

La batalla parecía perdida.  Quedaba la esperanza de que los pibes de la reserva lograran el milagro de vencer a Sarmiento, que empatando aseguraban su permanencia en primera y que además jugaban de local. Pero lo que no tuvieron en cuenta los dirigentes fue mi capacidad para convencer a Pirulo.

Porque Pirulo como dije, se mantuvo al margen de los enfrentamientos. Hasta cuando se armó la gresca entre los jugadores locales y el pelado Núñez contra la dirigencia, él se mantuvo alejado de todo.

Esto resultó fundamental para mis intenciones.  Me bastó una charla con él para coordinar el plan y que forme parte del equipo del domingo. Lo convencí de que apoye firmemente a los dirigentes con la idea de no jugar a ganar, de esta manera e intuyendo que lo iban a mandar al banco de suplentes, manteníamos la oportunidad de que entrara unos minutos e intentara torcer la historia. Los dirigentes se tragaron el embuste y realmente pensaron que la estrella máxima del equipo apoyaba sus decisiones.  

Cuando llegó el domingo las cosas estaban según lo previsto.

Los pibes de la reserva en el equipo principal y el único jugador que se había salvado de limpieza era Pirulo, que efectivamente iba al banco de suplentes. No había gran cantidad de hinchas de Matienzo. Alrededor de quinientos o seiscientos simpatizantes había esa tarde, es decir menos de la mitad de lo que se esperaba para un partido de esta importancia.

Se podría afirmar que esa tarde en el estadio había tres hinchadas. Por un lado los simpatizantes locales de Sarmiento y de nuestra tribuna se divisaban dos grupos de hinchas separados. De un costado estaban los que querían la derrota del equipo, y que eran mayoría, y del otro los que ansiaban la victoria, en donde se encontraban los jugadores del pueblo, familiares, el pelado Núñez y yo por supuesto. 

A las dieciséis y treinta comenzó el partido.

En los primeros minutos nuestros heroicos muchachos intentaron con más esfuerzo y empuje que jugadas elaboradas, tratar de adueñarse del balón y lograron algunas aproximaciones al arco. Pero promediando ese primer tiempo, los matungos de Sarmiento decidieron adelantarse unos metros en el campo de juego y dejar de defender, comprendiendo que estaban jugando con pibes que la mayoría no pasaba de los veinte años y que no tenían casi experiencia en la primera. Faltando cinco minutos para llegar al descanso un centro a nuestra área fue conectado por el goleador de ellos y se produjo el baldazo de agua fría, al menos para la parcialidad que queríamos ganar. 1 a 0 y final del primer tiempo.

Comenzó el segundo tiempo y, luego de dos pelotazos en los palos y hasta un gol cantado que se erró el goleador de ellos, todo esto en menos de cinco minutos, tuve la premonición de que el milagro podía suceder.

Pero a los veinte minutos el enganche de Sarmiento cayó en nuestra área y el árbitro cobró un penal que al menos desde donde estaba yo, no lo parecía o generaba mucha duda. Los pibes protestaron el fallo y nosotros, me refiero a los hinchas de mi sector, también puteamos agarrados del alambrado y dándole patadas a los carteles de publicidad. Por supuesto que la otra parcialidad se mantuvo inmutable como en toda la tarde y el dirigente que estaba a cargo del equipo parecía sonreír de felicidad.

Luego de que el enganche pateara el penal por encima del travesaño, del alambrado, del estadio y calculo que hasta fuera del territorio del pueblo, volví a sentir esa misma premonición que al comienzo del segundo tiempo.

Lo único que faltaba era que el mamarracho del entrenador mandara a la cancha a Pirulo, confiando que nuestra estrella se ajustaría al libreto tal cual estaba escrito por los dirigentes.

Faltando quince minutos para terminar el partido uno de los pibes pidió el cambio por cansancio. Y entonces entró Pirulo. Ni bien estuvo en cancha, otros dos pibes fingieron lesiones y el ingenuo entrenador realizó los últimos dos cambios reglamentarios. Por consiguiente quedaban  menos de quince minutos para que Pirulo intentara remontar el encuentro y no lo puedan sustituir de la cancha.

Cuando Pirulo hizo estrellar el balón en el travesaño con un tiro potente desde veinte metros, creo que los dirigentes se deben haber querido matar. Comprendieron el engaño y se dieron cuenta de que no había manera de recomponer la situación. Ni hablar de la cara que deben haber puesto cuando Pirulo en una de sus clásicas jugadas, encaró de derecha a izquierda esquivando a toda velocidad adversarios y ya dentro del área grande acarició suave el balón que se coló entre las piernas del arquero de Sarmiento. Empate y griterío de mi parcialidad.

Los últimos cinco minutos fueron angustiantes para todos en el estadio. No sé si hubo algún otro partido en la historia del fútbol mundial en que tantas emociones enfrentadas se den en un mismo partido. Porque los nervios de los simpatizantes de Sarmiento, asustados por el acecho de un nuevo gol que los enviaba a la segunda categoría, lograron que sus jugadores se resguarden prácticamente es su área. El murmullo silencioso de la mayor parcialidad Matiencista que supongo puteaba por lo bajo a Pirulo por su osadía de ir tras el triunfo, se mezclaba con los gritos fervorosos de nuestro sector en la tribuna, que alentaba a los pibes y a Pirulo a conseguir el campeonato y a salvar la decencia perdida. Muchas emociones y principios enfrentados para tan sólo cinco minutos de vida.

Si es cierto que los momentos felices son esporádicos y que los pequeños milagros que a veces ocurren en esta vida son aún más escuetos, puedo decir que fui partícipe de uno de ellos cuando a los dos minutos de descuento de este glorioso partido, Pirulo encontró el balón despejado defectuosamente con los puños por el arquero de Sarmiento a unos metros fuera del área grande y con un zurdazo despojado de sutilezas, pero destinado a una gloria justiciera, infló la red del arco decretando una victoria a esa altura inamovible.

El pitazo del árbitro sentenció la historia.

Fue una vuelta olímpica emotiva y patética a la vez.  Algunos festejamos el campeonato y corrimos por todo el campo abrazando a los pibes y a nuestra estrella, mientras otros simpatizantes de Matienzo se retiraron o tan sólo aplaudieron por compromiso.

No hubo festejos ni fuegos artificiales en la sede de nuestro club hasta el lunes a la noche. Porque todavía falta agregar un hecho importante dentro de esta historia cargada de situaciones increíbles.

El hecho es que además de lograr el campeonato y salvar del descenso a nuestro eterno rival San Martín, el equipo que debía descender, además de Sarmiento, era Talleres de Bell Ville, club privilegiado ya que el presidente de la Liga era oriundo del pueblo y simpatizante de Talleres. Y que esa misma mañana de lunes, posterior a la última fecha, estableció el sistema de promedios, por lo tanto en ese año 2008 descenderían los dos equipos con menor promedio acumulados de los últimos tres campeonatos. De esta manera Talleres se salvaba de jugar en la segunda categoría y enviaba en su lugar a San Martín que contaba con el promedio más bajo sumando el reciente campeonato con los dos anteriores.

Pese a las protestas de los dirigentes de San Martín no hubo manera de cambiar el fallo y tuvieron que aceptar su destino de jugar en la segunda categoría. Así se cumplían los dos objetivos que tanto dividieron las aguas de nuestro querido club Matienzo. Y fue precisamente el lunes a la noche, luego de conocer este dictamen, que con fuegos artificiales y ante toda la parcialidad unida se festejó el campeonato obtenido y el descenso de nuestro eterno rival.

Por supuesto que hoy la mayoría de los hinchas de mi club dicen haber estado dentro del campo de juego ese domingo histórico, festejando el campeonato abrazados y conmovidos junto a los pibes de la reserva y al nuevo héroe de la institución. Pero las cuentas no me cierran. Creo haber visto a no más de cincuenta o sesenta personas dar la vuelta olímpica junto al plantel en aquella oportunidad. Sin embargo hay miles de hinchas Matiencistas que juran haber estado presentes.

En menor proporción, este hecho se podría emparentar con el debut de Diego Armando Maradona en Argentinos Júnior,  aquel miércoles veinte de octubre de 1976 en la Paternal. Donde más de un millón de personas aseguran haber estado esa tarde en el estadio.      

 

 

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