Matias

Matias

HINCHA PELOTAS


                EL DÍA QUE A LEONEL LO ECHÓ SU SUEGRO

A Leonel, el suegro se la tenía jurada.

No es que se lo dijera directamente aquella tarde en la que irrumpió de improvisto en la habitación, sorprendiendo a Leonel con las manos en pleno movimiento sobre el cuerpo desnudo de su hija, pero en aquella oportunidad, de alguna manera notó en la mirada de su suegro un inconfundible anhelo de venganza.

Confirmó su presentimiento cuando, al salir de la habitación para ir al baño, su suegro le dijo –como quien no quiere la cosa–, que dentro de su casa mantuviera las manos en los bolsillos.

En ese momento, más por nervios que por otra cosa, Leonel esbozó una sonrisa. La situación era incómoda como pocas. Más, si se tenía en cuenta que era la primera vez que entraba a la casa de su novia. Pero el tipo interpretó para la mierda y atribuyó la sonrisa a una falta de respeto a su autoridad y, a continuación, con la mano derecha le dibujó una imaginaria cruz en el aire y después cerró el puño y a continuación se besó, con bronca, el dedo índice plegado de esa mano.

De ahí en más, el odio de su suegro se mantuvo latente y en secreto, porque delante de su mujer y de su hija se mostraba alegre, cariñoso y hasta había veces que dialogaba con él. Pero, cuando se quedaban a solas la situación cambiaba.

Ni bien se quedaban solos se ponía serio y taciturno y lo observaba en silencio con esa misma mirada de aquella tarde o se llevaba el dedo índice a la sien derecha y golpeteaba como para hacerle notar a Leonel que no había olvidado el incidente.

Cuando Leonel se enteró de que su suegro, además de trabajar de contador en una importante empresa, era árbitro de fútbol y había sido transferido a la liga regional en la cual él jugaba, empezó a desvelarlo la idea  que existía la posibilidad que un domingo de ésos podrían cruzarse en una cancha.

Y un domingo, la posibilidad se hizo realidad. Su novia y la madre, al enterarse, decidieron ir al pueblo donde se produciría el encuentro futbolero que tendría a Leonel como jugador y a su suegro como árbitro de ese “encuentro familiar”, como había bromeado Elisa, su suegra, la noche previa al partido. Para las mujeres era una linda ocasión para observar a sus dos hombres. Leonel, en cambio, padecía la inquietud de que su suegro pudiera intentar vengarse, haciéndole pasar una mala tarde en el partido.

No estaba equivocado.

Ya desde la primera jugada Leonel supo que iba a ser más difícil jugar contra su suegro que contra sus rivales porque, al tomar la pelota cerca del área rival y ser derribado salvajemente por su marcador su suegro, lejos de cobrar el foul–que además merecía una tarjeta amarilla–, le indicó con la mano derecha que se levantara y, como si no hubiera sido nada, dejó que siguiera el partido.

Durante todo el primer tiempo Leonel tuvo que tolerar los fallos injustos de su suegro: cuando la paraba con el pecho, cobraba mano; cuando lo sujetaba su marcador, le cobraba agarrón a él y así hasta que en una oportunidad, cerca del final del primer tiempo, Leonel recibió un pase del enganche del equipo y quedó solo frente al arquero. Entonces lo engañó deslizando una pierna por encima de la pelota, al mejor estilo de Ronaldo, y con la otra tocó el balón unos metros para dejar al arquero en ridículo y sentado en el piso. Pero cuando iba a patear hacia la red, el arquero se incorporó con gran rapidez y voló hacia sus piernas realizando un takle digno de un jugador de rugby,haciéndolo caer de boca al piso.

En ese momento se escuchó el silbatazo y vio que su suegro corría desesperado para el lado del área. Era un claro penal  que ameritaba la expulsión del arquero. Sin embargo, el padre de su novia cobró simulación y lo amonestó por intentar engañar a la autoridad. En el estadio no podían creer lo que había cobrado el árbitro. Ni siquiera el arquero infractor parecía haberse dado cuenta, ya que caminaba hacia afuera de la cancha, convencido de que esa era su última participación en el partido.

Leonel, por supuesto, no protestó ni se sorprendió.Sólo observó cómo el árbitro de sus pesadillas anotaba en la tarjeta y pensó que después de ese incidente la injusticia se terminaría ahí, esperando que hubiera saciado su sed de venganza por la escena que había presenciado en la habitación de su hija.

Se equivocaba.

Porque al comenzar el segundo tiempo todo seguía igual, o peor. El juez de línea parecía estar confabulado con su suegro, ya que no hubo jugada dudosa en que no levantara la bandera cuando Leonel picaba para el arco. Incluso levantó la bandera en una oportunidad que Leonel recibió la pelota luego de un saque lateral, aunque en esa ocasión tal vez el error de lineman se debió más que a una confabulación, a su pésimo conocimiento del reglamento.

A cada minuto que pasaba, la bronca de Leonel se hacía más notoria y el padre de su novia parecía disfrutarlo. Ese partido no iba a terminar bien.

Y no terminó  bien. El final que se anunciaba, llegó.

Leonel saltó a cabecear un centro enviado desde la derecha y con su brazo se apoyó –apenas–, sobre su marcador. Pero al muy turro eso no le importó porque ni bien sintió el contacto, se llevó las manos hacia  la cara y se tiró al piso aparatosamente, como si hubiese recibido un tortazo de Mike Tyson.

Su suegro ni siquiera tuvo la delicadeza de expulsarlo por segunda amarilla. Puso sus manos en el bolsillo trasero, sacó la tarjeta roja y se la mostró a centímetros de su cara, como para que Leonel pudiera leer en la tarjeta –que prácticamente le rozaba la nariz–, las siguientes palabras: “Un padre nunca olvida”.

Como quien está seguro que no obtendrá respuestas, Leonel se retiró resignado y sin objetar nada de la cancha.

Su novia y su suegra se enojaron con su suegro por haberlo expulsado de la cancha, y así lo manifestaron esa misma noche y en presencia de Leonel, que había sido invitado a cenar. A pesar de las insistencias de las mujeres para que le pidiera perdón, su suegro argumentó que dentro del campo de juego no existen favoritismos y que había obrado correctamente.

En un arrebato de calentura, Leonel decidió desenmascarar a su suegro y lo increpó diciéndole que no lo había expulsado por lo sucedido en la cancha sino porque le tenía bronca por ser el novio de su hija y por aquella tarde en que los encontró en su casa, en una situación... “comprometida”.

Pero su suegro, imperturbable como en la cancha, insistió con que sólo había obrado con justicia debido al comportamiento inadecuado de Leonel en el partido de esa tarde y que de ninguna manera se trataba de un ajuste de cuentas.

Días después, cuando Leonel tuvo que notificarse en el club del informe que había pasado su suegro al tribunal de disciplina por la tarjeta roja, supo que no había nada que hacer.

La razón de la expulsión era: “Uso desmedido de las manos”.


 

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