Matias

Matias

PERSONAJES



                                        MANUEL Y LAS “PIANERAS”

 
Aunque me cueste admitirlo tengo que reconocer que pude pasar las mejores semanas de mi vida, al menos en el plano sexual, gracias a Manuel. Nunca me cayó bien, esa es la verdad. Nunca pude digerir su forma de ser arrogante y engreída, ni su pedantería al hablar. Pero por sobre todas las cosas lo que más me irritaba era su manera de tocar el piano. Tocaba maravillosamente, es cierto, pero no soportaba las poses y las exageraciones que hacía al tocar, en una palabra, lo que molestaba era que “canchereara”.
Tengo que reconocer que tal vez mi repulsión por su actitud se debiera a cierta envidia que le tenía, ya que él tocaba el piano mucho mejor que yo, eso era indudable, y verlo acomodarse el cabello mientras tocaba alguna obra complicada me hacía poner los pelos de punta.
Pero la verdad es que su alter ego y su constante apetito de competencia hacían que yo rehusara de su compañía, porque él siempre encontraba la oportunidad para rebajarte, para herirte con su evidente superioridad pianística. Y eso que conmigo se cuidaba bastante. A mí no me verdugueaba demasiado. Tal vez se debía a que yo nunca puse en duda su superioridad. Siempre le resalté que él se encontraba unos cuantos escalones más arriba que todos nosotros.
Cuando digo “nosotros” me refiero a todos los alumnos que habíamos aprendido a tocar con el gran profesor de piano Juan Carlos Silvera. Quizás por eso conmigo casi no existía la competencia, pero los demás compañeros que acudían a las clases de Juan Carlos no lo podían ni ver.
Una tarde, después de mucho tiempo sin verlo, me lo crucé en un café y me entregó una invitación para que lo fuera a escuchar a la noche a un bar donde, según me dijo, venía realizando conciertos desde hacía unos meses y ya era toda una estrella. Todos morían por él y hasta tenía un club de fans, y la mayoría de los integrantes de ese club eran mujeres. Tan sólo de escucharlo hablar me había causado tal rechazo que me acuerdo que acepté la invitación, le metí cualquier excusa para sacármelo de encima cuanto antes, y me retiré del lugar para que no terminara de amargarme la tarde.
Yo ya había escuchado comentarios sobre sus sorprendentes actuaciones en ese bar y efectivamente sabía que era cierto que era la estrella del lugar. Incluso me habían asegurado que la gente hacia largas colas en la puerta del bar para escucharlo tocar.
Por supuesto, no pensaba ir.
Claro que esa noche todos los planes que tenía se desvanecieron. Nadie me respondía los mensajes de texto y la verdad es que no estaba de humor como para quedarme solo en mi departamento un viernes a la noche.
Como al fin y al cabo no tenía otra alternativa, fui hasta el bar.
Miré mi reloj y me di cuenta que ya era algo tarde. Calculé que para cuando llegara al lugar, Manuel ya estaría tocando y yo podría tomar unos tragos, tranquilo en la barra, escuchando su estupenda manera de tocar el piano. Me juré no mirarlo mientras tocara, de esa manera lograría no irritarme con su comportamiento.
Tardé más de lo que pensaba en llegar al bar y para mi desagrado Manuel había terminado de tocar la primera parte del show. Ni bien me vio entrar se levantó de su silla y me hizo señas, llamándome para que me dirigiera a su mesa. No pude fingir que no lo había visto, así que fui hasta allá.
El bar efectivamente se encontraba repleto y en su mayoría eran mujeres de toda clase de edades. Mientras me acercaba a la mesa de Manuel, pude advertir las miradas de varias mujeres que me observaban con curiosidad, seguramente debido a los gestos aparatosos que Manuel me hacía en ese momento. Ni bien llegué a su encuentro me abrazó de manera exagerada y me presentó a sus acompañantes de la mesa. Eran cinco mujeres jóvenes que me saludaron, de lo más desinhibidas.

- Cuidenmelo bien chicas, así como le ven, éste es mi heredero. Cuando yo no esté, va a ser el mejor pianista que puedan escuchar – dijo Manuel y me indicó que me sentara en su silla. Después se encamino hacia el escenario para comenzar con la segunda parte de su presentación.

Las cinco mujeres posaron su atención sobre mí y me atosigaron con preguntas. De repente, después de estar solo durante horas en mi departamento, me encontraba con las miradas y la atención de cinco mujeres hermosas.
Me costaba creer del todo lo que veía y escuchaba, era evidente que por alguna razón, que al menos en ese momento yo desconocía, parecían realmente interesadas en mí.
Por suerte Manuel empezó con la segunda parte del show y las mujeres desviaron la atención hacia el escenario. Yo salí de mi incomodidad y me pedí un whisky para intentar darme ánimo, ya que mi actitud había sido bastante desilucionante para mi ego masculino.
Manuel arranco tocando “Rhapsody In Blue” de Gershwin y con los primeros compases los aplausos se escucharon por todo el bar.
Tocaba maravillosamente a Gershwin.  Disfruté muchísimo, y mientras los temas se sucedían uno tras otro, los vasos de whisky que yo me tomaba, también iban en aumento.
De vez en cuando Manuel mostraba su vanidad. En algunos pasajes dejaba de mirar sus manos mientras tocaba y miraba al público con cara de superado, haciendo alusión a que era demasiado sencillo para él. Hasta tuvo tiempo de guiñarles el ojo a algunas de las mujeres que se encontraban sentadas cerca del escenario, sobrando un poco la situación. Me molestaba muchísimo, pero tal vez el whisky y en especial el hecho de que una de las chicas que estaba sentada al lado mío en la mesa me acariciara la pierna, me mantenían entretenido y comenzaba a excitarme pensando en lo que podía deparar la noche.
Los temas que Manuel interpretaba iban tomando más temperatura, cada compositor que tocaba hacía que el ambiente en el bar se contagiara con los acordes, con el tremendo swing que imponía.
Pasaba de Oscar Peterson a Count Basie. Hacía escala en Ray Charles para desembocar en un Boggie a puro ritmo. Después se abocaba a la interpretación de la música de Chick Corea y apabullaba con algunas improvisaciones al estilo Errol Garner. Sobre la culminación de la presentación tocó algo de Bill Evans y, a pedido del dueño del bar, ejecutó una versión espectacular de “Adiós Nonino” de Astor Piazzolla.
El final de la segunda parte lo dejó para tocar junto al trío “Caravana” de Duke Ellington. Sencillamente genial y contundente. Todos los espectadores estaban derretidos al finalizar el segundo acto. Yo mismo lo aplaudí a rabiar.
Nadie se movió de sus asientos cuando Manuel se bajó del escenario, porque todos sabían que luego de un rato volvería para tocar los bises.
Ya ni siquiera hacía falta que se lo pidieran, todos parecían conocer el ritual. Manuel se tomaría unos tragos y terminaría su presentación de la noche improvisando junto a dos muchachos estables del lugar – un contrabajista y un joven baterista –, quienes ya lo habían acompañado con el tema “Caravana”
Ni bien se acercó a la mesa saludó a las chicas con un beso a cada una y se sentó justo enfrente de mí. Las chicas lanzaban todas clases de exclamaciones sobre su actuación, y cada una eligió una canción distinta como tema favorito. Manuel agradecía con falsa humildad, mientras le hacia señas al mozo para que le trajera su trago de cabecera: Tía Maria. Eso también me molestaba. ¿Cómo podía tomar esa bebida tan insulsa?
Recuerdo que yo también le elogié su desempeño en el piano, y como el whisky ya me había empezado a hacer efecto me animé con algunas bromas acerca de errores que había notado pero que en realidad no habían existido. Manuel me miró y lejos de agrandarse con su actuación exitosa, comenzó a alabarme.

- Chicas, ustedes no saben el tremendo pianista que tienen sentado al lado suyo – dijo, mirando a las cinco y señalándome. Todas me miraron. – No conozco a ninguna persona que toque “Rag Times” como lo toca él. Si estuviese vivo, el mismísimo Scott Joplin lo envidiaría si lo escuchase interpretar algo de su música.

- ¡Qué bueno! ¿Tocas “el golpe”? – dijo la chica que me había estado acariciando la pierna durante buen rato de la presentación de Manuel

- En realidad se llama “El Anfitrión”, “El Golpe” es el nombre de la película donde se escucha esa canción de Scott Joplin – dijo Manuel acertadamente.

- Sí, lo sé tocar, pero no creo que sea para tanto como dice Manuel – dije, con modestia.

-No le hagan caso, lo que pasa es que es muy humilde, pero créanme que es el mejor que escuché tocando ese estilo – insistió Manuel y me sorprendió que estuviera elogiando tan abiertamente a otro pianista.

- A mi también me gustan los Rag Times – dijo otra de las chicas y me clavó una mirada muy insinuante.

- Siempre le envidié la forma de tocar la música de Scott Joplin – dijo Manuel elogiándome otra vez, lo que me hizo pensar en que algo infrecuente le debía estar pasando. No parecía ser el que yo conocía. Porque aunque era cierto que Manuel no era un buen intérprete de Rag Times, tal vez por que no sentía demasiado el estilo, se podría decir que era prácticamente el único estilo que no había podido tocar realmente bien.
Así como también puedo decir que algunos Rag Times es lo único que yo puedo tocar con la suficiente fidelidad.
Una voz requirió la presencia de Manuel y antes de dirigirse hacia el escenario, para realizar la consumación del show, me guiñó el ojo y me hizo una seña que no alcancé a comprender.

- Me lo llevo un segundo chicas – dijo Manuel levantándose de su asiento y me miró como para que lo siguiera. Era muy extraño su comportamiento.

- Permiso chicas – dije, o al menos algo parecido a eso se escuchó, porque mi dicción comenzaba a perder eficacia. Todas sonrieron mientras yo me alejaba, siguiendo a Manuel sin saber adónde.

Manuel le habló al oído al presentador en el escenario y al bajarse me indicó con la cabeza para que lo siguiera hasta el baño. El hombre en el escenario desvió la ansiedad del publico por escuchar a Manuel con algunos chistes y gastadas a los dos músicos que se encontraban en el escenario, que sonreían algo nerviosos y sin entender la demora que se había producido.

- ¿Qué pasa? – le pregunté intrigado a Manuel cuando ya estábamos a solas en el baño.

- Me tenés que ayudar, porque ya no aguanto más, ya no puedo ni vivir tranquilo, me siguen donde vaya, ¡me están volviendo loco! – dijo Manuel, muy nervioso. Mientras más lo observaba menos me parecía conocerlo, estaba como perdido y hasta parecía abatido.

- ¿Quienes te vuelven loco, no te entiendo?...

- ¿Cómo quienes? Las chicas de la mesa. – Me miró y seguramente se percató de que yo seguía sin entenderle –. No me digas que no las conocés…

- No, es la primera vez que las veo – le dije con total naturalidad.

- ¿Me estas jodiendo? No puedo creer que no las conozcas. ¡¿En qué mundo vivís vos?! Pensé que te habías dado cuenta – dijo Manuel, sorprendido por mi desconocimiento.

- No te jodo, ¡no tengo ni la más pálida idea de quienes son! ¿Pero por qué? ¿Qué pasa?

- Son “Las Pianeras”. No me digas que ni siquiera escuchaste hablar de ellas… – Manuel me miraba escéptico.

En ese momento me quedé un rato en silencio, como reflexionando acerca de lo que escuchaba. En realidad, había escuchado rumores acerca de las denominadas “Pianeras”, que eran algo así como las “Botineras”, pero amantes de los pianistas. Para mí no era más que un mito, comentarios de gente pasada de copas, o tal vez la alucinación de algún pianista adicto que había fantaseado con la idea de mujeres devotas de las teclas. Pero al escuchar a Manuel y al rebobinar un poco lo que había acontecido en la noche, no tuve otra opción más que dar crédito a lo que mis oídos escuchaban en ese momento.
Porque además Manuel hablaba de una manera sufrida. Por su actitud, era evidente que no se trataba de una chicana para refregarme en la cara la victoria de cinco mujeres rendidas a sus pies, sino que parecía estar pidiendo auxilio.

- Sí, algo escuché, pero pensé que eran habladurías nomás – dije rompiendo el silencio.

De todos los comentarios que había escuchado, el primero que se me vino a la cabeza en ese momento fue el de un colega que una noche me había jurado haber estado en presencia de cinco mujeres jóvenes y hermosas, que al parecer estaban entusiasmadas con él por el simple hecho de que tocaba el piano. Me contó ese episodio de una manera tan vívida que al principio llegué a pensar que podía ser cierto, pero después descreí de ese comentario porque francamente me parecía una locura.

- No son comentarios, es verdad, y estuviste sentado al lado de ellas hasta recién – me dijo Manuel.

- Me lo hubieras dicho antes y no hubiese estado tan tímido – le dije bromeando, aunque me puse serio nuevamente al observar su cara de preocupación.

- Te voy a ser totalmente sincero – dijo Manuel, que seguía con la seriedad en su rostro –. Esta tarde, cuando te vi, pensé que podías ser mi salvación. Porque ya no soporto más esta situación, no puedo sacármelas de encima. Ahora ni bien termine de tocar, disimuladamente voy a tratar de irme del bar sin que me vean, y por eso te necesito. Me gustaría que me hagas el favor de distraerlas. Hablales un poco de tus experiencias con el piano, contale algunas historias, no sé, cualquier cosa. ¿Viste que les gusta la música de Scott Joplin? Recuerdo que vos conoces bien la historia de su vida, hablale un poco de él, o de lo que quieras, pero mantenelas entretenidas un rato, hasta que yo ya me haya ido del bar.

- Sí, no hay drama, yo te cubro – le dije, algo divertido al notarlo tan asustado.

- No te pido que te vayas con ellas, ni que las seduzcas, pero aunque sea por un rato, haceme el aguante.

- Quedate tranquilo, no te las voy a sacar, no las voy a encarar sabiendo que están con vos.

- ¡¿Sos pelotudo vos?! – me sobresaltó el tono con el que me habló, era obvio que yo no lo entendía bien todavía –. Encarátelas si querés, me hacés un favor. ¡No sabés lo que son! ¡No se te despegan ni un día! Si hablás con alguna otra mujer, después le buscan quilombo. La semana pasada conocí a una chica divina que había venido a ver el show, me puse a hablar nomás, no fueron mucho más que unos minutos, al otro día me enteré que tuvo que ir al hospital. Las cinco la habían agarrado a trompadas. Para colmo, una de las “Pianeras” es sobrina del intendente, así que nadie le dice nada. Si querés pasar la noche con ellas, hacelo, pero después no te quejés, son insufribles.

- Está bien, no te hagas drama, sé cuidarme. Yo te cubro, andá a tocar y despreocupate – comprendí perfectamente lo que me decía, pero la verdad es que yo ya estaba bastante excitado con la situación y prefería correr el riesgo y de ultima, después cargar con las consecuencias. Manuel me miró y seguramente se percató que sus consejos no habían servido de nada.

- Gracias y suerte – me dijo, y se dirigió hacia el escenario que le esperaba como la estrella que era.

Yo me senté en la mesa con un nuevo vaso de whisky y con otra actitud después de la charla con Manuel. Las chicas, si bien lo miraban a él mientras tocaba, de vez en cuando giraban sus cabezas para observarme y yo les respondía con gestos insinuantes y seguramente patéticos.
Cuando las improvisaciones terminaron, Manuel se bajó del escenario y saludando a la gente se fue arrimando paulatinamente a la salida. En un momento desapareció de nuestra vista. Yo me hice cargo de la situación y mientras pedía tragos para todas en la mesa comencé a contar la historia de Scott Joplin, y a jactarme de mi interpretación de su música en el piano.
No pasó mucho tiempo para que una de las chicas me desafiara a que demostrara mis atributos musicales en el piano de su casa. Sin dudarlo, fuimos para la casa de esta joven que según decía tenía un piano de cola que le había traído del extranjero su tío, intendente de la ciudad.
A pesar de que yo albergaba cierta esperanza acerca de lo que podía pasar cuando estuviésemos a solas en la casa, no dejaba de tener la sensación de que seguramente la devoción de estas chicas por los pianistas se debía más que nada a un sentimiento de admiración, o amor naif, más que a una pasión que las llevaba a sentirse atraídas sexualmente.
Cuando llegamos a la casa de la sobrina del intendente no había nadie. Según me dijo, sus padres estaban de vacaciones y no volverían hasta el lunes a la mañana, así que ni bien entramos me hicieron sentar al piano para que tocara “El Anfitrión”, de Scott Joplin.
A pesar de los vasos de whisky que tenía encima logré tocar ese tema con bastante seguridad como para estar a la altura de los que las “Pianeras” solicitaban. Cuando terminé de tocar el último Do Mayor en el piano de cola, una de las chicas se me subió encima y de un solo tirón me desabrochó la camisa. Cuando comenzó a besarme, mientras otra de las chicas me sacaba las zapatillas, empecé a pensar que tal vez sí se sentían atraídas sexualmente, pero a decir verdad en ese momento ya no pensaba y me dejé llevar por la situación.
Tuvimos sexo, comimos, escuchamos música, bebimos, volvimos a tener sexo, hablamos, toqué el piano nuevamente, y así seguimos durante todo el fin de semana. Me fui de la casa el lunes a la madrugada, un par de horas antes de que llegaran los padres de las vacaciones.
Tal cual me lo había anticipado Manuel, el asedio de las “Pianeras” era  asfixiante. Luego de un par de semanas inolvidables, todo se tornó difícil de sobrellevar. No podía vivir en paz, me seguían a todos lados, no me dejaban hablar con nadie, incluso hubo un altercado con mi madre.  
En una ocasión, cuando me vieron hablar con ella y se vinieron al humo las cinco, apenas si pude convencerlas que era mi madre antes de que la golpearan.
Pero yo encontré una manera menos engorrosa que la de Manuel para sacármelas de encima. Porque lo que no dije es que Manuel desapareció después de aquella noche en el bar y no se supo más nada de él. Hubo rumores de que se encontraba en España, donde tenía parientes que le habían conseguido el contacto para tocar el piano en un restaurante de Madrid. Pero lo cierto es que nadie lo volvió a ver, es por este motivo que hablo de él como si ya no existiera, porque en realidad nadie sabe nada a ciencia cierta sobre su paradero.
Como dije, mi manera de despegarme de las “Pianeras” fue mucho más sencilla.
Una noche organicé un show en el mismo bar en donde las había conocido. Por supuesto las invité y ahí estaban a la hora del show.
Pero en esa ocasión, mi desempeño musical se encontraba lejos de las teclas. Hicimos música clásica y yo me dediqué a tocar el violín.
Las “Pianeras” ni siquiera me observaron por un momento. Cuando me vieron sujetar el violín, dejaron de registrarme, pero sus miradas se posaron –tal como yo lo había previsto –, sobre el joven pianista que interpretaba las obras de Beethoven con total pujanza.
Cuando terminó el show y me retiraba del lugar pude observar cómo las “Pianeras” se abalanzaban histéricamente sobre el joven pianista, sin ni siquiera dejar que los amigos, amigas y familiares del muchacho pudiesen saludarlo.
Hoy, pasados casi dos años de aquella noche, las recuerdo y aunque percibo el alivio de sentirme libre de sus persecuciones, no puedo negar la sensación de extrañarlas. En especial hoy, que es viernes, y me encuentro solo en mi departamento como aquella noche en que las conocí, sin que nadie me responda los malditos mensaje que envié, y mientras todos mis planes se desvanecen.

 


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