Matias

Matias

PERSONAJES


                                    GONZALES VS LÓPEZ

 

-Si quiere que le cuente lo que pasó entre Gonzáles y López me tiene que prometer que no va a utilizar mi nombre. No quiero tener problemas, ni que en el barrio se comente que ando ventilando cosas.

- No se preocupe, no hace falta que me diga nada que lo comprometa. Solamente me interesa que me cuente lo que ocurrió. Me dijeron que usted es el que más sabe sobre este asunto.

- Y no le mintieron. Porque yo lo conozco desde el comienzo, ¿me entiende? Si usted va por el barrio preguntando, seguro que encontrará mucha gente que le va a contar sobre esta historia, pero nadie se la puede narrar con la misma minuciosidad que yo.  Ahora, ¿puedo hacerle una pregunta?

- Sí, por supuesto.

- ¿Para qué diario trabaja usted? Porque algunos ya han contado esta historia y déjeme decirle que no han hecho más que escribir calumnias.

- No trabajo para ningún diario. Soy escritor y estoy buscando una buena historia. Tengo un amigo que vive en este barrio y me contó sobre lo sucedido entre estas dos familias. Me pareció interesante. Por eso quise venir a investigar. Tal vez me sirva para escribir una novela, o un cuento.

- ¡Ah bueno! Si es escritor va a ser un gusto contarle. Además yo también escribo. Nunca publiqué nada, pero tengo varias novelas empezadas. Si usted quiere se las puede llevar. Por ahí le sirven de inspiración.

- Puede ser... Pero preferiría que comience a contarme sobre los Gonzáles y los López.

- Sí, claro. Bueno, empiezo a contarle. Pero le tengo que advertir que es un poco larga la historia.

- No hay drama. Cuente tranquilo, total tengo tiempo. Siempre y cuando usted no esté muy ocupado.

- No. Como verá están casi todas las mesas libres. Al mediodía no viene mucha gente al bar y menos un lunes. Recién a la noche se empieza a llenar. Sobre todo para jugar al casin. ¿Usted juega casin?

- Sé más o menos de qué se trata  pero nunca jugué.

- Se lo comento porque en esa mesa que ve ahí, los conocí por primera vez al Luisito Gonzáles y al narigón López.

- ¿O sea que acá arranca la historia?

- Sí y no. No se me adelante, amigo. Arranca mí historia con ellos. Pero ellos se conocían desde siempre. Los dos nacieron en el barrio. En las mismas casas que más tarde heredaron para formar sus propias familias.

La amistad provenía de épocas remotas. Los padres de estos dos que les cuento, embarcaron juntos desde España escapándoles a la guerra civil, y se instalaron en el barrio. Uno enfrente de otro. Así vivían en España y así decidieron vivir acá, en argentina.  Es decir, como vecinos de enfrente, ¿me entiende? Es más, en una oportunidad Luisito Gonzáles me contó que su padre renegó muchísimo para poder comprar la casa frente a su amigo López, porque al parecer la mujer que vivía ahí, no tenía ninguna intención de vender. Así que le ofreció el doble del valor y la mujer aceptó. En fin, cosa de gallegos.

- Entonces, por lo que me cuenta, eran prácticamente familia.

- Exacto. Fíjese que cuando Luisito Gonzáles y el narigón López se casaron  decidieron seguir viviendo en las mismas casas para no perder contacto.

- ¿Pero cuál fue el problema entre ellos? Porque debe haber sido algo importante como para romper con una amistad tan fuerte.

- Nada que ver. Cuando le cuente el motivo usted no me va a creer. Es más, como le decía al principio, si se deja llevar por lo que se comenta en el  barrio, va a escuchar todo tipo de supuestos conflictos que en realidad no son el eje central de la ruptura. Es mucho más sencillo de lo que la mayoría cree.

- El amigo que me contó sobre esta historia me dijo que en el barrio se hablaba de una infidelidad. Que al parecer la mujer de López habría tenido un romance con Gonzáles.

- Algo de eso hay. Pero no es el comienzo de la enemistad.

- O sea que hay algo previo.

- Algo no. Yo le diría que casi toda la historia es previa a esa supuesta infidelidad que usted menciona.

- Ya sé, tal vez alguna cuestión que tenga que ver con el dinero…   

- Frío, mi amigo. Ya le dije que es una cosa mucho más chiquita, una tontería. Al menos para que todo termine como terminó.

- Déjeme adivinar. En este país, si no es cuestión de polleras ni de dinero, seguro que es algo relacionado con el fútbol.

- No, pero está un poco más cerca.

- ¿Diferencias políticas?

- Mire, la ruptura comenzó en este bar…

- ¡Claro, problemas con  la bebida!

- Error. Prácticamente no tomaban alcohol. A lo sumo alguna copita de vino de vez en cuando, pero no como para considerarlo un vicio frecuente.

- Me doy por vencido. No se me ocurre nada más.

- Fue por un partido de casin…

- ¿Por un partido de casin?

- Mejor dicho, por la cargada desmedida que el narigón López le hizo una noche al Luisito Gonzáles luego de ganarle la final del campeonato.

- ¿Está seguro que fue por eso?

- Segurísimo, fue acá, en la mesa que usted está mirando donde empezó todo.

-  No puede ser, tiene que haber sido por otra cosa.

- Le aseguro que fue así como le cuento,  todo lo que vino después no hubiese sucedido si no jugaban ese partido de casin.

- ¿Tanto les importaba el Casin?

- Sí, déjeme que le explique bien. Los dos eran fanáticos del juego.  Eran socios de un club donde iban a jugar todas las noches, así que cuando vieron la mesa le empezaron a enseñar a otros muchachos que vienen siempre al bar.  Bueno, el partido que le cuento era la final del campeonato, el bar estaba repleto y lo más increíble fue que el Luisito Gonzáles estaba nada más que a tres tantos de ganar y al narigón le faltaban como cuarenta. No sé si usted entiende mucho de casin, pero por las dudas le aclaro que esa diferencia es prácticamente imposible de remontar. Bastaba una carambola sencilla para que el Luisito se consagrara campeón. Como se imaginará el campeonato lo ganó el narigón López, que ni bien metió los últimos tantos pegó un grito de alegría y lo gastó de lo lindo a su amigo.  La cara del Luisito Gonzáles en ese momento fue indescriptible, tenía una bronca descomunal.  A todo esto el narigón, embalado por los muchachos del bar, empezó a bromear dando la vuelta olímpica alrededor de la mesa y lo siguió gastando.

-¿Y  el otro qué hizo?

- El Luisito fue a guardar el taco masticando bronca, pero no terminó todo ahí. El narigón desde la barra le preguntó si quería la revancha, el Luisito le dijo que sí, que si quería en ese mismo momento la jugaban. Y el hijo de puta del narigón, con un tono bien sobrador, le dijo que no iba a poder ser, porque se había retirado para siempre del casin después de esa victoria.

Eso fue lo que más le dolió a Gonzáles. Para colmo los muchachos metían fichas.  La cargada siguió durante toda la semana, yo tuve que poner un poco de orden para que mermaran con las gastadas porque el Luisito ya casi ni venía al bar, tan caliente que estaba con las bromas.

-¿Y qué pasó después?  Seguro que Gonzáles se tomó revancha y ahí se fue todo al diablo.

-Exacto. Pero llamar revancha a lo que hizo el Luisito Gonzáles es poco. Yo diría que fue como mínimo una inconsciencia.

-¿Por qué? ¿Qué hizo?

- Lo secuestró.

- ¡¿Lo secuestró?! ¡¿A quién secuestró?!

- No sabe lo que fue el barrio por unas horas. No entendíamos nada.

- No entiendo lo que me dice, ¿a quién secuestraron?

- Al narigón López. En realidad fue un secuestro fingido ¿me entiende?

- Más o menos.

- El Luisito Gonzáles contrató a un par de tipos para que secuestraran al narigón, lo llevaran a un aguantadero y lo tuvieran ahí…

- ¡No se lo puedo creer!

- Créalo, es así como le cuento.

 -¿Pero cómo fue? ¿Qué hicieron? ¿Cuándo lo soltaron?

-Espere, despacio, no se apure. En realidad la idea del Luisito era asustarlo por unas horas, que lo tuvieran ahí y le hicieran el cuento del secuestro hasta que llegara él. El problema fue que al narigón casi le da un bobazo y tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital…

-¡No, no puede ser! ¡Me está agarrando para la joda!

-Bueno, mire, vamos a hacerla corta, si usted ante cada cosa que diga va a desconfiar, no hablemos más y no me haga perder el tiempo.

- Está bien, perdón,  es que se me hace difícil creer lo que me cuenta.

- Pero es la verdad, si no me cree, vaya y pregunte por el barrio, se va a dar cuenta que no le estoy mintiendo.

- Le creo, de verdad, siga contando.

-Bueno, como le decía… Al narigón lo llevaron al hospital. Y fíjese lo caliente que seguía el Luisito que cuando le dijeron lo que había pasado, se fue para el hospital y lo primero que le dijo a su amigo en la pieza fue que le diera la revancha al casin. Ni siquiera le pidió perdón por lo del secuestro. Tampoco le preguntó cómo se sentía. Nada. Estaba con la sangre en el ojo por aquel partido.

- ¿Y López qué hizo? Seguro que lo mandó al carajo.

- El narigón redobló la apuesta. No le aceptó la revancha y le dijo que se las iba a pagar. Que no iba a quedar todo así.

- Ah bueno, uno peor que el otro.

-  Y sí, los gallegos son así. Yo también tengo parientes en España y no sabe lo tercos que son. Cuando se les pone algo en la cabeza no hay forma…

- ¿Y los familiares qué hicieron cuando se enteraron lo que pasaba?

- Nada, qué iban a hacer, no le digo que son tercos, no hubo manera de hacerlos entrar en razón. Ninguno quería dar el brazo a torcer, así que ni bien se recuperó, el narigón López se desquitó en el cumpleaños del Luisito.

- ¿En el cumpleaños? ¿Qué hizo?

- Le mandó una mina a la casa en pleno festejo familiar.

- ¿Cómo una mina? ¿Se refiere a una prostituta?

- No, qué prostituta, le mandó a una actriz, embarazada para colmo. Y delante de toda la familia esta mina dijo que estaba esperando un hijo suyo.

- ¡¿Qué?! ¿Pero no se dieron cuenta de que podía ser una broma?

-No, porque se ve que la mina era buena actriz, y el hijo de puta del narigón le había dado toda la data sobre el Luisito. Dónde trabajaba, qué día cumplía los años, la mina largó toda la vida del Luisito, porque obviamente el narigón conocía todos los secretos de su amigo. Mire lo bien que lo habrá planeado el narigón, que cuando en un momento de tensión, ahí, en el cumpleaños, la mujer de Gonzáles la apura a esta actriz para que le diga dónde se encontraban para… bueno… hacer el amor digamos, la mina le nombró el motel que está a dos cuadras del laburo del Luisito.  Ahí se le puso difícil para que la familia le crea que no conocía a la mina, porque a ese motel llevaba a su mujer cuando recién estaban de novios.

- ¿Y qué pasó después? ¿Se supo que era una impostora, me imagino?

- Sí, pero le costó un par de semanas convencerlos a todos. El Luisito le fue a pedir al narigón que le vaya a decir a su mujer que era un engaño que había inventado él. Pero López no quiso saber nada. Que se las arregle, le dijo.

 - ¿Y cómo siguió todo?

- Siguió como al principio. Otra vez el problema inició porque el narigón se negó a jugarle la revancha al casin. Casi se agarran a trompadas en el bar. ¿Y quiere que le diga una cosa? Eso hubiese sido lo mejor. Estas cosas se solucionan así. Un par de puñetazos y listo. En una de esas con el tiempo se amigaban. O no volvían a hablarse,  pero se terminaba el asunto. Sin embargo los muchachos del bar los separaron. Yo les dije que los dejaran sacarse las ganas, así se dejaban de joder, pero no me hicieron caso y los dos se fueron del bar amenazando con más represalias.

- ¿Y hubieron?

- ¿Qué cosa?

- Represalias.

- Ah, sí, déjeme pensar… si no me equivoco, después vino el incidente del reloj.

- ¡Cierto! ¿Quién era el que coleccionaba relojes?

- López, bah, en realidad el que empezó con la colección fue el padre del narigón, pero él siguió los pasos. ¿Cómo sabe usted eso?

- Porque  una vez le hicieron una nota de televisión, creo que era para un programa de Crónica. ¿Puede ser que tenía como más de quinientos relojes?

- No sé si tantos, pero por ahí andaba. Y lo de crónica es cierto y le hicieron de otros canales también. A mi en una oportunidad me mostró su colección, era imponente, la verdad.

- ¿Qué fue lo que paso con los relojes?

-Resulta que López tenía la costumbre de estrenar un reloj que le enviaba una fábrica de San Nicolás para año nuevo.  Al parecer el dueño de esta fábrica era amigo del padre de López y todos los años le preparaba un reloj extraño, algo especial, digamos. El Luisito Gonzáles una semana antes de año nuevo viajó hasta San Nicolás y le hizo el verso al dueño de la fábrica alegando que estaba de paso por la ciudad y él podría llevarle el reloj a su amigo. Obviamente el dueño se lo entregó porque lo conocía. En alguna oportunidad el Luisito le había regalado un reloj de la fábrica al narigón así que el dueño, en vez de enviarlo con un comisionista como todos los años, se lo entregó…

- Ya sé, no me diga nada. Gonzáles se quedó con el reloj y le dijo a López que si lo quería recuperar le juegue la bendita revancha al casin.

- No, nada que ver. Aunque, lo felicito, no hubiese sido una mala jugada.

- Claro, seguro que López agarraba viaje, teniendo en cuenta cómo le gustan los relojes.

- Sí, puede ser. Lo que le aseguro es que su idea es mucho más pacifica que la del Luisito.

- ¡No me diga que le rompió el reloj!

- No, pero creo que López hubiese preferido eso antes de lo que pasó.

- Cuénteme porque me está matando la intriga. ¿Qué se le ocurrió a Gonzáles?

- Creo que la idea la sacó de una película... nunca me puedo acordar del nombre… pero era una Yanqui… trabajaba una actriz muy conocida, bah, conocida en aquel momento, porque es vieja la película de la que le hablo, lo que no me acuerdo es cómo terminaba esa escena del reloj…

- No importa, cuénteme lo que paso con el reloj de López.

- Ah, sí, perdón, bueno, el Luisito se vino de San Nicolás con el reloj y se lo dio a un comisionista para que se lo llevara el día de año nuevo…

- No me diga que el comisionista fingió que era un ladrón y le robó los relojes.

- Si a usted le parece que eso quedaría más atractivo en la historia póngalo, pero por qué no me deja terminar de contar y después decide.

- Sí, perdón, es que me compenetro con la trama.

- Esta vez, déjeme decirle que el Luisito fue mucho más ingenioso que usted. El narigón puso el reloj en la sala donde estaba la colección, porque  la carta del dueño de la fábrica decía eso, que lo dejara donde estaban los demás y que esperara hasta las doce de la noche. Que no lo moviera de ahí porque había una sorpresa. Por supuesto, esto que le cuento era un invento de Gonzáles, un detalle que le había agregado a la carta. Aunque sorpresa iba a haber. Cuando se hicieron las doce y comenzaron a estallar los petardos típicos de fin de año, se escuchó un estruendo dentro de la casa de los López.

- ¡El reloj! ¿Puso una bomba en el reloj?

- Exacto. Más de la mitad de la colección se hizo añicos.

- ¡Ese tipo está loco!, terminó preso me imagino.

- No… Pero López se enfureció. Cruzó la calle y rompió a palazos el frente de la casa de Gonzáles. Ahí sí la familia intercedió para que la cortaran con los agravios. Las dos mujeres se pusieron firmes. Amenazaron con abandonarlos si no la terminaban.

-Bueno, al fin un poco de cordura. Pero sospecho que no fue el último episodio, ¿no es cierto?

- Obvio que no. Por unos meses le hicieron creer a todos que habían desistido con sus embates. Luisito Gonzáles, aunque seguía con el tema de la revancha al casin, sentía que de alguna manera se había desquitado. Pero el narigón López lo del reloj no se lo iba a olvidar así nomás. Preparó su nueva venganza pegándole donde sabía que le iba a doler al Luisito, es decir, seguir machacando con le partido de casin que le había ganado.  Sacó una solicitada en un diario importante con la foto del Luisito y un titular que decía “se busca rival accesible para partido de casin” y debajo de la foto estaba el número telefónico del Luisito…

- Bueno, dentro de todo, fue una cargada inofensiva.

-Para usted o para mí sería una cargada inofensiva, pero para el Luisito fue una puñalada. Otra vez se tuvo que aguantar las gastadas de todo el barrio. Lo volvieron loco por teléfono.

-¿Y qué hizo Gonzáles?

- Después de eso viene la supuesta infidelidad. A esta altura en el barrio no se hablaba de otra cosa que no fuera la confrontación de estos dos locos que no paraban de agredirse. Entonces al narigón no le sonó tan raro cuando escuchó una conversación en el baño de un restaurant importante del barrio. Mientras meaba, escuchó a dos tipos que contaban  sobre un supuesto romance que el Luisito habría tenido con la mujer del narigón, cuando el narigón recién comenzaba a salir con la que sería su mujer. Obvio que esa charla en el baño fue orquestada por Gonzáles, pero al narigón le entró la duda.  Pensaba que podía ser otra jugada de su contrincante, pero no estaba seguro. Así que decidió  preguntarle a su mujer por ese supuesto affaire con Luisito. La mujer se enojó por la pregunta, obviamente le dijo que no…

-Bueno, entonces no fue muy efectiva la broma de Gonzáles…

- Al revés, tuvo el efecto que buscaba, porque la mujer del narigón le contó indignada a la mujer del Luisito sobre este hecho. Así que cuando Luisito se enteró que el narigón había caído en la trampa lo desparramó por todo el barrio y lo hizo quedar como un pelotudo. Que era lo que buscaba el Luisito, en definitiva.

-Dos chiquilines, no se puede creer la actitud de estos tipos.

- Sí, pero lo mejor viene ahora. Porque después de esto que le cuento, los familiares se pusieron firmes y le exigieron que jugaran un nuevo partido de casin para ponerle punto final a esta pelea eterna. De lo contrario, sobre todo los hijos de ambos, amenazaron con irse de la casa. Estaban podridos.

- ¿Y lo jugaron acá el partido?

- Espere, sí, lo jugaron acá. Pero déjeme decirle que antes del partido los dos se encontraron a solas y tuvieron una charla para ponerse de acuerdo con un par de asuntos referentes al partido revancha. Es importante que le diga esto, antes de contarle los detalles del partido de casin que se produjo en esta mesa. El día del partido estaba lleno el bar, muchos de los muchachos del barrio vinieron a ver la revancha porque les gustaba el casin y porque obviamente querían ver qué pasaba cuando terminara. La cuestión fue que las dos mujeres y los hijos de ambos también vinieron al bar, pensando que de esa amanera los dos se iban a comportar civilizadamente. El partido fue un fiasco. Desde el principio  se notaba que había algo raro. Porque el narigón erraba tiros imposibles. En una palabra, se estaba dejando ganar. Recuerdo que la mayoría de los muchachos se fueron sin ver el desenlace del partido, porque estaba claro que era una puesta en escena, si hasta se aplaudían cuando alguno hacía un buen tiro, y eso era inadmisible que ocurriera en un partido de esa envergadura entre estos dos calentones.

-No entiendo, ¿entonces para qué jugaron el partido?

-Se lo aclaré antes de empezar a contarle, los dos tuvieron una charla previa al partido y lo que decidieron, sabiendo que la familia iba a estar en el encuentro,  fue que el narigón se dejara ganar, fingir que volvían a ser amigos, y jugar la verdadera revancha sin público, ¿se da cuenta?

- Ah… ¿o sea que hubo otro partido?

- En realidad hubo un solo partido, y fue el que jugaron al día siguiente, este que le cuento, con los familiares observando, fue una mentira.

-Entiendo, entiendo… ¿Y qué pasó?

- Bueno… al día siguiente vinieron al bar y  me preguntaron si podían jugar el partido con el bar cerrado, de esa manera evitaban la presencia de curiosos. Yo acepté pero con la condición de que a mí me dejaran verlo, porque me habían dado a entender que preferían que yo tampoco estuviera presente.

- Son terribles estos tipos.

- Jugaron el partido y esta vez fue en serio. Lo que yo desconocía en ese momento, mientras jugaban, es que el perdedor tendría que cumplir con la promesa que se habían jurado.

-¿Qué promesa?

-La cosa era así. Si Luisito Gonzáles ganaba y se tomaba revancha quedaban a mano y los dos se olvidaban de todos los acontecimientos. Pero si el narigón volvía a vencer, Luisito Gonzáles quedaba a merced de lo que su amigo considerara como prenda.

-¿Y Gonzáles aceptó esa condición?

-Sí, aceptó porque no le quedaba otra. Si quería jugar la revancha tenía que acceder a lo que el narigón quisiera.

- Tengo miedo de preguntarle por el resultado del partido.

- Le evito el suspenso. Otra vez volvió a ganar López. Fue un partido muy parejo, creo que los nervios terminaron por jugarle en contra al Luisito. Esta vez el narigón casi ni festejó. Yo, por las dudas, ni bien culminó el encuentro me quedé expectante por si a alguno se le salía la cadena. No quería quilombos en el bar, aunque no había nadie más que nosotros tres.

-¿Y cuál fue la promesa que tuvo que cumplir Gonzáles?

- Lo primero que le dijo López fue que lo ayude a reconstruir la habitación donde estaban los relojes. El Luisito aceptó sin reproches. Pero la siguiente petición fue un baldazo de agua fría…

-¡¿Qué le pidió?!

- Que se mude de barrio. Incluso le dio algunas direcciones de casas disponibles para comprar. Y se ofreció el mismo como comprador de su casa.

-Estoy sorprendido…Me esperaba cualquier ocurrencia disparatada, pero nunca una cosa así.

- Yo también me sorprendí cuando lo escuché al narigón, ni hablar de la cara que puso el Luisito. Obvio que intentó hacerle cambiar de parecer. En definitiva era una medida que iba más allá de ellos dos. Porque significaba un malestar para toda la familia de Gonzáles. Pero el narigón se mantuvo firme en su postura, y a Luisito no le quedó otra opción más que reunirse con su familia y tratar de convencerlos de mudarse de barrio, sin deschabar el verdadero motivo de su repentina decisión.

- ¿Y qué hizo la mujer de Gonzáles, aceptó cambiar de barrio?

-  No sé lo que le habrá dicho a su mujer, lo que sí sé es que Gonzáles, a los pocos días de su última charla con el narigón, puso el cartel de “se vende” fuera de su casa.

- Ah, entonces se dio por vencido…

- Depende de cómo se lo vea al asunto. No se olvide que para comprar otra casa, primero tenía que vender la suya, hasta el narigón estuvo de acuerdo con este hecho, porque sabía que a Luisito no le sobraba el dinero.

-Bueno, pero usted me dijo que López se ofreció a ser el comprador.

-Exacto, y ahora viene lo interesante… Yo le pregunto ¿usted estaría dispuesto a comprar una casa de tres dormitorios, en este barrio a cinco millones de dólares?

- ¡¿Cinco millones de dólares?!

- Ese fue el precio de venta que puso Gonzáles. Le aseguro nadie podía creerlo. Algunos le sacaban fotos al cartel cuando pasaban frente a la casa del Luisito.

-¡Ahora entiendo! Jajá, un fenómeno este Gonzáles. Poniendo la casa a ese precio se aseguraba de no venderla nunca, por lo tanto no se tendría que mudar. Muy bien pensado.

-Exacto, y a pesar de que López se calentó y le exigió que ponga un precio razonable, Gonzáles le dijo que para él ese no era sólo el valor material de su casa, sino que tenía anexado todo el valor sentimental. Después de todo era la casa en que había vivido su padre. Así que el narigón se tuvo que bancar el precio de la casa, a la que, obviamente, ni loco pensaba comprar. Ni él ni nadie que esté en su sano juicio.

- O sea que, asunto arreglado. Gonzáles sigue viviendo en su casa y ya no hubo más represalias entre ellos, me imagino.

- Es cierto, pero déjeme mostrarle algo, venga, acompáñeme.

- ¿A dónde vamos?

-  Sígame… ¿Ve esa casa que está ahí?

-¿Cuál, la de ladrillos visto?

-No, ésa que está pintada de amarillo.

-Ah, sí… donde está barriendo esa mujer.

-Exacto, la que barre  es la mujer de Gonzáles, esa la casa de ellos.

-Pero no tiene el cartel que usted mencionaba.

-No, lo sacaron hace unos meses, ¿no tiene idea de por qué no está más el cartel? Preste atención.

-…

- ¿No ve nada raro?

-La verdad que no. No entiendo lo que me está diciendo.

-¿Y usted es escritor? Le falta ser más observador. Hace una hora que le vengo contando que Gonzáles y López vivían uno enfrente del otro.

- Sí, ya lo sé, ¿pero qué me quiere decir con eso?

- ¿No ve nada raro? No puedo creer que todavía no se haya dado cuenta. A ver… ¿Qué es lo que hay en la casa de enfrente a la de Gonzáles?

- Un… un instituto de Ingles…creo.

- Muy bien, hay un instituto de Ingles, ¿y eso qué significa?

- No sé… la mujer de López enseña Ingles, supongo.

- Discúlpeme, pero no le veo un buen futuro como escritor. Buenas tardes, que pase un buen día, tengo que volver al bar…

- Espere, no se vaya, no me deje con la intriga. ¿Qué me quiere decir?

- A Gonzáles no le compraron la casa, en la puta vida se la iban a comprar a ese precio, entonces ¿qué fue lo que hizo López?

- ¡Vendió su casa y fue él quien se mudó!

-¡Al fin, querido! Muy bien, fue López el que se mudó al comprender que era la única forma de no verlo más a Gonzáles. Y quiere que le cuente un último detalle sobre esta historia.

- Sí, por supuesto.

- Acompáñeme al bar y le cuento. Eso sí, por lo menos consuma algo, yo no vivo de contar historias y permítame que le dé un consejo, si usted no presta más atención, creo que tampoco va a poder vivir de eso.

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