Matias

Matias

PERSONAJES




            LA VERDADERA PREOCUPACIÓN DE UN HOMBRE

 
Sí, yo sé que a usted también le pasa. Al despertarse mira la almohada y ahí están, es indudable, son suyos, esta vez usted durmió solo y cuando se acostó no estaban los pelos que hay sobre la almohada. Se dirige al baño, y mientras se lava los dientes se observa en el tocador y lo puede ver bien clarito, no hace falta que se acerque demasiado al espejo, el camino blanco que abre surco en su cabeza es cada vez mayor, y usted trata inútilmente de ocultarlo con el peine y se preocupa, en verdad se angustia.

Sale para el trabajo y mientras va en el auto prende la radio para tratar de pensar en otra cosa, pero no consigue distraerse, usted ya se está mirando por el espejito retrovisor, tal vez con la esperanza de que ese obsceno camino que se formó en su cabellera haya sido un error, un espejismo, pero no, sigue ahí, al descubierto, y usted se enoja con el taxi que lo encerró cuando intentaba doblar, y putea, toca bocina, baja el vidrio y agrede al taxista, que le hace una seña burlona, como que no lo vio. El taxista se le ríe, le toma el pelo, eso, le toma el pelo y usted se vuelve a angustiar, los pelos sobre la almohada eran suyos.

Al llegar al trabajo lo hace público y algo acongojado dice “se me está cayendo el pelo”. Y sabe que será destinatario de toda clase de burlas, sobre todo de quienes están siempre a la espera de poder hacer una broma, y no es tomado en serio, su preocupación no le importa a nadie, y comienzan los chistes fáciles sobre su calvicie en aumento.

De pronto alguien se apiada de usted y le dice “es por la época”, pero usted desconfía, viene escuchando ese argumento desde comienzo del año, por qué siempre hay un idiota que dice eso.

Al volver del trabajo se pega una ducha y queda espantado al ver el manojo de pelo que queda entre sus dedos. Decide no volver a bañarse por unos días, recuerda haber escuchado que es en el baño donde se pierden más pelos y, después de todo, hay que ahorrar agua, no son tiempos de derrocharla. Sí, está decidido, no se bañará por unos días.

Mientras come escucha por TV la caída de las bolsas en Walt Street y en toda Europa, y se preocupa, pero no sé si le interesa tanto como la caída de su cabello. “¿Por qué se caerá?” se pregunta. Intenta encontrar una solución, recuerda que alguna vez también escuchó decir que es por los nervios, pero a usted lo que en verdad lo pone nervioso es ver su cabeza cada vez más vacía del lado de afuera. Usted no es un tipo nervioso, su divagación lo lleva a preguntarse si en realidad su pelo se cae por sus nervios o si, como usted cree, lo pone nervioso solamente ver cómo se le cae el pelo, y termina enredado en una digresión parecida a la del huevo y la gallina ¿Qué apareció antes?

¿Cómo puedo ser tan pelotudo?”, se dice usted en voz alta y en la soledad de su habitación. Qué es en definitiva el pelo, nada, absolutamente nada, o al menos es algo insignificante como para darle tanta importancia. Pero al agarrar el álbum de fotos viejas, se observa y no puede más que lagrimear ante esa cabellera que usted supo lucir en sus años mozos, y por un momento alberga la idea de algún implante, o por qué no, un peluquín.

No, no, rápidamente desecha esa idea. Imaginarse con un peluquín lo hace horrorizarse, y se acuerda de las bromas que usted y sus amigos de la secundaria le hacían a uno de sus profesores, que llevaba una especie de carpincho en la cabeza.

Entonces piensa en recurrir a un médico, pero tropieza con la triste realidad de tener que admitir su problema. ¡Qué difícil es aceptar las cosas y sobre todo para nosotros, los argentinos, que siempre tenemos una excusa a flor de labio para no reconocer cualquier circunstancia que nos agobia!

Entonces recuerda cómo le gustaba a su novia de antaño jugar con sus rulos. Ella pasaba horas enredando los dedos en sus bucles hermosos y juveniles, y duda ¿no será que ella previno esta caída de su cabello? ¿No será que por este motivo lo dejó? No, usted recuerda tristemente que fue por la causa de otra caída, más vergonzosa, que lo abandonó, y se olvida de ella para no amargarse más.

De pronto parece tener la solución. Pelarse, sí eso, pelarse, de esa manera usted no tendría que ver caer a su pelo. Es cierto que ya no lo tendría, pero usted estaría de alguna manera burlando al destino, lo manejaría con su tijera, y cortaría por lo sano; ya nadie podría tomarle el pelo, y ahora sí, literalmente. Obvio que se ingeniaría un argumento convincente para que sus amigos creyeran que lo hizo por decisión propia, por gusto suyo nada más.

Listo, usted ya se peló, salió para el laburo con todas las armas puestas en defensa de su nuevo look, está de muy buen humor, se siente como si se hubiese sacado un peso grande de encima, siente que podrá lidiar contra cualquier observación que se le haga, pero luego de un rato, todos lo llaman “Pelado”, y desde ese día usted es llamado en todas las oportunidades así: ¡Pelado! Atrás quedaron sus otros apodos, que tanto le gustaban, usted es el pelado del trabajo y deberá admitirlo, no engañó a nadie, todos lo notan,  y usted añora su cabellera, que ya no volverá a tener.

Sabe que deberá pasar el resto de sus días sumergido en la amarga realidad de su calvicie, de observarse todos los días al espejo y encontrarse un poco más desnudo, porque su cabeza vuelve a estar como cuando nació.

Ahí, recién ahí descubrirá la maravilla del invento del sombrero, ya no se lo verá sin él, al menos fuera de su casa.
Y también es ahí, en ese momento, cuando seguramente usted dirá la misma frase que le escuché decir a un amigo, la que me motivó a escribir este cuento:

“Triste, muy triste, es el destino de un pelado…que no lo quiere ser.”

 

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