Matias

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PERSONAJES


                                      Virgen de los Álamos

 
Nuestro querido pueblo quedó en la historia y se lo debemos a Antonio Brigante, intendente de nuestra recordada localidad Virgen de los Álamos por casi dos décadas consecutivas. Hoy, a la distancia, me queda el sabor amargo de su última decisión al frente de nuestra localidad. Pero sobre todo me quedan innumerables interrogantes de cómo pudo Antonio, alias “El Malandrín”, habernos convencido que teníamos que confiar de sus actos inexplicables durante tanto tiempo. Tal vez esa sea la razón. Su forma de actuar, desorientaba. Y es sabido que en la duda siempre saca provecho el más astuto. Y Antonio Brigante era inteligente y un audaz de aquéllos.

Ni bien se hizo cargo de la comuna demostró que su gestión no iba a transitar inadvertida. Ya en el primer día anunció que Virgen de los Álamos “iba a pasar a la historia”. Y aunque le llevó un buen tiempo, finalmente cumplió con su promesa.

En la primera acción específica de su gobierno decretó la clausura de todas las escuelas primarias. Previendo un obvio levantamiento de los pobladores por tamaña decisión, habló durante tres horas en el canal del pueblo argumentando los propósitos del decreto.

Su discurso, aunque muy cuestionable en muchos aspectos, marcaba detalles de nuestra educación en declive que no estaban alejados de la realidad, y que él intentaba mejorar modificando ciertos aspectos.

En primer lugar Antonio Brigante estaba convencido de que los establecimientos educativos, por su solemnidad y por sus instalaciones gigantescas, causaban un efecto intimidatorio en los niños. Por eso decidió que los hogares se transformaran en pequeñas escuelas que albergarían a grupos reducidos de alumnos de la misma edad. De esta manera las clases se dictarían aleatoriamente en las casas de los estudiantes seleccionados.

El segundo punto se refería precisamente al ordenamiento de los grupos de entre tres y cinco niños como máximo, que compartirían las clases según la cercanía de sus respectivas viviendas o teniendo en cuenta la compañía que cada padre prefería para su hijo. Con esta medida, los maestros podrían controlar con mayor facilidad a los revoltosos estudiantes en el espacio reducido de una habitación, evitando así que –como suele suceder con los niños a esa edad–, los alumnos se desconcentraran, siendo más fáciles de persuadir en el momento de adquirir conocimientos.

Su argumento principal para llevar a cabo esta increíble tarea, se basaba en que pasados tantos años de la instauración de nuestro sistema escolar, quedaba más que claro que no funcionaba y, para corroborarlo, desplegó toda una serie de estadísticas que pasó a comentarnos a todos los televidentes que mirábamos y escuchábamos boquiabiertos.

Antonio Brigante junto a varios ayudantes fueron apabullando a la población con estadísticas hasta terminar por convencernos. Estadísticas que, por supuesto, ninguno de los pobladores nos animamos a refutar ni a investigar acerca de su veracidad.

Todos observamos los gráficos que nos mostraban, que demostraban que en nuestro ya viejo sistema escolar primario –para Antonio su odisea escolar ya estaba en marcha y no habría posibilidad de convencerlo a retrotraerse–, los alumnos de entre seis y doce años invertían diez mil quinientas horas al servicio de su educación y, sin embargo, sólo el cinco por ciento de los egresados al terminar la escuela primaria recordaba quién fue el creador de nuestra bandera. Y las estadísticas se tornaban más concluyentes cuando se trataba de lengua y literatura. En ese caso, sólo un dos por ciento de los niños de doce años podían escribir un dictado sencillo sin errores de ortografía.

El nuevo sistema escolar hogareño comenzó a implementarse de inmediato y las escuelas vacías de alumnos y pupitres se fueron transformando, con el correr de los años, en diferentes establecimientos nocturnos de dudosa moralidad.

No pasó mucho tiempo para que los colegios secundarios corrieran el mismo destino que las escuelas. Para conseguirlo, Antonio Brigante no necesitó ni estadísticas ni discursos apabullantes.

La rotunda negativa de Antonio a tapar los pozos que casi se sucedían unos con otros en varias calles del pueblo luego de dos mandatos en la comuna, amén de su falta de preocupación e iniciativa para el mejoramiento de la vía pública resultaba inexplicable. Pero su decisión de nombrar pozo ilustre a uno de los cráteres más antiguos que se encontraba en la calle principal, fue desconcertante. Un grupo de pobladores enfurecidos se dirigieron a la comuna para hacerle entender que ese pozo había sido el causante de varios accidentes. Pero la respuesta de Antonio Brigante fue contundente:

–Ese pozo es intocable. Porque es una advertencia constante para que entendamos que hay que manejar con cuidado. Ustedes mismos me están reconociendo el respeto que le tienen. Y hasta que no haya una verdadera consciencia de respeto al tránsito, ese pozo seguirá ahí, para mantenernos alerta de lo que puede ocurrir.

Luego de esas palabras las opiniones se dividieron. Si bien algunos seguían pensando que era una atrocidad no arreglarlo, otros no veían desacertado el planteo del intendente comunal. Y una vez más el malandrín logró su cometido, haciendo uso riguroso del dicho “divide y reinarás”.

No sólo ese pozo ilustre siguió cumpliendo años en la calle principal, sino que ante cada accidente ocurrido en calles desprovistas de baches,automáticamente se disponían las tareas para generarlos por mano propia. De esta manera Virgen de los Álamos se mantuvo durante cinco años en el podio, como la localidad con más pozos en sus calles, hasta que fue destronada por un pequeño pueblo del sur de la provincia de Córdoba, que contaba en su haber con casi setecientos baches y seguramente con un intendente aún más paupérrimo que el nuestro.

En época de campaña electoral para la reelección de su quinto mandato, una de sus promesas fue con seguridad la causante del nuevo apoyo que le brindó el pueblo: su decisión de hacerse cargo del problema de electricidad que padecía Virgen de los Álamos.

Con sus cables deteriorados por los fuertes temporales que azotaronla zona durante largos años y sin que se implementara ningún tipo de mejoras en este servicio le valió, al controvertido y siempre cuestionado Antonio Brigante, el pase para dos años más de mandato, o mandamientos como a él le gustaba llamarlos.

Para los que pensaron que el malandrín tomaría la determinación de cambiar los cables añejos –que ya con cualquier ventisca dejaban sin luz a toda la población–, la ocurrencia del reelecto intendente debe haber sido un impacto difícil de asimilar.

Lejos de hacer algo para mejorar el servicio, convocó a la población a tomar con más romanticismo los cortes de energía. Debo admitir que si bien yo no me encontraba entre los ilusos que pensaban que nuestro intendente se encargaría de la dificultad energética como realmente la situación lo ameritaba, y descontaba con que saldría con alguna extraña medida, quedé pasmado al escuchar su plan de “romantizar” el pueblo.

Pese a las nuevas y ya incontables protestas, el discurso de Antonio Brigante logró volver a dividir opiniones para así conseguir su cometido. Habló de la importancia de la velas, de aprender la lección que nos estaba dando la naturaleza que, según argumentó, descargaba temporales con el único propósito de quitarnos por unas horas la enfermiza dependencia en que nos había sumergido la electricidad y que nos privaba, por ejemplo, de las enriquecedoras charlas en familia, reemplazándolas por el fatídico invento del televisor, o atribuyendo a la incomunicación familiar la creciente adquisición de computadoras.

Por lo tanto, en menos de un mes, el alumbrado público de las calles del pueblo fue reemplazado por enormes antorchas, encargadas de iluminar con su fuego romántico las noches de nuestra querida Virgen de los Álamos. Claro que mientras los cables seguían envejeciendo y las cenas románticas se hicieron cada vez más habituales en nuestros hogares, se fue agravando la problemática de transitar por las noches con cualquier tipo de vehículo por las calles llenas de pozos y ahora también casi en la más absoluta oscuridad.

Pero la escena que armó para comunicarnos el aumento de los impuestos municipales fue, a no dudarlo, su obra maestra. Utilizando otra vez el canal del pueblo, montó una escenografía en las instalaciones del mismo e interpretó una de las obras teatrales más conocidas de Shakespeare:“Romeo y Julieta”.

Pudimos ver el cuadro más clásico de la obra donde un Romeo, interpretado por el mismísimo Antonio Brigante, vistiendo una camisa blanca con una estampa que decía “impuestos municipales” intentaba con mucho esfuerzo escalar por una serie de obstáculos en cada uno de los cuales se podían ver cifras importantes, hasta alcanzar el balcón donde se leía el importe final del aumento que pensaba implementar. Una vez en el balcón, era abrazado apasionadamente por una muchacha llamada Virgen Julieta de los Álamos, consiguiendo con esa metáfora, el aumento de los impuestos municipales en casi un cincuenta por ciento.

Más allá de algunas quejas por el incremento de tributaciones, en general la población reconoció que el desempeño actoral y el despliegue escenográfico justificaban el aumento.

Creo que después de todos los actos incomprensibles que se fueron sucediendo y después de convencernos por casi dos décadas al frente de nuestra población, no hacía falta que Antonio Brigante cumpliera con la primera promesa que anunció aquel lejano día en que se hizo cargo de nuestra comuna. Claro que aquél eslogan–“Virgen de los Álamos pasará a la historia”–, declamado con innegable pasión por Antonio ante miles de pobladores que lo habían votado conconvicción e inconsciencia, era una deuda que el intendente pensaba saldar antes del final de su décimo mandato.

Y así fue.

Frente a importantes autoridades de la provincia y sin que le temblara el pulso, cumplió con indiscutible vocación su promesa: firmó los papeles que transformaban a nuestro pueblo en una mera jurisdicción de nuestra vecina localidad, Los Arenales.

Luego cerró la comuna, dio por concluido su mandato y desde ese día, tal como lo había prometido, Virgen de los Álamos pasó a la historia.

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