Matias

Matias

RELACIONES


                                         AUTOESTIGMA

 
Dante acaba de abrir la puerta del edificio, viene apurado por una necesidad urgente de llegar al baño. Le parece escuchar un grito con su nombre. Se queda quieto. Espera unos segundos para confirmar si escuchó bien.

-¡Dante, Dante!…

Sí, escuchó bien. La voz le suena familiar. Pone el pie en la puerta para que no se cierre y estira su cuerpo para ver de dónde proviene el llamado. Es Juan, el portero del edificio, que se acerca corriendo desde la calle Estados de Israel.

-¿Qué pasa? Estoy apurado… – Grita Dante, con fastidio.

El portero frena su corrida para tirar el cigarrillo en la vereda. No deja la colilla en el suelo. Después de apagarla con el pie, la junta meticulosamente y la deposita dentro del tacho de basura de la calle.

-¿Es urgente? Porque tengo que ir al baño.

Dante no soporta la obsesión de pulcritud del portero y además realmente le urge la necesidad.

-Es importante, es importante… – Dice el Portero ya casi llegando al edificio.

Dante sigue con el pie en la puerta, no piensa extender la conversación aunque lo que tenga que decirle Juan sea importante, cosa que Dante cree poco probable.

-¿Qué pasa con la mina del quinto C? –Pregunta el portero con una sonrisa pícara.

-¿Cuál mina?

-No te hagas el boludo, la del quinto C. Alquiló el mes pasado.

Dante se toma unos segundos. Piensa en las mujeres del edificio, igual no le va a ser fácil, los retorcijones del estómago no le permiten pensar en otra cosa que no sea un inodoro.

- No sé de quién me estás hablando.

-Dale, che, conmigo podes ser sincero –insiste Juan y pone esa cara de cómplice que a Dante lo exaspera.

- ¿No se vendía ese departamento?

- Sí, pero lo alquiló ésta mina que te digo...

- No sabía…

Dante siente que algo dentro de su cuerpo amenaza con escaparse.

- ¿Vos sabés que la mina tiene novio, no?

-Juan, estoy apurado y no entiendo por qué me contas esto, pero no me interesa...

-Yo que vos andaría con más cuidado, mirá que el tipo no parece tener muchas pulgas.

- De verdad te digo, no sé de qué me hablás.

- ¡Dale!, ¡no me vas a negar que le miraste el culo ayer cuando bajaban por el ascensor!

Dante abre los ojos despavorido. Tiene que contraer el estómago porque el asombro de lo que ha escuchado casi le hace aflojar el vientre.

-Manejate con más cuidado, sé más reservado o al menos esperá el momento de que no esté con el novio para mirarla – dice Juan volviendo al tono confidencial que tanto molesta a Dante. Es cierto que conoce al portero de hace más de diez años, pero a veces se toma atribuciones que no le corresponden.

- No sé de qué me hablás.

Dante entra al edifico y mientras atraviesa el hall de entrada, apurado por la circunstancia, escucha las últimas palabras que el portero le grita desde la vereda.

-¡Después no digas que no te avisé!

A Dante el baño le resulta un ambiente ideal para la lectura. Una de las cosas que más disfruta de la vida en soltería. Por supuesto que nunca lo repite en voz alta y menos ante la presencia de alguna compañía femenina. Cuando invita a una mujer a tomar algo y la charla toma los carriles de la intimidad, más precisamente cuando se le pregunta por los placeres de vivir solo, nunca comete la imprudencia de desubicarse con tamaña confesión. Aunque muchas veces estuvo tentado de decir: “Lo que más disfruto de vivir solo es poder leer tranquilo mientras cago”, y observar la reacción que produciría una revelación como esa. Pero nunca tuvo el coraje de hacerlo.

Dante escucha el timbre de su departamento. Con dificultad abre la puerta del baño, para constatar que se trata del timbre de su hogar.

En efecto, alguien está tocando el timbre y también le parece escuchar unos golpecitos a su puerta.  Eso lo pone otra vez de mal humor, el único que suele tocar así la puerta de su departamento es el portero.

-¡Ya voy, estoy en el baño! – Dice apurando los trámites y doblando la hoja del libro para no perder el lugar donde abandona la lectura.

Maldice mientras camina hacia la puerta. La abre con agresividad.

No es el portero.

-¿Llego en mal momento? –El desconocido retrocede unos pasos.

-No, no, disculpame, pensé que era otra persona.

- José Luis, mucho gusto –estira su brazo formalmente y Dante hace lo propio, se saludan como dos caballeros. –Nos encontramos ayer en el ascensor, ¿se acuerda de mí?

Dante piensa un segundo, pero no hace falta. No tiene ni la más pálida idea.

-Sinceramente no lo recuerdo…

 José Luis sonríe nerviosamente y asiente con su cabeza. Un gesto que desconcierta a Dante. El silencio es incómodo.

- ¿A mi novia seguro que la recuerda, no es cierto?

Hay en el tono de José Luis un atisbo de furia contenida. Dante tiene la seguridad de que esta visita es un correlato de su breve charla con el portero.

-Tampoco la recuerdo –dice Dante y no oculta su enojo. Pronuncia las palabras mirando desafiante a los ojos del tal José Luis, como para que quede claro que le molestó la impertinencia – ¿Pero a qué vienen estas preguntas?

- Por ningún motivo. Sólo quería presentarme, ayer en el ascensor no me pareció adecuado.

- ¿Usted vive en este edificio?

- No, es mi novia la que se mudó. Hace un mes que vive acá. En el quinto C. Justo debajo de su departamento.

- Aha…

-¿Su nombre es?

- Dante…

- Bueno, Dante, no le quiero robar más tiempo, le repito que sólo quería presentarme, me gusta conocer a las personas del edificio donde vivo.

- ¿No me dijo que es su novia la que vive acá? 

 La cara de José Luis volvió a endurecerse.

- Sí, por ahora vive sólo ella, pero calculo que en un tiempo, no muy prolongado, yo también me voy a mudar al departamento. Estamos comprometidos.

- Lo felicito –dice Dante.

José Luis sigue con el rostro severo.

- Es importante conocer quienes conviven con uno en el edificio... 

-Claro, por supuesto.

- Saber con qué clase de gente va uno a tratar…

-Entiendo, entiendo.

- Usted comprenderá que son tiempos difíciles de…

-No se preocupe, en este edificio hay buena gente, yo hace quince años que vivo acá, y nunca hubo ningún problema.

- En estos tiempos es difícil confiar…

- Muy buena gente, yo puedo dar fe –corta Dante podrido por la irrupción del recién llegado.

-Mejor así, me quedo más tranquilo… – Parecía que José Luis iba a dar por finalizada la conversación, incluso amaga con emprender la retirada, pero se arrepiente a mitad de camino:

- Es importante lo que usted me dice, porque a mí me gusta tener la seguridad de que mi novia, cuando yo no estoy, va a estar en buenas manos…

Dante no sabe cómo interpretar las palabras de José Luis. ¿A qué se refiere? Por eso opta por decir una formalidad.

-Va a estar en buenas manos, no se preocupe.

Otra vez José Luis esboza una sonrisa nerviosa y asiente con su cabeza, en un gesto que a Dante le llama la atención. Es la segunda vez que realiza ese extraño acto, parece ser una especie de tic nervioso.

-¿Qué sería para usted que mi novia esté en buenas manos?

Dante siente el rubor sobre sus mejillas. Acaba de caer en una trampa. A esa altura de los acontecimientos, se da cuenta que está tratando con un demente o un tipo perseguido, o ambas cosas a la vez.

-Lo que quiero decir es que en este edificio tratamos muy bien a los nuevos inquilinos. Nos cuidamos entre todos, si esa es su preocupación.

- ¡Yo sé cuidar muy bien a mi novia! –Ahora sí, el tono de José Luis es amenazante. Dante decide poner en su lugar al desubicado.

- No lo dudo. Ahora, ¿puedo hacerle una pregunta?

-Sí, por supuesto.

- ¿Cuántos años tiene su novia?

- Veinticinco cumple el mes que viene.

- ¿No le parece que ya tiene edad como para cuidarse sola, sin que nadie la esté controlando?

Dante saborea por dentro el impacto que producen sus palabras. Sin embargo se mantiene serio. Como si lo que dijera no fuese más que un consejo amigable y no una inescrupulosa tomada pelo.

José Luis amaga una contestación un par de veces, pero en cada oportunidad se arrepiente. Finalmente dice:

- ¿Usted tiene novia?

-¿Por qué me lo pregunta?

-Por curiosidad, nomás…

 Dante intuye que no se trata sólo de eso. Podría seguir atormentando los celos del novio, pero tiene compasión, después de todo, los celos no son más que una horrible enfermedad.

-Sí, tengo novia. –Miente y de repente piensa en Mónica. Hace días que no la ve.

-No lo molesto más, buenas tardes –José Luis pega media vuelta y baja por las escaleras.

Dante cierra la puerta. Incrédulo con lo que acaba de pasar. Sin dudas es un acontecimiento para contarles a sus amigos. Pero le vuelve a asaltar la duda por Mónica. Siente deseos de verla. ¿Por qué cuando dijo que tenía novia pensó rápidamente en ella?

Tiene que volver al trabajo. Pero antes tomar un café en el bar de la esquina de Córdoba y Lavalleja. El mismo al que concurre Mónica. Baja por el ascensor y camina rápido para llegar a la puerta sin ser interrumpido por Juan. No tiene ganas de hablar con él. Sólo piensa en el café y en Mónica. Hace más de dos semana que no tiene noticias suyas. Estuvo tentado en mandarle un WhatsApp pero siempre desistió de la idea, convencido de que la encontraría en el bar.

Cuando llega a la esquina, mira por la ventana y la ve sentada en la barra. Está conversando con un hombre. Entonces, Dante cambia de planes y decide tomar algo en el bar de enfrente. No le agrada el café que sirven en ese lugar, pero le entra la curiosidad por saber quién es el acompañante de Mónica. Y qué motivos tiene ese encuentro, por supuesto.

Se le ocurre una idea para averiguarlo y decide llevarla a cabo. Se sienta en una mesa apartada de la ventana, pero que le permita observar la escena del frente. Saca su celular y le envía un WhatsApp:

Hola Moni, ¿Cómo estás? Mil que no te veo. Yo estoy con trabajo atrasado. No puedo ni asomar la nariz afuera. Pero esta noche estoy libre. ¿Queres que hagamos algo? ¿Por dónde andas?

Se queda mirando por la ventana. Quiere ver el momento en que Mónica descubra que le llegó un WhatsApp. ¿Cuál será su reacción? Según qué responda podrá sacar conclusiones. Los dos parecen charlar animadamente…

-¿Qué va a tomar?

Se asusta, no había visto al mozo parado al lado suyo.

-Un café – se apura a decir Dante. No quiere perder detalles de la escena de enfrente.

-¿Solo o cortado?

Dante se fastidia. Si quería cortado lo hubiese pedido. Lo exasperan las preguntas sin sentido.

-Solo, café negro, solo.

- ¿Chiquito o en jarrita?

Dante mira al mozo con furia. Ya es el colmo. Falta que le pregunte si quiere  con azúcar o edulcorante.

-Chiquito – dice, aunque estuvo a punto de agregar: en jarrita no me voy a poder tomar el café de mierda que hacen acá, pero se contuvo.

-Bien, ya le traigo.

Dante sigue mirando por la ventana sin darse cuenta que el mozo no se movió de su sitio y lo observa con curiosidad.

- ¿Quiere un larga vistas?

-¿Qué?

- ¿Está espiando a su mujer?

La pregunta lo toma por sorpresa, más allá de la impertinencia y de lo molesto que está por la continua interrupción, sonríe para no perder la amabilidad.

-Algo así.

- Son todas iguales –dice el mozo, sin explicar a qué se refiere con todas iguales y emprende su retirada. Dante siente el vibrar de su celular, que había dejado sobre la mesa. Rápido observa la pantalla. Mónica le respondió el WhatsApp. No la vio escribir. Seguro que fue en algún momento de su charla con el mozo.

Hola Dante, yo también ando atareada. Estoy en el bar de la esquina. No creo que pueda esta noche. Cualquier cosa te aviso.

No le mintió, es una buena señal para Dante. Aunque al volver a leer el mensaje comprueba que tampoco le dijo que está acompañada. No tiene por qué hacerlo porque él no se lo preguntó y además no tiene que darle explicaciones. No son novios. Dante piensa en la charla con José Luis. Su comportamiento está siendo parecido. ¿Qué hace en ese bar intentando descifrar los movimientos de Mónica? Se siente avergonzado por su actitud pero no contiene el deseo de enviarle un nuevo WhatsApp:

¿Estás sola? Puedo tomarme un café, así me despejo un rato.

Ni bien termina de enviarlo ya está arrepentido. ¿En verdad le interesa tanto Mónica como para hacer este papelón? Tiene que reconocer que últimamente no tiene muchas opciones. Mónica es la única mujer con la que estuvo en meses. Y no es una relación estable. Lo único que conoce es el lugar en el que trabaja y el bar al que suele concurrir. La respuesta de la mujer no se hace esperar. Ahora sí la vio escribir:

Ya me estoy yendo. Tengo que volver al trabajo.

Otra vez la omisión del acompañante. Aunque lo de volver al trabajo parece ser cierto porque Mónica se levanta de la banqueta. Su acompañante también. Puede verle la cara. Definitivamente no conoce a ese hombre, ¿será un compañero de trabajo? ¿De qué estarán hablando? El mozo trae el café. Dante se echa hacia atrás en su silla para que el mozo pueda apoyar la JARRITA sobre la mesa.

-Te dije chiquito –protesta Dante.

-Pensé que le vendría mejor en Jarrita. El café ayuda a relajar tensiones.

El mozo se ríe. Pero no es una risa burlona, es más bien cómplice, parecida a la del portero. Deja pasar el comentario y queda en silencio hasta que el mozo se retira. Mónica se despide de su acompañante y cada uno toma un rumbo distinto. Dante se dispone a tomar el café…

 No hay azúcar, ni tampoco edulcorante ¡¿será posible?! Se levanta de la silla y agarra azúcar de una mesa cercana.

Tiene que volver a trabajar. Ya tendrá otra oportunidad con Mónica.

Cuando Dante está a una cuadra de su departamento, regresando después de una jornada de trabajo sin contratiempos, y con la mente puesta en su vida amorosa, o en la falta de ella, observa a dos hombres charlando a lo lejos.

Está seguro que uno es Juan, el otro no lo tiene en claro todavía. Necesita estar más cerca para saber si lo conoce. En un momento es Juan el que parecer darse cuenta de que Dante se aproxima. Señala en su dirección y el acompañante sigue con su mirada el trayecto de la mano del portero. Cuando está a solo unos metros reconoce a Eugenio, el estudiante de Medicina que vive en el segundo A.

 Antes de llegar a ellos, escucha a Juan decir:

-Ahí viene.

-¿Qué pasa? –dice Dante que ya se dio por aludido.

-Contale –Le pide el portero a Eugenio.

- ¿A vos también te fueron a pedir explicaciones?

Dante cree saber lo que le pregunta, pero por las dudas prefiere hacerse el desentendido.

-¿De qué hablás?

-De José Luis, el novio de la del quinto C, me dijo Juan que habló con vos.

-Vino a presentarse nomás –Miente Dante, no tiene ganas de volver a hablar del novio celoso.

- A él le quiso pegar una trompada. –Dice Juan divertidísimo.

- ¿Por qué? – A Dante no le interesa saber, pero es mejor dejarlos hablar y terminar cuanto antes con este asunto molesto.

-¡Dice que le miré las tetas a su novia cuando salió! Esta re loco el chabón.

- Yo le miré el culo en el ascensor. – Acota Dante sin saber por qué les sigue la corriente. Lo único que quiere es entrar al departamento y darse una buena ducha.

- Mentiroso. Me dijiste que no se lo habías mirado. – El portero ríe aparatosamente. Parece un niño, aunque haya superado los cincuenta años.

- No lo hice. Es lo que el tipo piensa. No tengo ni idea quién es la mina.

- Yo tampoco la miré. No está bien de la cabeza este pibe.

- Puede ser… bueno, nos vemos –Dante saca la llave de su pantalón y se encamina a la entrada.

-¿A dónde vas? –Pregunta el portero, sorprendido.

- A mi departamento.

-Hay que hacer una reunión con los inquilinos. Tenemos que resolver este problema antes de que sea tarde.

- No exageres, Juan. Es un tipo celoso, nada más.

- ¡Pero a él lo quiso boxear!–Juan se queja, no le gusta la forma en que Dante minimiza el tema.

- Ya se le va a pasar.

Dante entra al edificio. Necesita darse una ducha, después va a pedir algo para comer y leer su libro en la cama. No está seguro todavía si mandarle un WhatsApp a Mónica. Con el cuerpo limpio y la panza llena va a tomar la decisión. Sabe que Mónica le dijo que le avisaría pero sospecha que no va a recibir mensajes de ella.

Mientras se baña sigue dándole vueltas al asunto Mónica. No se siente solo. Aunque hace años que no tiene una relación estable. Está contento con la vida que lleva. Quizás algo rutinaria, pero  no es de los que se angustien por la monotonía. Tampoco le gusta ser demasiado insistente. Por eso después de cenar decide acostarse y seguir con la lectura. No va a enviarle nada a Mónica. La novela de Joel Dicker, La verdad sobre el caso Harry Quebert, lo tiene atrapado. Las novelas son como las mujeres, piensa Dante en la cama, cuanto más misteriosas son, más te gustan y más te cuesta dejarlas…

La luz del velador encendida. El libro aplastado por su cuerpo. El televisor sin sonido. Está claro. Se quedó dormido. Por suerte aún está a tiempo para llegar a horario al trabajo. Se viste rápido. Le queda algo de tiempo para tomar un café pero decide hacerlo en el bar de Córdoba. Tal vez esté Mónica.

Ni bien sale del ascensor ve a Juan sentado en el escritorio. No tiene ningún deseo de hablar con él, y mucho menos retomar la charla sobre José Luis. Pero intuye que no va a poder librarse de esa cuestión. Entonces, saca su celular del bolsillo y finge hablar con alguien. Es una excusa medio tonta. Todo el mundo la conoce. Pero decide probar suerte:

-Sí, no te preocupes, yo ya estoy yendo. Tomamos un café en el bar y lo charlamos bien…

-¡José Luis Rodríguez! ¡No es increíble! – El portero le habló a él. No hay nadie más en el hall del edificio. Dante finge no escucharlo, sigue “hablando” por teléfono. Está cerca de la puerta. Si logra sacar la llave del bolsillo y abrir estará a salvo.

-Sí, te entiendo, pero aguantame y lo charlamos bien. Yo ya estoy saliendo para allá…

La llave se le traba con la billetera. ¡¿Por qué no harán más grandes lo bolsillos de los pantalones?!

-Igual que el Puma. No me vas a decir que no es una coincidencia increíble.

Dante se da por vencido con la llave y con el fastidioso portero.

-¿Qué decís? –Le pregunta sin dejar de sostener el celular sobre su oreja derecha.

- Que el novio de la mina del quinto C se llama José Luis Rodríguez. Como el cantante. Estuve media hora buscándolo por Facebook. Hay más de cincuenta usuarios con ese nombre.

No le interesa. Y tampoco tiene tiempo para entretenerse con las pelotudeces de Juan, pero igual hace una pregunta sabiendo que ése será el fin. Va a quedar demorado.

-¿Para qué lo buscás en Facebook?

- Quiero saber cómo es el tipo. A qué se dedica. Información. No vaya a ser cosa que sea un loquito. La gente pone todo en internet. Una vez leí una frase muy buena sobre las redes sociales. Decía que las personas ponen gratuitamente en Facebook toda la información que en otros tiempos a la CIA le hubiese costado meses de tortura. Es una gran verdad.

-¿Y qué descubriste?

Dante no sabe por qué sigue ahí, perdiendo el tiempo.

- Se te va a acalambrar la mano.

-¿Qué?

- El teléfono…

El portero le señala algo con la mano. Dante se da cuenta que tiene el celular apoyado en su oreja y una “conversación” pendiente. Intenta reaccionar. Salvar algo de dignidad.

-Bueno Andrés te tengo que dejar. Dale. Sí, esta noche nos vemos…

-¿No se iban a encontrar ahora en el café?

No se le pierde un detalle. El portero lo descubrió. Para apaciguar la vergüenza, Dante va hacia el escritorio y observa la pantalla de la Notebook.  Hay un álbum de fotos de la pareja en cuestión. Juan va pasando las imágenes, las observa como si fuese un detective analizando la escena de un crimen.

-Tenés razón. Es igual al Puma Rodríguez –Dice Dante, sonriendo.

-¿Te parece? Yo no lo veo parecido.

-Lo digo por las fotos.

Juan mira con más detenimiento. Arruga la nariz.

-No es parecido.

-Igual al Puma, por la canción. Agarrense de las manos.

El portero ríe al descubrir que, efectivamente, en todas las fotos del álbum la pareja posa tomada de las manos.

-Me voy. – Dice Dante y ahora sí consigue sacar las llaves del pantalón sin problemas.

-Hay algo que no me cierra en estas fotos…

Dante ya no lo escucha. Abre la puerta y sale rumbo al café…

Mónica no está. Decide seguir de largo y llegar temprano al trabajo. Adelantar tareas con la intención de estar libre antes del mediodía. Invitar a Mónica a almorzar podría ser una buena idea. Nunca comieron a solas. En realidad hay pocas cosas que hicieron juntos más allá de irse a la cama y algún café fugaz. Como había previsto, cerca de las once de la mañana termina con sus tareas y le envía un WhatsApp a Mónica. La invita a almorzar en su departamento. Es mejor un lugar con más intimidad. Tiene la seguridad de que va a aceptar. Está tan confiado que pide permiso para retirarse del trabajo y hacer las compras. No tiene nada en la heladera. Últimamente casi ni cocina. Demasiada comida encargada. Quiere sorprender a Mónica con sus habilidades culinarias.

Mientras recorre el supermercado, buscando lo que necesita para hacer carne con verduras salteadas, su especialidad, llega la respuesta de Mónica, concisa, directa, sin vueltas. No acepta la invitación. Almuerza en otro lado. ¿Con otro hombre? Eso no se lo aclaró. Y tampoco puede preguntárselo.

Desganado, sale del supermercado sin comprar nada. A Dante se le esfumaron las ganas de cocinar. Llamará a un delibery. Igual tampoco tiene apetito.

Regresa al edificio. Abre la puerta  y no hay rastros de Juan. Al menos una buena noticia. Se encamina con apremio para el ascensor. Mientras lo espera escucha el ruido de la puerta de entrada. No se da vuelta. Ruega porque no sea el portero. Escucha los pasos detrás de él. Y de repente…

-Hola…

Es José Luis y una mujer rubia con varios aritos sobre las cejas.

-Hola – responde Dante y  justo se abre la puerta del ascensor.  –Pasen.

Dante se hace a un lado con caballerosidad para dejar pasar primero a la pareja. José Luis endurece el rostro. La mujer mira de reojo a su novio.

-No, pasá vos. – Se nota la tensión en la voz del falso puma Rodríguez.

Dante, sin decir nada, entra en el ascensor, y como quien no aprende de la lección, saca su celular fingiendo escribir un mensaje. El silencio se apodera del momento y los cinco pisos parecen interminables. Dante trata de no mover sus ojos del celular. La mujer viste un pantaloncito cortito y una musculosa que apenas le llega al ombligo. Trata de resistir a la tentación de mirar. El ascensor frena en el quinto piso. Se abre la puerta. La primera en salir es la mujer. Después, José Luis. Dante quita su vista del celular y se dispone a apretar el botón del ascensor. José Luis clava sus ojos en los de Dante. Los dos hombres mantienen las miradas un instante. Cuando la puerta electrónica comienza a cerrarse, José Luis lleva dos dedos a su cara, se señala los ojos y con los mismos dedos lo señala a Dante. La clásica pose de te estoy observando. Después la puerta se cierra y el ascensor sigue su curso hasta el piso seis.

Tal vez Juan tenga razón, este tipo es un loco, piensa Dante y tiene la sensación de que va a traer problemas. Hace un rápido repaso por los hombres que viven en el edificio y se da cuenta de que la mayoría son jóvenes estudiantes. No es un buen augurio...

Mónica no es la única mujer en su vida. Revisa sus contactos en el celular y tras repasar los nombres femeninos descubre tres posibilidades de encuentro. Valeria, Mariela y Sabrina. Con las tres mantuvo encuentros furtivos y al mismo tiempo. Y a las tres dejó de verlas cuando conoció a Mónica. ¿Será eso una señal? ¿Mónica es algo más que una relación pasajera? Dante sabe que no puede responder a esa pregunta todavía. Pero quizás sea momento de indagar más profundo en sus sentimientos. Claro que para eso tiene que lograr que Mónica no lo siga esquivando.

A las tres de la tarde, le llega un WhatsApp. Dante deja de leer la novela y revisa el celular. Es Mónica:

Tengo que hablar con vos. Nos vemos en media hora en el bar. ¿Puede ser?

Dante responde en el acto:

Dale. Nos vemos ahí.

No vale la pena sacar conclusiones sobre qué es lo que querrá Mónica. Dante se cambia de ropa. Se perfuma y sale del departamento decidido. Quizás sea momento de iniciar una relación. La pasa bien con Mónica y está seguro de que ella se siente a gusto con él. Aunque en estos últimos días algunos acontecimientos pongan en duda esa afirmación.

Otra vez, el portero está firme en su escritorio, observando concentrado la computadora y solo. Ese es el problema. No va a zafar. Lo sabe y Juan no le da tiempo a pensar en otra coartada para escapar.

-¡Te dije que había algo raro en las fotos! ¡Mirá!

Dante se arrima sin decir nada. No vale la pena intentar burlar al destino. Es mejor llevarle un rato el apunte. Observa una foto de José Luis y la chica de los aritos.

-¿Qué pasa?

-¿No te das cuenta?

Los ojos del portero están irritados. Las ojeras son prominentes. Con ese aspecto parece más loco que de costumbre.

- No sé, Juan, veo una pareja sonriendo para la cámara. Parece que están en una fiesta.

- Tiene razón mi hermano, –dice el portero meneando la cabeza – la gente no ve más de lo que hay para ver. Nadie observa con atentación.

-No me la hagas tan larga. Tengo una cita.

- Con más razón. Tenés que aprender a mirar. Todo está en los detalles. Si tenés una cita con una mina es importante que prestes atención.

- No es una mina. – Miente Dante.

-Estás mintiendo y te voy a decir por qué… Esperá – el portero se queda en silencio al escuchar que el ascensor fue llamado por algún inquilino. Mira en la pantallita arriba del ascensor y observa que se frenó en el tercer piso. Entonces vuelve a hablar: – Tengo que estar atento. Están arriba.

-¿Quiénes? ¿De qué hablás Juan?

- De José Luis y la novia. Están en el departamento. Tengo que tener cuidado. No quiero que bajen y me descubran revisando su Facebook.

- Bueno, dale, qué me estabas diciendo…

- Estas mintiendo por una sencilla razón. Te pusiste perfume y son las tres y cuarto de la tarde. Nunca salís perfumado a esta hora.

- Estás hablando al pedo. Me puse perfume porque tuve ganas. Voy a ver a mi hermana.

-¿Vas en avión?

- ¿Qué?

- Tendrías que llevar bronceador si vas a visitar a tu hermana.

Dante lo observa. El portero sonríe. Es evidente que sabe que su hermana está de vacaciones en Brasil.

-¿Revisaste mi Facebook?

-Sí. No te digo que la gente cuenta todo por internet.

Dante quiere decirle algo. Iniciar una charla sobre la privacidad y el mal gusto de andar husmeando en los asuntos ajenos, pero sabe que con el portero es una causa perdida.

-¿A la mina de José Luis la conoces? Los viste juntos alguna vez.

-Sí, esta mañana subimos los tres en el ascensor. Fue incomodísimo. El pelotudo no me sacó los ojos de encima. Y cuando salió me hizo una seña amenazante.

- Te lo dije. Este chico no está bien del bocho. Ahora se la agarró con Lisandro.

Lisandro vive en el Quinto A. Hace dos años que alquiló en el edificio. Estudia Ingeniera Agronómica y es muy tímido. Apenas si saluda cuando se cruza con alguien.

-Resulta que a Lisandro se le cortó la luz. No sé qué problemas tuvo. Y entonces fue a tocar la puerta al departamento de la mina, para saber si ella tampoco tenía electricidad. Lo atiende José Luis y no le cree que haya ido por ese motivo. Lo increpa con todo tipo de preguntas y Lisandro se pone nervioso. Vos sabés cómo es Lisandro, más bueno que el pan. Tuvo que dejar entrar a José Luis a su departamento para que le creyera que no tenía luz. Me lo contó Lisandro hace un rato. Tenía un susto tremendo el pibe. En cualquier momento se va armar un quilombo importante... Bueno, ¿te das cuenta lo que deja en evidencia esta foto?

Dante vuelve a mirar la imagen. Recorre con su vista el atuendo de la pareja, los gestos, algún detalle oculto, pero no consigue descubrir nada raro.

-No sé. No veo nada que me llame la atención.

- Me dijiste que los viste a los dos juntos esta mañana. ¿No ves nada raro con respecto a esta foto?

-Me vas a hacer perder la cita.

-Bueno, está bien. Te digo. ¿Quién es más alto de los dos?

 Dante mira la foto y no tiene dudas.

-José Luis.

-Muy bien, el puma es más alto. ¿Y por cuanto es más alto?

-No sé, es más alto, qué importa.

-Importa. Ahí está la evidencia. No sabemos cuántos centímetros le saca a su novia. Pero por lo que muestra la foto podemos afirmar que es casi una cabeza, ¿estamos de acuerdo en eso? – Dante vuelve a mirar la foto y asiente sin emitir sonido –Muy bien. Y esta mañana, cuando te los encontraste en el ascensor, ¿de cuánto era la diferencia de estatura?

Dante no puede creer lo que está escuchando. Sin embargo Juan sigue con el rostro inmutable. Aunque Dante no lo crea, el portero habla en serio. No espera la respuesta, sigue con su relato:

- Como vemos en la foto, José Luis le saca una cabeza. Y eso que ella tiene tacos. Supongamos que la hacen crecer cinco centímetros. –Dante le envía un WhatsApp a Mónica para avisarle que ya está en camino. – Lo interesante es que, como te habrás dado cuenta en el ascensor, ella es más alta que él. Yo los veo entrar todos los días. Ella es un poquito más alta que él. A la inversa de la foto que estamos mirando. Y no es una foto vieja. Es de hace cinco meses nada más. Ya sé lo que estás pensando. A lo mejor él está subido arriba de algo en la foto y por eso es más alto, pero no. Si mirás todo el álbum, te vas a dar cuenta que en todas las fotos José Luis le saca una cabeza y no hay ninguna confusión. No caben dudas. Acá hay gato encerrado.

- A lo mejor la mina pegó el estirón. – Dice Dante, podrido del asunto. Se quiere ir.

- También lo pensé. Me fijé en la fecha de nacimiento de la chica. Tiene veinticuatro años, está un poco grandecita como para pegar el estirón.

- No sé, Juan, de verdad no me importa. Me tengo que ir. – Dice y lo lleva a cabo. Dante sale del edificio apurado.

-Me voy a fijar en el Facebook de ella, a ver qué encuentro…

Cuando Dante llega al bar, Mónica no está. ¿Se habrá ido? ¿O todavía no habrá llegado? Revisa su celular y no tiene ningún mensaje.

Se sienta en una mesa frente a la ventana y pide un café. Está ansioso.

Veinte minutos después Mónica sigue sin aparecer. Ni responder los dos mensajes que le envió Dante en el trascurso de ese tiempo. No va a esperar mucho más. Decide hacer un último intento. La llama, si no atiende se acabó.

-Hola – Contesta una voz. Pero sin dudas no es Mónica. Ni siquiera es la voz de una mujer.

Dante duda. No sabe si responder o cortar. Decide lo primero. Quien sea que atendió sabe quién está llamando.

-Hola, ¿Quién sos?

-¡Vos quién sos! –Le responde la voz masculina.

-Tenés el nombre en la pantalla –Dice Dante con ironía.

-No hay ningún nombre...

No puede ser verdad, piensa Dante. Es imposible que Mónica no haya agregado su nombre junto al número de teléfono. Hace más de tres meses que mantienen encuentros amorosos.

-Me pasas con Mónica por favor.

-No está –responde la voz – salió a comprar algo para comer. No hay nada más lindo que comer después de coger.

A Dante se le escapa el teléfono de las manos. Rebota contra la mesa y cae al suelo. Apurado junta el celular y observa si alguien lo vio. Un grupo de chicas, sentadas dos mesas más atrás de la de Dante, ríen divertidas. Dante les sonríe y siente el rubor sobre sus mejillas. Lleva el celular a su oreja, pero la comunicación se cortó. Deja el dinero en la mesa y sale del bar rojo de la bronca y la vergüenza.

Lo último que quería encontrar Dante, después del mal trago por el que acaba de pasar, es la escena que se desarrolla en el hall de su edificio. José Luis discute con el portero. No escucha todavía lo que dicen pero por los movimientos de las manos se da cuenta que la cosa viene complicada. Abre la puerta y al entrar descubre a la chica de los aritos escondida en una esquina. Los dos hombres discuten fuerte.

- ¡Es mi deber conocer a las personas que ingresan al edifico!

-¡No me vengas con idioteces!, ¡te estabas babeando con la foto!

-Sólo miraba en el Facebook, es público. No tiene nada de malo.

-¡La próxima vez te bajo todos los dientes!

José Luis tiene el rostro desencajado. Es extraño. Por momentos parece un tipo tranquilo, inofensivo, respetuoso, y después se transforma en una bestia salvaje. Es lo que percibió después del primer encuentro con él. Una especie de doble personalidad. A Dante se le ocurre compararlo con la novela de Robert Stevenson, la del Doctor Jekill y el señor Hyde.

- Te repito, sólo hago mi trabajo. –Se defiende Juan, y mira de reojo a Dante. Ahora que tiene compañía, el portero se siente más seguro.

- ¡Ya te lo avisé! –Amenaza el Puma y agarra de un brazo a su novia. Salen del edificio dando un portazo.

Dante los ve alejarse por la vereda. El portero sigue con el rostro serio. Aunque no es por lo que acaba de ocurrir si no por la constatación de su descubrimiento.

-¿Te diste cuenta?

-Sí, la mina tenía una cara de susto terrible. Es raro, en el fondo no parece un mal tipo. –Dice Dante con amargura.

-Me refiero a la estatura. ¿No lo notaste? Incluso me parece que está más bajo que esta mañana. ¿No viste cómo le sobraban las mangas de la camisa? Ni se le veían las manos.

-¿Otra vez con eso?

- Te digo que hay algo raro. Ya lo voy a averiguar…

Dante prefiere mantener el silencio. Esta vez no va a seguirle el juego.

Sube hasta su departamento, se pone ropa deportiva y vuelve a salir. Le va a hacer bien correr. Hace mucho que no hace ejercicio. Correr y pensar. En Mónica, en su vida, en José Luis. Que los pensamientos se mezclen, pasar de un tema a otro. Siempre le ocurre eso cuando corre…

Repasa sus últimos meses en el terreno amoroso. O sexual. Sí, más bien sexual. Porque no recuerda cuándo fue la última vez que tuvo alguna relación duradera. Mónica lo dejó plantado. El disgusto de la llamada al menos le sirvió para corroborar que hay otro hombre en su vida. Y los últimos tres encuentros: Valeria, Mariela y Sabrina, terminaron de manera abrupta. Es cierto que Dante dejó que eso pasara. Pero también es cierto que ninguna pareció muy preocupada por su falta de llamadas…

Esta vez, el ejercicio físico no cumple su objetivo. No está más relajado. Sólo siente la transpiración en todo su cuerpo, y una extraña sensación de falta de confianza, todas sus certezas se desvanecen. Siempre tuvo la autoestima muy alta, y nunca renegó tanto para encontrarse con una mujer. Algo dentro de él parece desmoronarse.

Al llegar al edificio, observa con disgusto la cantidad de gente que hay en el hall. Volver a su departamento se transformó en una pesadilla. Tal vez sea un buen momento para  mudarse.

Juan está parado delante de la puerta como si estuviera realizando un discurso. Dante sabe que lo vieron y ya no puede retroceder.

-Justo, –dice el portero cuando Dante ingresa –con él también tuvo problemas.

Todas las miradas se posan en Dante. Siente algo de vergüenza al darse cuenta de que su aspecto no es de los mejores. Su ropa deportiva mojada. Los pelos despeinados…

-Con este capaz que tiene razón.

Escucha decir Dante. No está seguro de la destinataria de esa frase. Pero cree que es la mina del cuarto C, a quien Dante invitó a cenar sin resultado en una oportunidad. Se ríe y cuchichea con Eugenio. El portero le habla a Dante:

-Estábamos hablando de José Luis. Llegamos a la conclusión de que hay que hacer algo. Vamos a pedirle a la dueña del departamento que le anule el contrato. Lo lamentamos por la chica, que no tiene nada que ver, pero no se puede seguir así. Hace un rato se la agarró con Martín.

El mencionado toma la palabra y le cuenta el suceso a Dante.

- Estaba en el supermercado de acá a la vuelta. Esperando en la fila para pagar. De repente se da vuelta este tipo y me empieza a putear porque dice que le miraba el culo a su chica. Yo estaba con mi novia. Tuve una discusión con ella por este motivo. Al rato, cuando salimos del supermercado, se me acerca y me pide perdón. Le dije que no había drama. Qué sé yo, no quería más escándalo. Al llegar a la esquina se da vuelta y otra vez me mira con mala cara. Este tipo es peligroso.

 Dante sigue pensando en Doctor Jekill y el señor Hyde. Es la imagen que más se ajusta a José Luis.

- Estamos juntando firmas para llevárselas a la dueña del departamento. ¿Vos vas a firmar? –El portero le extiende una planilla. Dante siente nuevamente todas las miradas sobre él.

Quiere firmar. Está de acuerdo con que las cosas ya se han ido de las manos. Demasiados problemas para sólo unos días. Y está harto de las escenas en el hall del edificio. Pero siente lastima por José Luis. Una extraña sensación de solidaridad. Tal vez hasta cierto entendimiento. Echar a la chica del edificio sólo traería más problemas para la pareja. Y después de todo, ser celoso no es algo que uno elige.

-Propongo otra cosa. Yo me comprometo a hablar con ellos. Y con José Luis en especial…Si lo convenzo de tranquilizarse y no buscar más problemas con los inquilinos, se quedan. Y si vuelve a haber algún percance, yo mismo voy a hablar con la dueña del departamento para que los echen. ¿Qué les parece?

La reunión llega a su fin. Los inquilinos están de acuerdo con la decisión de Dante, menos el portero que intenta en vano hacerlos cambiar de parecer.

De repente, Dante se siente mejor. Sin dudas le gusta sentirse respaldado. Tal vez era lo que estaba necesitando. Recuperar la confianza. Levantar la autoestima. Algo que no le vendría nada mal a José Luis. Por ahí va a comenzar su charla. Intentará convencer al novio de tener más seguridad en sí mismo. A las mujeres les gustan los hombres con personalidad. Y los celos son una debilidad. Esta nueva posibilidad de convencer a José Luis le proporciona un envión anímico para volver a la carga por Mónica .La llama por teléfono haciendo un esfuerzo por olvidar que lo dejó plantado y lo desagradable del último contacto con su teléfono.

Ahora sí, la que atiende es Mónica.

-Hola.

-Moni, soy yo,  Dante…

-Sí, sí, reconocí el número.

¡Y por qué diablos no le pone el nombre!, piensa Dante pero trata de calmarse. Tiene que hablar relajado, seguro.

-Quería hablar con vos, no fuiste al bar…

-Sí, perdoname. Creo que va a ser mejor que charlemos personalmente.

-Como quieras. ¿Te parece en el bar en media hora?

-Bárbaro.

-Media hora, entonces. No hagas que se me enfríe el café.

-No, quedate tranquilo que esta vez voy.

Escucha la risa de Mónica. Eso lo anima.

-Si no hay lugar, te espero en el bar de enfrente, aunque no lo recomiendo. Es horrible el café que sirven ahí, y te hacen miles de preguntas antes de...

-Tengo que cortar. Nos vemos en media hora.

Mónica no espera la respuesta de Dante. La comunicación se corta. Estuvo bien. Tiene media hora para hablar con José Luis, y después volver a conquistar a Mónica.

Toca el timbre del departamento quinto C. La que abre es la chica, pero enseguida ve la silueta de José Luis que se asoma intrigado por encima de los hombros de su novia.

-Perdón. ¿Puedo hablar con ustedes un minuto?

-Sí, pasá.

La chica se hace a un lado, Dante entra al departamento con cierta incomodidad. Por las dudas posa su mirada lo más alejada de ella. No quiere desatar la furia del señor Hyde.

-Dejanos solos – Le pide José Luis a su novia, con tranquilidad. Hasta con algo de dulzura. No hay dudas, por ahora es el Doctor Jekill. Aunque Dante no se va a confiar.

-No, yo quería hablar con los dos.

-Ya sé lo que venís a decir. Necesito que hablemos de hombre a hombre.

Hay en el rostro de José Luis una expresión de agotamiento. Eso conmueve a Dante. Definitivamente se siente reflejado en ese hombre diminuto. No caben dudas de que su estatura va decreciendo. Aunque no lo termine de digerir, no puede negar que está más bajo que la última vez que lo vio. Las mangas de su camisa le sobresalen. Como había dicho el portero, no se le ven las manos.

La chica le da un breve beso en la boca a su novio y sale sin decir nada, mirando al piso.

-Estoy enfermo –comienza sin preámbulos José Luis. Dante se sienta en un banquito –no quiero generar problemas, pero es más fuerte que yo. Soy otra persona cuando me dan estos ataques. Y lo peor es que estoy en la última etapa de la enfermedad. Te quiero pedir un favor.

Dante está confundido. ¿De qué habla este tipo?

-Sí, decime.

-Quiero que convenzas a los demás para que no echen a mi novia del edificio. Ya nos pasó tres veces en este año. 

-¿Qué enfermedad tenés?

-Una irreversible.

 Dante siente el nudo en su garganta. Toma coraje y hace la pregunta que tiene atragantada.

-¿Te vas a morir?

-Peor.

José Luis queda en silencio. Parado cerca de la ventana. ¿Qué puede ser peor que la muerte? Piensa Dante pero no se anima a preguntarlo.

-Creo que no te entiendo bien…

 Es evidente el cambio de estatura. Incluso parece más bajo que hace unos minutos.

- Es sólo cuestión de tiempo. Tal vez de horas. Toda va a terminar. No lo voy a poder soportar.

-Sigo sin entender. ¿Qué enfermedad tenés?

- CIT, Complejo de Inferioridad Terminal.

Dante está cada vez más perdido. No entiende de qué enfermedad habla José Luis, y mucho menos qué tiene que ver la enfermedad con su comportamiento obsesivo. Pero intuye que la palabra terminal anuncia un desenlace trágico.

- Voy a hacer lo posible para que no los echen del edificio. Pero me tenés que prometer que te vas a comportar.

-Tenés mi palabra. Aunque eso no sea una garantía.

Dante no añade nada más. Es evidente que no va a sacar ninguna conclusión coherente con el novio celoso. Todavía le queda el recurso de hablar con la chica a solas. Aunque no parece muy buena idea. Antes de salir, Dante larga un adiós que no obtiene respuestas. José Luis sigue mirando por la ventana, sumergido en su propio mundo.

Cuando el ascensor llega a planta baja, Juan lo está esperando. Sabe que fue a hablar con José Luis.

-¿Cómo te fue?

-Bien, creo. No sé.

-¿Qué significa eso?

-Buscá por internet una enfermedad llamada CIT.

-¿CIT?

-Sí. Complejo de Inferioridad Terminal o algo así.

-Nunca la escuché –dice el portero y comienza a escribir en el teclado de su computadora.

-Yo tampoco. Fijate. Después me contás qué encontraste.

Dante sale del edificio. Espera tener mejor suerte en el bar…

Al llegar a la esquina echa un vistazo y ve que Mónica está en el lugar. Por suerte esta vez no habrá espera ni ausencia. Ni bien atraviesa la puerta de entrada, la mujer le hace una seña.

-Disculpame, me retrasé – Dice Dante y se sienta enfrente.

-No hay drama. Igual no va a ser largo.

-¿Pediste vos? –pregunta Dante.

-No quiero que me llames ni me mandes más WhatsApp. Estoy empezando una relación y no quiero tener problemas.

Dante siente un escalofrío. Imaginaba otra conversación. O al menos otra clase de tacto por parte de Mónica. No esperaba que sea tan directa.

-Está bien. No hay problemas. Igual podemos tomar un café. Aunque sea el último.

-No. Me están esperando.

-Como quieras. –Dante no puede ocultar el fastidio. Mónica se levanta de la silla y comienza a ponerse el abrigo – ¿te puedo hacer una sola pregunta?

- Bueno, pero rápido.

-¿Qué es lo que no te gusta de mí?

- Nada. Sos un amor. Pero encontré a otro hombre…

- Creí que la pasabas bien conmigo. Si va a ser la última vez que hablemos aunque sea podrías ser sincera.

Mónica lo mira. Duda un instante. No está segura de decir lo que piensa.

-La verdad… Me aburría con vos. Sos muy estructurado. Tenés treinta y seis años y llevas una vida de cincuenta.

-¡Eh!…No creo que sea para tanto.

- Es la verdad.

Dante siente un pinchazo en su alma. Nadie le habló nunca de esa manera.

-Bueno. Al menos disfrutabas conmigo en la cama –tira como para salvar su ego masculino.

-No, Dante, sos muy poco perceptivo. Ese es tu problema. Nunca tuve un orgasmo con vos.

Dante siente que sus piernas se aflojan. Por suerte está sentado. Mónica se da cuenta de la reacción de Dante. Tal vez fue muy dura pero ya no puede volver atrás con sus palabras.

-Disculpame pero me pediste que sea sincera. Adiós.

Mónica sale del bar. Dante queda sin aliento. El mozo viene a tomar el pedido.

-¿Qué va a tomar?

Tendría que tomar algo fuerte. Una ginebra, un whisky. Cualquier cosa que le impacte directo en su cerebro. Hacer algo fuera de lo común. Salirse de la rutina del café. Pero termina pidiendo lo predecible. Quizás Mónica tenga razón.

-Un café, solo, chiquito y con azúcar.

-Se rompió la máquina. No hay café por ahora. Le puedo traer otra cosa si quiere.

Dante mira al mozo resignado. Nada le sale bien. Siente una sensación de ahogo dentro de su cuerpo. Tiene ganas de gritar. Sacar a fuera la bronca acumulada. Pero no lo hace. Siempre prevalece la amabilidad.

-Dejá, ya me voy. Gracias…

Cuando llega a la esquina de su edificio ve patrullas por todos lados. ¿Y ahora qué pasó? El transito está cortado. La gente en la calle alborotada. Se arrima hasta el cordón policial. Ve a algunos de sus vecinos conversando entre ellos y con otra gente que no conoce. Sigue caminando entre el gentío y divisa a Eugenio. A los empujones llega hasta él.

-¿Qué pasó?

-José Luis. – Dice el estudiante de medicina y señala hacia la vereda. Dante mira hacia ese lugar pero no ve nada. –Se tiró del balcón,  hace un rato. Ya se lo llevaron. La policía está en el departamento. Parece que fue un suicidio.

A Dante le cuesta digerir lo que escucha, aunque en el fondo, después de su conversación con el tocayo del puma, intuía un desenlace así.

-¿Y la novia?

-No estaba en el departamento. Llegó hace quince minutos. Está arriba con la policía. La están interrogando para saber los motivos del suicidio.

-Qué locura. –dice Dante.

El portero aparece de la nada y le susurra al oído:

-Veni, quiero hablar con vos.

Dante y Juan se alejan de la muchedumbre. Llegan a la esquina de Estados de Israel. Recién ahí, Juan saca una hoja de su bolsillo y se la entrega a Dante.

-Es lo que encontré de la enfermedad que me nombraste. No hay mucha información. Parece que es algo reciente. CIT, es una nueva enfermedad de la cabeza. Al parecer las personas que lo padecen desarrollan todo tipo de anomalías físicas. Se produce por una fuerte baja de la autoestima. De ahí el nombre de Complejo de Inferioridad. Son celosos incontrolables y muy bipolares. Tienen la seguridad de que su pareja los abandonara en cualquier momento. ¿A qué no sabes cuál es el síntoma más característico?

Dante cree saber la respuesta. Pero todo le resulta demasiado irreal.

-Pierden estatura.

-Exacto. Se achican. En el peor de los casos, cuando la enfermedad está muy avanzada, pueden llegar a perder la mitad de su estatura normal.

Dante lee unos párrafos de la hoja que le entregó el portero. El texto dice algo parecido a lo que acaba de escuchar en boca de Juan. De cualquier manera sigue confuso con toda la información.

-Yo alcancé a verlo antes de que se lo llevaran. No sabés lo que era. No medía más de un metro cincuenta. Nadie lo va a decir, pero para mí se suicidó por este motivo.

Aunque siga siendo todo muy raro, Dante coincide con el portero sobre el motivo del suicidio.

-¿Podremos pasar a nuestros departamentos?

-Sí, calculo que en un rato. No es increíble. ¡Te dije que había algo raro en este tipo!

Dante guarda el papel que le dio el portero en el bolsillo. Luego de un rato, la policía deja ingresar a los inquilinos a sus hogares.

Esa noche a Dante le cuesta conciliar el sueño. Se levanta a la mañana temprano y mientras se lava los dientes observa sus ojeras. Se siente mal. Piensa en José Luis, en el trágico final, en Mónica, ¿será verdad que nunca tuvo un orgasmo con él? ¿Y si sus otras relaciones terminaron por el mismo motivo? ¿Tan malo es en la cama? ¿Tan aburrido es?…

De repente se espanta. Al ponerse los pantalones, los mismos que usó ayer, nota que definitivamente le quedan grandes. Algo extraño pasó con el pantalón… ¿O con su estatura?

 

 

 

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