Matias

Matias

RELACIONES


                                            PERDER LA CABEZA





Sonó mi celular. Era Emiliano, mi mejor amigo. Pensé rápido en alguna boludez para decirle. Tenemos una especie de competencia por ver quién hace reír al otro con alguna ocurrencia. Recordé que en dos días Emiliano cumplía los años, así que le dije:

-Justo te iba a llamar, estoy en una pilchería, te iba a comprar un regalo por tu cumpleaños pero no me acordaba de tu talle de corpiño, ¿te gustan con o sin bretel?

Esperaba que Emiliano largara una carcajada o que respondiera con otra pelotudez, sin embargo se tomó unos segundos y me dijo:

-Po… po… des… venir al bar, tenemos que… que… decirte aaalgo…

Algo andaba mal. No sólo por el hecho de que no me siguiera la corriente sino por su tartamudeo. Con Emiliano nos conocemos desde la infancia, salí de testigo de su casamiento, estuve a su lado en el momento de su angustiante divorcio, hace más de treinta años que somos amigos, por eso sé que cuando tartamudea es porque hay algo que lo perturba. 

-¿Qué pasa, Emi? – Le dije cambiando totalmente el tono de mi voz. Me preocupé de verdad.

-Nada, na…na…da grave, estamos con los chicos en el bar, te…te…nemos que hablar con…con…vos.

-No me asustes, decime qué pasó – insistí para tratar de sacar más información.

-Veni y…y… te contamos.

Fui al bar lo más rápido que pude. En el trayecto conjeturé las posibilidades de la llamada. Traté, sobre todo, de interpretar su tartamudeo. Porque Emiliano tartamudea distinto cuando está preocupado que, por ejemplo, cuando está mintiendo. Hay una respiración diferente, si está mintiendo es casi imperceptible el tartamudeo, pero si está muy nervioso a veces no consigue terminar la frase.

Cuando llegué al bar, estaban todos mis amigos en la mesa. Esa fue otra sorpresa. Si estaban todos tenía que ser algo importante. Casi nunca logramos reunirnos al mismo tiempo. Siempre alguno tiene algo que hacer, y a último momento pega el faltazo. Ni para el día del amigo nos ponemos de acuerdo.

 Sin embargo estaban todos, y por la expresión en los rostros parecía que la cuestión era seria. Antes de sentarme con ellos les hice una seña y fui a la barra directamente a pedirme un whisky. Noté que mis manos temblaban como me pasa siempre que estoy nervioso. El whisky me ayuda a relajarme.

-Me pueden decir qué pasa, sin rodeos por favor… –dije notando que mi corazón se aceleraba como me pasa siempre que tomo un trago importante de whisky.

El que arrancó fue Maxi:

-Nos duele mucho tener que decirte esto, porque la verdad es que te veíamos muy bien, vos mismo nos dijiste que era el momento más feliz de tu vida, pero… 

- …Lo pensamos y llegamos a la conclusión de que lo tenés que saber –continuó Saviolita, después lo miró a Emiliano, como si hubiesen acordado que sería él quien tendría que dar la estocada final.

-Somos tus amigos y no vamos a dejar que te hagan algo así –dijo el Pali. Yo ya no aguantaba más.

-¡Déjense de joder y hablen la puta que los pario! ¿Qué pasa, Emiliano?

- Anoche vimos a Laura con otro tipo.

Esta vez, Emiliano no tartamudeo, lo dijo rápido, como si quisiera sacárselo de encima. A mí, en ese preciso instante me volvió el alma al cuerpo.

-¿Y qué  más? –dije como para saber si esa sola era la razón por la que me habían citado tan presurosos.

 Se miraron entre todos. De alguna manera entendía la sorpresa en sus rostros. Supongo que esperaban otra reacción de mi parte.

-Nada más, era eso lo que te queríamos decir –dijo Mariano, confundido.

Tomé otro trago de whisky, ya más relajado, igual sentía la mirada de mis amigos. Estaban expectantes por mi reacción.  

- ¿Qué fue lo que vieron, específicamente? –Pregunté, aunque en realidad no me interesaba saberlo, sólo lo hice para darme tiempo, sabiendo que tendría que explicar algo que me incomodaba.

- Lo vimos todos –se atajó Maxi, como si pensara que yo iba a desacreditar su versión de los acontecimientos.

- Anoche fuimos a un boliche, y a mí en un momento me pareció ver a Laura en la pista, le dije a Emiliano que me acompañara para sacarme la duda, porque veía que estaba bailando con un tipo, bailaba…  – Saviolita enarcó las cejas y miró a Emiliano como buscando ayuda con lo que tenía que decir. Emiliano se escarbaba una uña, haciéndose el gil, como hace siempre que quiere desligarse de una obligación  –bailaba… bailaba…

-¡Como una puta! –Sentenció Maxi, que no se anda con vueltas.  

- …y cuando nos vio, hasta tuvo el descaro de saludarnos  – Agregó el Pali despectivamente.

- Es ver…ver…dad eeeso –Concluyó Emiliano.

Tomé un nuevo trago de mi whisky. Definitivamente no iba ser fácil explicarles en estas circunstancias.

- Incluso… no sé cómo decirte esto… fue Laura la que nos presentó al tipo –dijo Mariano, y se le notaba en el rostro el rechazo por la actitud de mi novia.

- ¿Se los presentó? –No pude evitar reírme con ganas – ¡Qué hija de puta!

Con mi reacción estaban boquiabiertos. Y repito que entendía el desconcierto que les causaba mi despreocupada actitud frente a los acontecimientos que me narraban. Me sentía realmente amargado al pensar lo dificultoso que les habría sido tomar coraje para contarme lo que me estaban contando. También me di cuenta que esa escena de Laura les había arruinado la noche.

-¿De…de… que te reís?  – dijo Emiliano, enojado.

-Mira que lo que te estamos contando es cierto, no estamos bromeando –sentenció Mariano.

-Ya lo sé –dije, borrando la sonrisa de mi boca –les creo, pero me van a tener que dar unos minutos para que les explique algo que tendría que habérselos contado en su momento…

No sabía por dónde arrancar.  Desde el primer día en que me puse de novio con Laura que quería contarles la particularidad de nuestra relación, pero nunca encontraba la manera de explicarlo. Fue pasando el tiempo, y cada vez era más difícil la situación.  En un momento había decidido contárselo de a uno, pensé que así se me haría más fácil. Pero después me di cuenta que de esa manera tendría que dar más explicaciones, entendí que lo mejor era contarlo una vez y para todos:

 -Laura puede salir con quien se le dé la gana –arranqué mi explicación de la peor manera. Vi los ojos desorbitados de mis amigos. Estoy seguro que pensaron que había perdido la cabeza.  – Quiero decir…Los dos tenemos algunas licencias, por llamarlo de alguna manera…

-¿Qué querés decir con licencias? –Preguntó Maxi horrorizado.

Supe que tenía que elegir bien las palabras. Comencé a sentir la transpiración en mi cuerpo, como me pasa siempre que estoy muy incómodo.

-…Que podemos salir con otras personas, mientras no sean de nuestro entorno… –pensé en agregar algo más pero preferí esperar por las nuevas reacciones de mis desconcertados amigos.

-Me estoy empezando a preocupar… – dijo el Pali y por el semblante de su rostro percibí que estaba preocupado de verdad.

Los demás seguían expectantes, me escrutaban con sus ojos.

-¿Nos estas queriendo decir lo que creemos que queres decir? –preguntó Saviolita.

-  ¡No pongan esa cara!, no es nada del otro mundo. Estamos muy bien juntos, nos queremos, hasta tenemos pensado formar una familia, pero decidimos tener algunas noches de soltería de vez en cuando. Y ya les digo que es algo consensuado. ¡Los dos estamos de acuerdo! – Puse especial énfasis en lo último que dije como para que quede claro que yo también formaba parte de la decisión.

- ¡Vos estas más loco de lo que pensaba! –Tiró Maxi y miró a los demás como invitándolos a sumarse a su visión.

-¿Ustedes entienden lo mismo que yo? –Volvió a preguntar Saviolita, seguramente albergando la esperanza de una mala interpretación de mis palabras.

-Entiendo que no les sea fácil aceptarlo, pero es lo que decidimos con Laura ni bien empezamos a salir.

- ¿Y por qué no lo contaste desde un primer momento? – El Pali ponía cara de incredulidad, no estaba convencido.

- Porque no es sencillo de explicar, miren la cara que ponen. Sabía que no iban a estar de acuerdo. –Traté de calmar mis nervios, como cualquier persona necesitaba sentir el apoyo de mis amigos.

La discusión siguió un rato más. Cada uno dio su parecer y estaba claro que no coincidían con mi punto de vista, ni sobre mi manera de vivir la relación con Laura. Escuché todos los argumentos y en un momento pedí que cambiáramos de conversación. Decidimos seguir el debate en otra oportunidad, aunque obviamente no estaba en mis planes volver a tocar el asunto. En definitiva lo que yo quería era que supieran cómo era mi noviazgo con Laura y supuse que con lo expuesto había quedado por demás de claro.



-Anoche me acosté con Carlos, un corredor de bolsas. – Así me lo dijo Laura aquella noche, cuando nos encontramos en el departamento, como me decía cualquier cosa, como me detallaba las distintas cremas que compraba en la semana.

-Algo sé –le dije sonriendo –me contaron mis amigos que te vieron anoche en un boliche.

Laura largó la carcajada, después se puso un poco más seria.

-Disculpame, pero no lo pude evitar. Estaban todos mirándome, se hacían los boludos, me di cuenta de que me estaban espiando. ¿Te molestó que se los presentara? –Laura me lo preguntó con cariño, en verdad quería saberlo, eso me enterneció. – No lo hice a propósito, me pareció que iba a ser lo mejor. Obviamente el que tiene que explicarles a tus amigos sobre nuestra relación sos vos.

-Ya lo sé, Lau. Esta tarde cuando me llamaron para contarme que te habían visto, les conté lo nuestro. No me molestó lo que hiciste, hasta me causó gracia. Igual, de ahora en más no hace falta que lo hagas. Ellos entendieron, así que no te preocupes.

- ¿Y lo tomaron bien?

No había en la pregunta de Laura ninguna doble intención. Esa era otra de las cualidades que me gustaban de ella. Su pregunta era genuina. Nunca prejuzgaba a nadie.

- Sí, bastante bien.  Para algunos fue más difícil asimilarlo. Pero ya se van a acostumbrar –dije, mintiendo un poco. Estaba seguro que no lo asimilarían, pero qué ganaba con decírselo.



Al día siguiente pasé a buscar a Emiliano. Teníamos nuestro infaltable picado de los lunes. Casi todo el trayecto hacia la cancha lo hicimos en silencio, en realidad era Emiliano el que no hablaba. Yo sacaba temas de conversación, él sólo participaba con algún comentario por compromiso. Me di cuenta que se había quedado pensando en la charla del bar.

-Te lo tengo que preguntar – me dijo de repente, cortando mi exposición sobre lo reñida que sería para mí la próxima elección nacional  – ¿de verdad estás bien con Laura, o estás tan enamorado que permitís cualquier cosa?

Respiré profundo. De alguna manera me lo veía venir. Sabía que, al menos Emiliano, iba a volver sobre el tema.

- Emi, ¿hace cuánto que me conoces?

- De toda la vida, por eso me preocupo por vos.

- ¿Alguna vez me viste tan feliz?

- No,  pero me cuesta un poco creer que no te importe que tu novia se acueste con cualquiera.

- Yo tampoco pensaba que sería capaz de una cosa así. Pero te aseguro que nunca estuve mejor que ahora. Laura es una mina distinta, de verdad.

-Ahora que te escucho, vos también sos alguien distinto al que yo conocía –Emiliano largó una sonrisa. Eso me tranquilizó. Me gustaba hablar en esa circunstancia más relajada.

-Puede ser, no te digo que no. Desde que estoy con Laura veo las cosas de otra manera. Y te repito, nunca me sentí mejor.

-¿Pero no tenés miedo de que las cosas se confundan? ¿Cómo haces para estar seguro de que no va a enamorarse de otro tipo?

-Ya te dije, tenemos algunas reglas, no es un libertinaje. Ninguno puede salir con…

-…con alguien más de una vez, ya sé, pero igual, por más que le pongas otras palabras, lo que están haciendo se llama infidelidad.

-¿Vos conoces alguna pareja que se haya separado por una infidelidad?  

Emiliano me miró sorprendido, como si yo hubiese preguntado una pelotudez.

-¿Vos me estas…estas…hablando en serio?

- Obvio.

-Además de mí y Sonia, qué sé yo, unas cuarenta parejas te podría nombrar.

Emiliano utilizó un tono bien irónico. Pero me dio el punto justo para explayarme con mi pensamiento.

- ¿De verdad todavía crees que te separaste de Sonia por ese motivo?

Sé que le dolió la pregunta, pero la tenía que hacer.

- Y sí, ¡¿por qué otra cosa sino?! Se enteró que me había acostado con la enfermera del sanatorio donde me internaron y me…me…echó a la mierda, lo sabés bien.

- ¿Vos te pensas que Sonia, o cualquier otra mujer, va a tirar por la borda una relación de más de seis años por una calentura? –Le dije y rápidamente agregué, antes de que me interrumpiera–Pensalo bien, acordate cómo era tu relación con Sonia en ese último tiempo, antes de que te acuestes con la enfermera…

- No estábamos pasando un buen momento –concedió Emiliano, pero seguía sin entender hacia dónde me dirigía yo con mi razonamiento.

-Exacto, y esa infidelidad fue la excusa perfecta para terminar con una relación que ya no se sostenía. ¿Entendes lo que te quiero decir?

-No, pero seguro que me lo vas a explicar –dijo Emiliano, que evidentemente me conocía a la perfección.

- ¿Te acordas lo que me dijiste cuando me contaste que habías engañado a Sonia?

-No, no me acuerdo.

-Te sentías mal por haberla engañado, me nombraste una por una las cosas que te unían a ella, no querías echar a perder la relación por una calentura, vos mismo me lo dijiste, fue como si ese polvo que te habías echado te hubiese despertado nuevamente el amor por Sonia.

-¿Yo dije eso? 

- Sí, y acordate que Sonia se enteró…

- Se lo contó la idiota de la compañera del sanatorio a Sonia, sino no se enteraba –protestó Emiliano.

-No importa. La cuestión es que cuando se enteró te rajó de la casa. Y vos estuviste un mes destruido. Le pediste perdón de mil maneras. Hasta fuiste a donde trabajaba y te arrodillaste delante de todos…

-No me… me… hagas acordar, que pa… pa… papelón…

-¿Y qué hizo Sonia? No te perdonó, y a los dos meses se puso de novia con otro tipo.

- ¡Basta, pelotudo!, ¡¿me queres hacer sentir mal?!

-No, quiero que entiendas lo que estoy diciendo. Prestame atención.

Hice una pausa. Dudé en seguir con mi exposición porque noté que Emiliano se entristecía, pero a esta altura tenía que terminar mi discurso.

-Se puso de novia con este tipo y sigue con él hasta hoy. Ahora, respondeme a esto último, después no te molesto más. ¿Cuántas veces este tipo la engaño a Sonia en todo este tiempo?

-Un montón de veces. Si yo se lo dije a…a… Sonia.  Y ella lo sabe, te puedo asegurar que sabe que el tipo la engaña.

-Muy bien, ¿y Sonia se peleó con el tipo o siguen juntos?

Emiliano me miró y sospecho que por primera vez captó mi razonamiento.

-Siguen juntos –corroboró.

- Ahí llegamos al punto. ¿Sabés por qué no lo echó a la mierda?, porque lo quiere. Porque no va romper una relación por una calentura, o varias calenturas. Es así, Emi, ninguna relación se termina por una infidelidad. Vos saliste con la enfermera porque te gustó, no porque no querías más a Sonia. Pero en cambio Sonia, que no te fue infiel, evidentemente había dejado de quererte.

Emiliano amagó a hablar pero desistió, seguro que intentaba razonar lo que hablábamos y yo me embalé:

-Te lo digo clarito, para que entiendas, a veces la infidelidad no es el problema, es la solución.

-¿No me estarás diciendo todo esto, para justificar que Laura se acostó con otro tipo?

No me iba a entender. Me di cuenta. Pero hice un último intento.

-No, Emi, ojo no es que me encanta que se acueste con otros tipos, pero entendí que ese no es un impedimento para tener una relación. Ella me quiere, yo la quiero y punto. No tenemos necesidad de perseguirnos, entre nosotros no existe la desconfianza, nos contamos todo lo que hacemos.

- ¡¿Se cuentan con quién se acuestan? – Preguntó Emiliano, aterrorizado.

- Por supuesto. No hay necesidad de ocultar nada. Está todo bien mientras ninguno salga con alguien del entorno o repita el encuentro con una persona. Obviamente evitamos los detalles de los encuentros, tampoco somos masoquistas.

Emiliano se quedó un rato en silencio. Por su cara me di cuenta que no estaba convencido.

-Para mí es una locura, pero si vos estas bien así, listo, lo único que te pido es que te cuides – Dijo cuando estábamos llegando a la cancha. Decidimos dar por terminado el asunto.



Nunca, en dos años y medio de relación con Laura, desconfié de ella. Tal vez sí, lo acepto, algunas veces sentí cierto resquemor, un atisbo de celos cuando me contaba de algún encuentro. Es que Laura, como toda mujer, era más recurrente a explayarse con comentarios, para bien o para mal, sobre los hombres que frecuentaba. Lo hacía sin maldad. Supongo que está en la naturaleza de la mujer, a veces no podía evitar ir más allá y contarme infidencias, pero cuando notaba que yo comenzaba a disgustarme cambiaba de tema y volvíamos a lo nuestro. A lo sumo, alguna noche en que ella estaba menos perceptiva, era yo el que, amablemente, le pedía que dejara de hablarme del hombre en cuestión. Por mi parte era muy escueto en cuanto a mis encuentros con alguna mujer.

También me di cuenta de que nunca discutíamos. Para mí era una novedad. No me había pasado eso con ninguna mujer, y creo que en gran parte tenía que ver con nuestro modo de vivir la relación afectiva.

No es que una pareja sólo discuta por celos o por desconfianza pero hay que admitir que la mayoría de los problemas se inician por estas vicisitudes de la cultura del noviazgo. Yo estaba seguro de que ella me quería, Laura tenía la certeza de que yo la quería, entonces no había necesidad de demostraciones grandilocuentes, de gestos forzados, ni nada de lo que había hecho yo durante toda mi vida amorosa. Respetábamos puntillosamente los pactos establecidos para nuestras infidelidades consensuadas. Esto había logrado erradicar cualquier posibilidad de confrontación entre nosotros.

Entonces, después de dos años y medio de felicidad, de sentir realmente que estaba con la mujer adecuada, cometí la imprudencia de dejarme llevar por un acto de debilidad. No tengo otra manera de explicar lo que hice más que alegar que fue un acto reflejo. Un mal vicio que creía olvidado en mí. Porque nuestra relación no se merecía un acto tan mezquino de mi parte.

Una tarde, mientras Laura se bañaba, le revisé el celular.

No tengo nada que objetar a mi favor. Lo que hice no tiene justificación ni motivo. Porque no hay justificación ni motivo para avasallar de esa manera la intimidad de una persona, sea cual fuere la relación que te une a esa persona. Pero lo cierto es que revisé la casilla de mensajes en su celular y me detuve especialmente en uno de ellos.  Lo que decía me alarmó. Me dejó bastante contrariado. Decía: “Te quiero mucho”. No daba detalles de quién era la persona que quería mucho a mi novia, pero imaginé que tendría que ser un hombre.

 No había indicios de que fuera así porque figuraba el número del destinatario pero no el nombre. Por lo tanto cabía la posibilidad de que fuera una amiga, una tía o un número equivocado. Claro que ninguna de estas posibilidades me convencía. A partir de la lectura de este mensaje, comenzó a gestarse en mi cerebro el virus más potente y devastador: el de la duda. Ya no habría manera de volver atrás. Tendría que saber quién era la persona del mensaje o la duda amenazaba con desmoronar toda la felicidad de mi relación con Laura.  

Lo primero que hice fue memorizar el número de teléfono del que envió el mensaje. Después dejé el celular en el lugar en que estaba antes de mi espionaje. Laura estaba por terminar de bañarse y no quería que me encontrara en ese estado de confusión. Decidí dejarle una nota en el comedor explicándole que me había llamado Emiliano para tomar un café en el centro, y me fui de casa lo más rápido que pude. Necesitaba pensar lo que iba a hacer.

Tenía varias posibilidades: Podía intentar dejar todo como estaba. Hacer de cuenta que no había leído nada y que todo siga su curso normal. Ir de frente y contarle que había hurgueteado su celular, preguntarle directamente por el mensaje. O volver a revisarle el celular hasta descubrir de qué se trataba el mensaje.

No pasaron más de tres días cuando volví a mis tareas de espionaje.  

Revisé su celular y ahí estaba otra vez el número de teléfono pero ahora tenía nombre: Leandro.

¿Quién era Leandro? Esa era la pregunta a responder. Otra vez tenía opciones para elegir. Podía preguntarle a Laura por Leandro. Podía llamarlo con alguna excusa y ver si averiguaba algún dato que me revelara su relación con mi novia. O podía dirigirme al bar en donde se pensaban encontrar. Porque el mensaje decía: “te espero en el bar de la esquina de casa. Besos” .Mensaje al que Laura había respondido con un: “ok, nos vemos ahí”.

Decidí seguirla. Este nuevo mensaje violaba nuestro pacto establecido. No más de un encuentro. Esa era una regla básica en nuestra relación. No se podía repetir la “licencia” de soltería. Y para mí en ese momento estaba claro de que Laura la estaba rompiendo. Y lo que aumentaba aún más mi malestar era el hecho de que Laura no me hubiese contado nada de  Leandro. Estaba segurísimo de que nunca me lo había mencionado. Además, teníamos prohibido dar los números telefónicos a nuestros amantes ocasionales. Los dos habíamos estado de acuerdo con este hecho, porque era un detalle importante para no correr riesgos.

Tuve que seguirla de cerca. Por la sencilla razón de que no sabía dónde quedaba el bendito bar del encuentro. Si no quedaba demasiado lejos, sabía que Laura iría caminando. Siempre hacía eso. Para ella era una forma de hacer ejercicio, sin pensar que lo estaba haciendo. Laura siempre fue muy haragana para el ejercicio físico. 

Fueron casi veinte cuadras de seguimiento meticuloso. En todo ese trayecto, que incluyó pasar por la peatonal, Laura no se detuvo en ninguno de los locales de ropa y eso me molestó. Porque para ella era imposible no detenerse a mirar algunos negocios, sin importar la prisa que llevara, siempre se detenía a observar una vidriera.

 La observé entrar al bar del encuentro y crucé la calle para poder mirar desde lejos. Temía que me viera. Tuve suerte porque justo enfrente del bar había un maxi quiosco, en el que se podía tomar algo en una barra ubicada en la vidriera. Por lo tanto tenía una vista privilegiada.

El abrazo que Laura le estrechó a Leandro fue devastador para mi ánimo.

Indicaba algo más que un simple encuentro. Decidí no quedarme mucho tiempo. No estaba seguro de poder observar la escena sin participar. Cuando tuve el primer impulso de cruzar la calle e irrumpir en el bar, tomé la decisión  de volver a casa.

Puse toda mi energía en no perder la cabeza. Traté de convencerme de que había una explicación razonable. Seguramente Laura me aclararía la situación. Tal vez había dado con un tipo insistente y prefería hablar personalmente con Leandro para aclararle que sólo había sido una noche de sexo. Fueron muchas las cosas que pensé. Hice mi mayor esfuerzo por seguir confiando en Laura.

Pero cuando ella volvió al departamento y pasaron unas horas de su llegada, con comida incluida, y no decía nada, ni del encuentro ni de ninguna otra cosa, no pude aguantar la situación y me abalancé torpemente hacia ella, agarrándola de un brazo y hablándole agresivo, como nunca había hecho.

-¿Dónde estuviste esta tarde? ¡Contestame, y no me mientas!

Laura se soltó, me miró sorprendida y algo asustada.

-¿Qué te pasa? –me dijo, casi llorando.

-¡A vos qué te pasa! Llegás y ni siquiera me dirigís la palabra –dije tratando de calmarme, estaba un poco asustado por mi propia reacción.

- Vos sos el que no hablás. Desde que llegué que estás con cara de orto.

- ¡¿Y no sabes por qué puede ser?! –Dije con sarcasmo.

- No, no sé. ¡Pero qué sea la última vez que me tratas así! No tenés ningún derecho a hablarme de esa manera.

- ¡Y vos no tenés derecho a romper el pacto de nuestra relación! – Le grité. Nunca le había gritado.

- ¿De qué estás hablando? No te entiendo.

- De Leandro estoy hablando, ¡no te hagas la pelotuda!

Laura se puso blanca. Me miró furiosa y después se largó a llorar desconsoladamente. Yo me enojé porque interpreté el llanto como una artimaña para que yo me ablandara. Olvidándome de que Laura sería incapaz de hacer algo así.

-¿Qué pasa, no te alcanzó una noche? ¿Necesitabas verlo de nuevo? ¡¿Tan grande la tiene?! –Me arrepentí ni bien terminé de decirlo. Pero ya era tarde. Siempre es tarde para arrepentirse.

Laura cortó el llanto, de repente sus ojos se clavaron en los míos. Nunca la había visto tan furiosa.

-No te voy a preguntar cómo te enteraste de Leandro, prefiero no saberlo. Pero esta es la última vez que me ves la cara. Lo nuestro se terminó –me dijo y su voz sonaba determinante.  – Sólo te voy a decir que estás cometiendo un gravísimo error.

- ¡Soy yo el que no te quiere ver más! –dije con un estúpido orgullo, en vez de interrogarla para saber a qué se refería con mi error.

Laura me miró una vez más. Sospecho que mi cara era la de alguien desquiciado. Todavía hoy al recordar su expresión en ese momento, se me revuelve el estómago.

Se fue del departamento dando un portazo. Yo me desvanecí en el sillón del comedor y estuve ahí toda la noche. Haciendo zapping en el televisor, cambiando de canal, en una actitud casi de autista. No sé a qué hora me dormí, pero recuerdo que me desperté tardísimo. Llamé a la oficina para informar que no iba a trabajar, mintiendo sobre una enfermedad, aunque me consolé pensando que no había mentido del todo, porque de alguna manera me sentía enfermo.

 Me preparé un café y abrí mi correo electrónico. Vi que tenía un mail de Laura. El asunto tenía un nombre lapidario, decía: “mis últimas palabras”, estaba claro que nada bueno podía seguirle a un asunto como ése.

Creo que leí el mensaje unas cinco veces. Y cada vez que lo releía sentía como si un puñal me atravesara el pecho.

En el mail, Laura me aclaraba mi error. Leandro no era lo que yo suponía sino lo que tantas veces había intentado averiguar.  Muchas noches, cuando estábamos acostados en la cama, hablando de diferentes temas, yo insistía con conocer cosas de su pasado. No de su pasado amoroso, sino de su pasado familiar. Porque ella, las poquísimas veces que accedió a dar detalles de su familia, lo hizo como si se refiriera a otra vida.

Leandro era su hermano. Quien estaba preso por robo y tráfico de drogas. Algo que ella, evidentemente, prefería mantener en secreto. Había salido en libertad condicional y ese era el motivo del encuentro.

Después de leer el mail de Laura entendí varias cosas. Sobre todo el detalle de “el bar de la esquina de casa”, Leandro se refería a la casa familiar de ambos, cuando vivían con sus padres adoptivos, Laura no tenía una buena relación con ellos, por eso prácticamente no los veía y se rehusaba a contarme cosas de sus padrastros. En alguna oportunidad me había dado a entender que tenía un hermano, pero nunca se explayó en el asunto.

No podía creer lo estúpido que había sido. Comprendí que Laura no me perdonaría. La llamé incansablemente por toda una semana. Le dejé mensajes de texto, mostrando mi sincero arrepentimiento.  Intenté abordarla a la salida de su trabajo pero me dio vuelta la cara. Finalmente desistí, comprendiendo que lo nuestro había terminado.

A mis amigos no les conté la verdad sobre mi ruptura con Laura, sólo a Emiliano me animé a revelarle algunos detalles más o menos verdaderos de lo que había ocurrido. Además de mi tristeza por la ruptura, estaba muy avergonzado por mi actitud.



A los cinco meses me la crucé en un bar. Esa noche habíamos ido con todos mis amigos. Estábamos sentados en una mesa cerca de los baños, cuando la vi pasar  con dos amigas que yo conocía.

No puedo asegurar si me vio. Pero por la rapidez por la que pasaron por delante nuestra mesa, sospecho que sí me había visto.

Por supuesto que desde ese momento me cambió la cara. De repente estaba alegre, más animado. Tenía la posibilidad de realizar un intento por recomponer nuestra relación. Es cierto que habían pasado más de cinco meses de nuestra ruptura, pero yo seguía pensando en ella.

Me esquivó toda la noche. La vi hablar animadamente por lo menos con diez tipos, y era entendible, Laura llamaba la atención de los hombres.

Cuando estaba por irme del lugar, triste porque me había hecho ilusiones con la posibilidad de acercarme a Laura, siento que me tocan el hombro. Supe que era ella. No me hizo falta verla para saber que estaba detrás mío. Por supuesto que no fue su manera de tocarme el hombro lo que me hizo comprender que era Laura sino la cara de sorpresa de Emiliano cuando la vio, porque Emiliano estaba delante mío y su expresión fue muy elocuente. Enseguida nos dejó solos. Intercambiamos un par de palabras y nos fuimos para mi departamento. Laura estaba un poco borracha, lo pude advertir porque la conocía bien y porque yo casi no había tomado alcohol. Fue un reencuentro maravilloso. Hicimos el amor y nos reímos como en los viejos tiempos. Lo único que me molesto fue que al despertarme Laura ya se había ido y no me había dejado ninguna nota, ni nada que me confirmara que podíamos volver a retomar nuestra relación.

Obviamente no fue casualidad que me la cruzara, a la semana siguiente, en el shopping. Sabía que iba a estar ahí. Lo decía en su Facebook. Iba a ver la nueva película de Campanella.  Le pedí a Emiliano que me acompañara para que nuestro encuentro casual resultara creíble. No quería que se notara  mi desesperación por volver a conquistarla, prefería ir despacio. Como si fuese el destino el que se encargaba de volver a juntarnos y no el patético hecho de espiar el muro de su Facebook.

Llegamos tarde al shopping. La película ya había empezado. Nos sentamos en el bar que está pegado a las entradas de las salas de cine. De esa manera podía ver cuando saliera. A pesar de mi nerviosismo por la situación, Emiliano me hacía reír, bromeaba sobre lo que estábamos haciendo, decía que parecíamos unos adolescentes y eso me reconfortaba.

Entre la gente que salía de la sala del cine pude distinguir la silueta de Laura. Estaba hermosa. Tenía puesto el vestido turquesa que yo le había regalado cuando cumplimos un año de noviazgo. Emiliano me codeaba y me señalaba con la cabeza hacia donde estaba Laura. Yo decidí que era momento de dejar de fingir.

-Voy a hablar con ella, andá vos…

- ¿Y si te pregunta con quién estás qué le vas a decir? – preguntó Emiliano preocupado por la coartada.

-No importa, después veo, anda, en serio, ya me ayudaste bastante, gracias…

Lo único que quería era hablar con Laura. Me levanté y fui directo hacia donde estaba. Mientras me acercaba noté que señalaba hacia un costado.

Un hombre le devolvía el gesto sonriendo. Detuve mi marcha cuando me di cuenta que podía ser su acompañante. No había pensado en ese detalle.  En su Facebook no especificaba con quien vería la película, pero tendría que haber imaginado que no iba a ir sola. ¡Nadie va solo al cine!

Pero en ese preciso momento Laura notó mi presencia. No había manera de volver atrás, así que tomé coraje, traté de poner cara de sorprendido y fui a su encuentro. Llegamos juntos. El hombre de los gestos y yo. Fue un momento incómodo, al menos para mí.

-¿Qué haces acá? –Me preguntó Laura.

-Vine a ver la película de Campanella.

- Yo también – Dijo. Después presentó a su acompañante –él es Bernardo, mi novio.

Creo que estuve a punto de desmayarme. Sólo atiné a saludarlo con un movimiento de cabeza. Bernardo me devolvió el saludo con una sonrisa sincera. No sabía cómo seguir, o como terminar la conversación. De haber sabido algo de magia hubiese tirado una de esas bombas de humo que usan los magos para desaparecer.

-¿Estás solo? –la pregunta de Laura no escondía ningún mensaje oculto. Ya dije que ella no tenía dobles intenciones.

- No, vine con Emiliano –señalé a la mesa donde estábamos sentados, pero Emiliano ya no estaba. Me ruboricé.

- Ah… – dijo Laura, y los tres miramos hacia la mesa vacía. Me sentí un pelotudo.

-¿Bueno, vamos? –Le dijo Bernardo a Laura, con extrema amabilidad.

- Sí, sí, vamos. Chau. –Laura me dio un beso en la mejilla –Que sigas bien.

- Chau, un gusto –me dijo Bernardo y me dio un apretón de manos.

Me quedé observando cómo se alejaban de mí, y la escena parecía sacada de una película. Bernardo pasó su brazo derecho por encima del hombro de Laura, que acomodó su cabeza en el pecho de su novio. Caminaron lentamente hasta que se perdieron entre la multitud.

No me hizo falta escuchar su conversación. Pude imaginármela:

-¿Quién era? –diría Bernardo.

- Ese es Matías. El tipo con el que me acosté la semana pasada. ¿Te acordas que te conté? –Respondería Laura.

-Ah, sí, sí, me acuerdo – finalizaría Bernardo, y seguramente se pondrían a relatar los pormenores de la película.

 Al fin me di cuenta de que estaba del otro lado de la situación. Ni siquiera me molesté en llamarla, sabía que ya nunca más me iba a atender. Era uno de los pactos fundamentales para la relación. No salir más de una vez con un amante.

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